Y si Morante así va a seguir como hasta ahora, toreando con el alma, entregándose en cada lance, en cada pase, con las zapatillas siempre sembradas en la arena en busca de su "yo", sin duda que eso será la mejor medicina a su enfermedad. Así que, ¡bienvenido, José Antonio! Sigues presente.
El ambiente que se vivió hoy en Sevilla era especial, y la temporada de la Maestranza abrió con una nueva empresa al frente de la misma, la presencia del rey emérito de España, don Juan Carlos, que también regresaba a disfrutar de una de sus mayores aficiones, y todo el planeta de los toros pendiente de Morante y su rivalidad con Roca Rey, que ya el año pasado encendió su chispa.
Todas estas circunstancias aportaban a la tarde un cariz único que, por un momento, parecía que se iba a trastocar con aquella máxima de “corrida de expectación, corrida de decepción” rondó el devenir de la primera parte del festejo.
El toro que abrió plaza, el de menor trapío del encierro, fue complicado de torear con el capote y estuvo a punto de arrollar a Morante en el saludo capotero, donde sólo brotó una verónica en la que se notó que el torero venía a entregarse y el público también. La faena fue breve porque el toro llegó sin fuerza a la muleta, y sólo hubo algunos detalles de la consabida torería del espada sevillano. Así las cosas.
El segundo toro, primero del lote del peruano, fue noble y contribuyó a un atractivo tercio de quites, en el que Roca Rey se vio obligado a dar la réplica a David de Miranda, que había toreado por saltilleras. Luego vino una faena en la que hubo un espectacular inicio de rodillas, con dos péndulos incluidos, en un alarde de valor a cargo del limeño. La parte medular del trasteo consistió en un toreo largo y de temple, muy en la línea y sin someter al de Garcigrande, que tenía la casta medida, que culminó de un pinchazo y una estocada entera, en buen sitio.
A De Miranda, que venía de abrir la Puerta del Príncipe el año anterior, le tocó un primer toro manso, que huyó constantemente de las telas en una lidia extensa y soporífera, y de esa manera la corrida llegó a su Ecuador, con no demasiado por contar y un barrunto de petardo anunciado recorriendo los tendidos.
Pero cuando saltó al albero el cuarto, el toro de mejores hechuras del encierro salmantino, Morante era consciente de que ahí tenía que pasar algo. Y ese algo fue, para comenzar, un ramillete de verónicas en las que hizo gala de economía de movimiento para torear con esa cadencia y ese empaque que hacen de su toreo con el capote algo único.
La gente se frotó las manos porque el de Garcigrande apuntaba un buen juego, y Morante no desaprovechó la ocasión de acariciarlo con unos muletazos de inicio en los que le caminó con mucho garbo, ganándole terreno, en una maravillosa demostración de que el temple también está en los pies.
El toro tenía un buen pitón derecho, y Morante se puso cerquita, a veces un tanto atacado, sin perderle un ápice de terreno entre los pases, dejándole la muleta puesta en la cara para engarzar muletazos con hondura de ese que cala en el tendido, que le cortó los pases con la fuerza que proviene de las entrañas.
Así discurrió el trasteo, siempre estructurado, conciso y preciso, tal y como se ve poco torear hoy en que los toreros regalan cantidad y muchas veces se olvidan de la calidad; de sentir lo que hacen, de torear para ellos y trascender desde ahí.
Los redondos, particularmente, además de los pases de pecho y los adornos, así como ese añejo desplante tocando levemente la punta del pitón del toro, fueron el reencuentro con un tipo de toreo –y de torero– que ha abrevado en las más ilustres tauromaquias, las de de Belmonte y Gallito, para encaminarse hacia Cagancho; de Bienvenida a Ordóñez; de Romero y El Paula, hasta llegar a mirarse en su propio espejo: el de Morante de la Puebla, como una figura emblemática que sigue ahí, incólume, en el olimpo de los dioses luego de estoquear al toro con clasicismo y cortarle dos orejas que paseó feliz de la vida en la vuelta al ruedo... a la vida, al toreo.
El resto de la corrida fue lo esperado, una faena intensa de Roca Rey al quinto, un toro con transmisión y nada fácil, con el que el acabado de sus muletazos tuvo altibajos, sin quitar ningún mérito a su valor, dotada del arrebato natural de quien se siente que no está en su gallinero y al que le negaron
Y otra más de David de Miranda, igualmente valiente luego de haber superado una fuerte voltereta, derivada de una falta de firmeza en el toque cuando el de Garcigrande se le vino encima en un estaturario, y que más tarde tuvo toreo con aplomo, en la que brillaron los naturales finales, dando el pecho, dejándose el alma, que le valió el corte de una oreja.
Pero la gente, y estaba cantado, para bien o para mal, iba a salir de la Maestranza hablando de Morante, como en su día salía hablando de Curro, estuviese como fuera. En este caso, aceptando, efectivamente, que Morante hacía falta. Mucha falta.