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Padilla o el toro de la vida (video)

Domingo, 16 Nov 2014    México, D.F.    Juan Antonio de Labra | Foto: Sergio Hidalgo           
El torero jerezano regaló un toro de Villa Carmela que resultó indultado
El ambiente festivo que reinaba en la plaza desde el comienzo de la corrida pudo haberse debido a un factor interesante: el hecho de que el puente vacacional concitó aficionados y espectadores que venían de provincia a disfrutar una corrida en La México.

Y ese ambiente de alegría se multiplicó sin reserva gracias a la actuación de Juan José Padilla, que revolucionó el cotarro con un interesantísimo sentido del espectáculo que desembocó en el indulto de "Sonajero", un toro noble y con clase de Villa Carmela que fue muy definido en su comportamiento.

Así que al final de la eufórica jornada, la gente salió toreando de la plaza, se llevó a Padilla a hombros en medio de un jolgorio monumental, con gritos de "¡torero, torero!", y todos felices y contentos en este "Buen Fin" con sabor taurino. ¿Acaso el toreo no es también una diversión?

Aquí no podemos decirle a la gente que va a una plaza de toros qué hacer, pues sería un craso error. Hay que invitarla a que venga, conozca, disfrute, se emocione, aplauda, chille, ligue, beba, goce, se aburra o lance gritos ingeniosos, trillados, chuflas o groseros, pero que asista, que acuda a "vivenciar" este rito en el que un hombre enfrenta a un toro y le da muerte con una espada para cantar a la vida.

Que si la corrida terminó en plan triunfalista; que si el toro no era de indulto; que si Padilla por momentos toreó más a la galería… son meras opiniones que encienden la polémica, la llama más importante que tiene la Fiesta. Porque los toreros son como mercaderes que salen a vender sus mercancías, y siempre hay clientes potenciales que están ávidos de comprar, como ahora con esta argucia mercadotécnica del mentado “Buen Fin”, en el que hay que ufanarse de planchar la tarjeta de crédito, y presumirlo, que para eso se hizo.

De tal forma que esa felicidad colectiva al salir de la plaza es algo "que-no- tiene-precio", siempre y cuando sea el gancho para que el público se entusiasme y vuelva a comprar un boleto de toros, que no es otra cosa que ir a comprar un billete de lotería cargado de emociones. Y hoy toco el gordo de la lotería. Presenciar el indulto de un toro en La México. Así que, dicho en retórica maquiavélica: "el fin justifica los medios".

Y para que Padilla consiguiera meterse en el bolsillo a la gente, tuvo que emplearse a fondo con el acaballado primero, un toro con mucho genio que no debió enlotarse nunca teniendo en los toriles ese muñeco que era “Sonajero”, el toro indultado que se lidió como regalo.

Más tarde el jerezano se esforzó con el cuarto, un dije de toro, bajo y armonioso, que embestía sin ritmo, al que también le clavó tres pares de una impresionante precisión, en una demostración de que el tercio de banderillas le gusta mucho a la gente; vibra y se exalta al ver clavar los palos a los matadores con ese dejo entre deportivo-acrobático del que Padilla fue un excelente intérprete en los nueve pares que colocó, todos rematados con un violín que dejó al público calientito, dispuesto a jalear lo que vendría a continuación: una faena sentida, eufórica, huracanada, en la que Juan José, con ese inmenso carisma que no le cabe en el alma, consiguió cautivar a todo mundo.

Y si toreó retorcido o no, lo que había en ese barroquismo almibarado remite a  una palabra clave en el toreo: ENTREGA. La entrega absoluta de salir a dejarse la piel en el ruedo en pos del triunfo, ese que llegó de la mano de Padilla a los alcances más emotivos a los que puede aspirar un torero cuando pone a la gente de pie con sus mejores argumentos.

En esa máxima fundamentó su éxito el jerezano, y bien merecido se lo tiene porque, al margen de sus procedimientos delante del toro, Juan José es un ser humano admirable en todos sentidos.

La antítesis del toreo tremendista de Padilla fue la tersa y asentada faena de Fermín Rivera con el segundo toro de la tarde, un ejemplar de magnífico estilo, que embestía de cuando en cuando, pero metiendo la cara con docilidad a la muleta firme y torera del potosino, un torero fiel a sus principios éticos y estéticos.

Vaya forma de tirar del toro la de Fermín; la de colocarse entre los pases; la de enfibrar los músculos de las piernas y encajar las zapatillas en la arena para acompañar la embestida al más puro estilo del clasicismo. Y esto también le gustó a la gente, por supuesto. Porque si hay un público capaz de disfrutar el toreo, sin atavismos, sin recelos, sin predisposición a una u otra cosa, es el maravilloso público de La México, cuya sensibilidad le permite "abrirse" y captar la emoción o el arte del toreo por cualquier palo que le toquen.

La oreja que cortó Fermín Rivera tuvo el sabor de lo bien hecho, del toreo reposado y sobrio de un torero serio, a veces un tanto seco, pero que no puede traicionarse a sí mismo y si lo que hace le llega a la gente, bienvenido sea el aplauso, el olé, el reconocimiento a una forma de ser y de estar en la plaza con empaque, sintiéndose siempre torero.

No debió alargar de manera innecesaria la faena al quinto, un toro deslucido y flojo, pero ahí queda el esfuerzo desplegado, que sin duda le ha granjeado un nuevo contrato en la presente Temporada Grande. Y el día que un toro le embista por derecho, Fermín será capaz de hacer esa faena soñada que dejará una inmensa huella.

José Mauricio se vio espoleado por la embestida de un toro encastado, nada fácil, lidiado en tercer lugar, al que hizo un trasteo sin demasiada consistencia. Tardó en encontrar la brújula el fino torero capitalino, y sólo en algunos momentos en que se puso en la distancia que le pedía el de Villa Carmela, convenció a la concurrencia. Una estocada entera y desprendida, que no debió premiarse con oreja alguna, le puso el panorama cuesta arriba cuando recibió aquella dádiva de parte de la autoridad, y las protestas del público lo obligaron a dejarla en manos de su cuadrilla.

Con el barco a pique, sacó la raza delante del distraído sexto, y mostró un valor muy sólido, pues se jugó la voltereta con entereza, metiéndose entre los pitones y con una convicción enorme de tratar de sacarle agua a una piedra y convencer a un público que había estado frío y hasta escéptico con el de Mixcoac, que mató a este ejemplar de una gran estocada.

A base de mentalización y carácter, eslabonó una faena recia que culminó con un vistoso toreo por la cara que, por desgracia, ya casi nadie sabe ejecutar, antigua reminiscencia de ese soñador de gloria, torero que recorrió la legua, como fue Paco Laguna, su primer maestro.

Y este homenaje de hombría de José Mauricio lanzó un mensaje de que en el toreo hay que salir y olvidarse de que se tiene cuerpo, como decía el mítico Juan Belmonte; olvidarse, como Padilla, que cierto día en Zaragoza, un toro casi le arranca la vida, y que de esa dantesca pesadilla resurgió el ser humano, y el torero, para convertirse en un héroe literario, un ejemplo de fe y determinación que hoy día, gracias a tardes como la que dio en La México, encarna los verdaderos valores que sirven de ejemplo a los mortales comunes y corrientes, hombres y mujeres valientes que a diario lidian con el toro de la vida.

Ficha
México, D.F.- Plaza México. Cuarta corrida de la Temporada Grande. Más de un cuarto de entrada (unas 12 mil personas) en tarde fresca, con algunas ráfagas de viento. Siete toros de Villa Carmela, disparejos en presentación (el 2o. protestado), y desiguales en hechuras y juego, de los que destacó el 3o. por su transmisión y el 7o. por su clase, mismo que fue indultado. Pesos: 527, 510, 505, 482, 489, 493 y 480 kilos. Juan José Padilla (fucsia y azabache): Palmas, palmas tras aviso e indulto en el de regalo. Fermín Rivera (verde olivo y oro): Oreja y silencio. José Mauricio(teja y oro): Oreja con protestas y ovación tras ligera petición. Incidencias: El toro indultado se llama "Sonajero", número 214, negro listón, con 480 kilos de peso. Destacaron en banderillasSergio González Felipe Kinston, que parearon con gran eficacia. Daniel Duarte, de la cuadrilla de Padilla, lidió con temple. Al final del festejo, Padilla salió a hombros con el ganadero Alejandro Arena Torres Landa.


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