El cartel de Segovia de hoy tenía su miga, pues estaban anunciados tres de los recientes triunfadores de la Feria de San Isidro de Madrid: Diego Urdiales, Alejandro Talavante y Fernando Adrián, con una corrida de Sancho Dávila, que había generado expectación en una plaza bicentenaria -a la que le urge una buena remozada- en este enclave cercano a la capital.
Y aunque estuvo lloviznando desde temprano, el clima desapacible no desanimó del todo al entusiasta público, que unos minutos antes del comienzo del festejo hacía colas en las taquillas cubriéndose del "chipi-chipi" con sus paraguas, algo infrecuente en esta época del año en que la ola de calor abrasó gran parte del territorio español.
Aun así, no hubo la entrada esperada, porque este coso no ha sido fácil y cuesta trabajo llenarlo, pero había buen ambiente, sin llegar a la euforia que caracteriza a otras aficiones, y más bien sereno y con ganas de pasarlo a gusto y sin complicaciones a lo largo de un festejo condicionado, en cierta media, por las ráfagas de viento que soplaron y el pésimo estado del piso del ruedo, que estaba demasiado flojo.
A pesar de que a algunos de los toros les faltó más chispa, algunos se dejaron torear y fue el lote de Fernando Adrián, que sigue con su buena suerte en los sorteos, el que se llevó el que tuvo más prestaciones del encierro.
La faena del madrileño al que se jugó en tercer lugar fue la más estructurada de la tarde, y tras torear con soltura a la verónica en el saludo y hacer un estupendo quite por el mismo palo, acabó colocando al toro en la raya de afuera, en una parte del redondel donde la arena estaba un poco mejor, y ahí, en un palmo, cuajó el trasteo por ambas manos, rematado con unas ajustadas bernadinas que antecedieron a una eficaz estocada que le puso en las manos las dos orejas.
En el sexto, un toro bajito y reunido, de bonita lámina, Fernando Adrián pareció ser otro torero, y en vez de aprovechar el brío inicial del toro para torearlo con más distancia en los lances de recibo, no dejó de amontonarse a cada tramo de la lidia, para terminar de hacer una faena en los medios, cuando al toro le hubiese venido mejor embestir en el tercio.
Tampoco el procedimiento para entrar a matar fue el más propicio, pues citó en una primera instancia en la suerte de recibir y señaló una estocada atravesada, que antecedió a otra entera que fue suficientes, y así le entregaron una tercera oreja sumamente benévola que no tenía razón de ser. De cualquier manera, el joven espada salió a hombros en medio de la alegría del público, que vio con agrado su juvenil frescura.
Diego Urdiales se llevó el peor lote del encierro de Sancho Dávila, compuesto por dos toros justitos de trapío, que fueron muy desabridos. No obstante, el riojano dejó su impronta de veterano maestro del toreo, en faenas breves, concisas, en las que buscó tratar de afianzar a los toros sobre aquella arena que más de ruedo parecía de playa.
Tras bosquejar detalles de torería, con un quite por chicuelinas al primero, rematado con una magnífica media verónica, y otros pocos apuntes más, a los dos los mató de dos estocadas en las que hizo la suerte con clasicismo, y de las que tuvo un punto más de interés la segunda.
Antes de colocar al toro para la muerte, lo preparó con unos medidos muletazos a media altura, a la que intuía que el toro le iba a embestir en el embroque, y casi sin liar la muleta le echó la tela al hocico para deletrear la suerte, en una demostración de que en la actualidad es uno de los estoqueadores más puros de la baraja mundial.
Alejandro Talavante anduvo a medio gas toda la tarde, y si ante el primer toro de su lote esa actitud era hasta cierto punto justificada, pues el de Sancho Dávila embestía sin ritmo y topando, el quinto tuvo mejor condición y se antojaba que el extremeño podía torearlo con mayor compromiso.
Salvo algunos naturales largos, en la línea, llevando al toro con temple, y algún otro detalle más, aquello careció de la miga que provoca la verdadera emoción en el tendido. Con todo y ello, y luego de un pinchazo muy caído, tras colocar una estocada entera le pidieron una oreja que, evidentemente, no le concedieron.
Ojalá que esta la nueva empresa Espectáculos Marisma, de Rafael Ayuso, saque diversas conclusiones y encuentre la fórmula adecuada para levantar esta plaza, cuya señorial ciudad, por todo lo que atesora, podría ser una cita muy apetecible para la temporada española si se le adereza de valores añadidos vinculados al sector turístico.