La corrida de rejones de Jerez tuvo diversos pasajes de interés, pero un momento culminante: la actuación de José Ignacio Corral sobre “Navarro”, un caballo de una expresividad asombrosa, cuyo temple fue un monumento a la verdad.
Y es que "Navarro" es hijo de "Gallo", un semental emblemático que ha dejado una prolífica descendencia que ha trascendido en la carrera de Pablo Hermoso de Mendoza a través de figuras como "Silveti" o "Chenel", caballos emparentados con "Navarro", que llegó a manos de Corral cuando apenas tenía dos años.
Esta genética se pudo advertir cuando el corcel apareció sobre el pesado ruedo de "La Jerezana", cuya cantidad excesiva de arena incidió negativamente en el desarrollo de una corrida cuesta arriba, con un público frío, nada fácil de convencer, y un encierro de Jorge Hernández Andrés al que le faltó bravura.
El tercer toro de la corrida era un tío, largo y hondo, construido hacia arriba, que desarrolló sentido prácticamente desde que José Ignacio Corral se dobló con él montando a "Xeque".
Hubo necesidad de clavar varios rejones de castigo para tratar de atemperar la furia de este toro que le complicó la existencia a su cuadrilla, pues era muy riesgoso desplazarse sobre la pesadez de la arena.
Pero toda aquella violencia del toro encontró su cauce con el temple natural de "Navarro", que salió a jugársela alegremente, guiñando las orejas en los embroques, esquivando los fuertes derrotes con una gracia impresionante, y una fibra muy torera. Y lo más increíble es que en ningún momento los pitones del toro tocaron a “Navarro”.
El mérito de este caballo no sólo es ese valor natural que posee, sino el entendimiento con su jinete, el joven rejoneador queretano que atesora una gran proyección, y una afición desmedida para seguir escalando peldaños.
La pena fue que no pudo rematar la faena con el rejón de muerte, y pinchó en repetidas ocasiones, perdiendo así la oportunidad de saborear un triunfo que, por su riesgo y hombría, merecía trofeos.
Su actuación con el sexto fue idénticamente entregada, y redondeó mejor la lidia ya que el toro, aun sin ser bueno, por lo menos lo dejó andar más relajado, y fue así como realizó quiebros montando a "Matador", otro caballo con unos aires excelentes.
El triunfador de la corrida fue Jorge Henández Gárate, que sorteó el lote más potable del encierro, compuesto por un primer toro que tuvo mucho son y otro más que fue manejable.
Al primero lo toreo asentadamente, y sintiendo lo que hacía, y así clavó banderillas en lo alto con mucha soltura. A la hora de matar, y con el afán de asegurar al toro, se atracó en las tablas y emborronó su labor al descordar al toro, que se quedó derrengado y tuvo que ser apuntillado, con gran eficacia, por Jaime Gutiérrez, que estuvo muy bien toda la tarde.
Consciente de que debía remontar, el potosino se esforzó en el quinto y realizó otra faena entonada en la que brilló sobre los lomos de "Picasso". Clavó banderillas de frente y conectó con el público que, a estas alturas de la corrida, dio la impresión de haber despertado de una extraña indiferencia.
Entonces galopó de costado consintiendo las embestidas del toro y templó pausadamente en otro de los detalles que más calaron a lo largo de la tarde. Ahora sí estuvo certero con el rejón de muerte y le concedieron dos orejas que se suman a su racha triunfadora de las últimas semanas.
Rodrigo Santos no tuvo suerte porque el toro que abrió plaza fue sumamente distraído, y aunque se inventó una faena donde no la había, no consiguió matar al primer intento y la posibilidad de cosechar una oreja se desvaneció.
El cuarto se apagó muy pronto, y aunque el experimentado caballista potosino, fiel a su sentido del espectáculo, trató, por todos los medios, de sacar la faena adelante, llegó un momento en que el toro se cayó un par de veces y no quiso seguir embistiendo. Los mejores instantes los tuvo sobre los lomos de "Lalo", que ejecutó quiebros con elegancia.
Es preciso apuntar que los caballos son atletas de alto rendimiento, y están acostumbrados al ejercicio físico, pero los toros no; y la verdad es que resultaba fatigoso desplazarse sobre aquella arena que parecía una playa.