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Tauromaquia: De intercambios y memorias

Martes, 01 Abr 2014    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | Opinión   
La columna de este lunes en La Jornada de Oriente
La irrupción de reconocidos ases hispanos en la temporada mexicana de otoño–invierno –capital y provincia incluidas– ha supuesto la recuperación de una costumbre de otros tiempos, los de las triunfales giras por nuestra república de Manolete o el Cordobés, por ejemplo, pero también de Juan Belmonte y Sánchez Mejías, Cagancho y Domingo Ortega, Pepe Luis y Pepín Martín Vázquez, Martorell, Jumillano y los hermanos Dominguín, Camino, Puerta y El Viti o Paquirri, Palomo Linares y El Capea, cuyas campañas abarcan, entre unos y otros, la mayor parte del siglo XX.

Efectos de esta recuperada usanza ha sido un notorio aumento de festejos en nuestro país, con el entusiasmo y la derrama consiguientes. Mismos que habrán de prolongarse durante las próximas semanas con la feria de Aguascalientes, la ya anunciada de Puebla –no se sabe si renacimiento o despedida de El Relicario– y, sobre todo, la fugaz pero excitante reaparición de José Tomás el 3 de mayo, en Juriquilla, en el adiós de su amigo y compadre Fernando Ochoa.

¿Reciprocidad? ¿Y eso con qué se come?

Por el contrario, signos ominosos presiden la temporada española en marcha. Como el año anterior la situación económica está repercutiendo en lo taurino con crudeza, empezando por un campo bravo severamente castigado por los trusts empresariales. Agréguese el golpe que ha supuesto el inoportuno veto que contra la empresa sevillana planteó el G–5, la cornada de Enrique Ponce, que deja en el aire su participación en Sevilla y Madrid, y la drástica ausencia de nombres emergentes capaces de potenciar la taquilla. Por no hablar del recrudecimiento de las campañas taurofóbicas, la negativa de TVE a televisar en abierto y el prolongado ninguneo hacia la fiesta de los principales medios escritos y audiovisuales de la península.

Así las cosas, llama la atención que las empresas hispanas mantengan su resistencia a contratar toreros mexicanos. Más allá de la doble presencia de Joselito Adame en Sevilla y San Isidro, que es lo menos que podía esperarse para el triunfador del año pasado en Las Ventas, la presencia de la joven generación de valores mexicanos no podía ser más escueta. La solitaria oportunidad que se brinda a Arturo Saldívar y Diego Silveti en Sevilla y Madrid en absoluto refleja lo que ambos habían sembrado allá en los últimos años; mucho menos la política de puertas abiertas a diestros españoles de todos los niveles, colores y sabores que priva en México, y que tanto se incrementó últimamente.

Al hilo de la historia

Tal ausencia de reciprocidad –y se diría también que de elemental respeto– privaba ya hace 51 años, cuando Paco Camino cerró memorablemente la temporada invernal de 1962–63 con la famosa tarde de los berrendos de Santo Domingo, en Cuatro Caminos. Esta columna ya ha tratado a detalle, más de una vez, lo que aquí bautizamos como la "Decena mágica" del entonces Niño Sabio de Camas. Hoy me parece justo traer a colación el contexto en que tan recordada efemérides tomó cuerpo, como culminación de una temporada tan rica en hazañas toreras como pocas habrá vivido este país. Porque la de 1962–63, taurinamente hablando, debe contar entre las cinco o seis campañas hispano–mexicanas más brillantes del siglo XX mexicano.

De la periferia al centro

Como ahora, los principales cosos de los estados –Guadalajara, Monterrey, Irapuato, León…– fueron los primeros en reunir en sus carteles a figuras mexicanas como Capetillo, Huerta, Silveti, Leal o Calesero, con Mondeño y Joaquín Bernadó, avanzada de lujo de la torería española. Pero fue la temporada grande la que realmente rompió el fuego, al unir a los anteriores los nombres de Camino, Puerta y El VIti. El planteamiento de Alfonso Gaona consistió en cumplir con el derecho de apartado en la México –las doce corridas de rigor–, y trasladar enseguida la temporada al Toreo de Cuatro Caminos. En ambas iba a esplender la luz del el toreo como un arte mayor.

José Huerta

La México tuvo varios triunfadores, pero el más consistente y rotundo fue el León de Tetela, autor de un par de faenones con "Romancero" de Mimuahuápam (23-12-62) y "Macareno" de Jesús Cabrera (06-01-63); del primero perdió el rabo por culpa de un pinchazo, y aunque el del cabrereño se pidió con fuerza, el juez Pérez Verdía no lo concedió. Al final la cosecha del poblano sería de seis orejas en tres actuaciones, en ninguna de las cuales dejó de tocar pelo. En el Toreo actuó una tarde más y la noche en que la Oreja de Oro se declaró desierta, culpa del infumable encierro de Coaxamalucan. Pero el nivel de maestría e inclusive de arte alcanzado aquel invierno por Joselito Huerta, todavía se paladea.

También notables sus triunfos en León y Mérida, participó con éxito –compartido con Capetillo, Joaquín Bernadó y un Paco Camino arrollador– en la llamada "Corrida del siglo", en Guadalajara (21-03-63).

Diego Puerta

Este bravísimo sevillano se presentó el primer día de 1963 y confirmó alternativa con "Platerito" de Torrecilla (fuerte petición y vuelta al ruedo), pero fue ante el remiso y geniudo "Coquito" –oreja de ley– donde dio la verdadera dimensión de su casta y estoicismo toreros. La consagración llegaría con dos torazos formidables de Tequisquiapan, "Tortolito" y "Bandolero" (13-01-63). Esa tarde, el de San Bernardo paseó cuatro orejas, premio quizás exagerado –aunque aguantó y ligó mucho, con acento más alegre que dramático, la verdad es que anduvo aceleradillo. Aún cumplió un tercer contrato en la México –dificilísimos los de Las Huertas– antes de refrendar, ya en Cuatro Caminos, su clara condición de triunfador, de nuevo con reses de Tequisquiapan, aunque de menor trapío, y con bronca al juez por darle solo una oreja (10-03-63). Debió torear más, en la capital y en los estados,  pero una lesión sufrida en Bogotá cortó su temporada.

Fue una lástima que ese percance le impidiera participar en la tapatía corrida del siglo, para la que estaba anunciado como triunfador neto en plazas del interior, donde en siete corridas no dejó de tocar pelo una sola tarde (León, Guadalajara, Monterrey entre otras).

Capeto y "Tabachín"

Manuel Capetillo había estado más que entonado en sus dos primeras presentaciones en la temporada grande (en la de Año Nuevo confirmó a Diego Puerta y despachó, con lucimiento, a "Azucarillo" de Torrecilla, cuyos 610 kilos lo hicieron el más pesado lidiado en La México hasta esa fecha). El golpe fuerte lo dio a la tercera (17-02-63), con su recordada faena a "Tabachín" de Valparaíso, algo discontinua debido al fuerte viento pero intensa de sabor e impregnada de la personalidad del gran muletero tapatío. Le cortó la oreja pese a pinchar.

En provincia toreó mucho, indultó otro Valparaíso en Mérida (10-02-63) y cortó las orejas a "Tecolote" de San Mateo en la memorable corrida del 21 de marzo en El Progreso de Guadalajara.

Leal y Víctor Huerta

Alfredo Leal, triunfador de la campaña anterior, no empezó con bien pie y su paso por La México –dos corridas– fue bastante gris. Se desquitó con creces en la apertura de la serie en El Toreo (03-03-63), al cortarle el rabo (protestado) al bravo "Carpintero", un obsequio de Pastejé, al lado de Huerta y Camino. Por provincia, raro en él, no tuvo un gran año.

El de Víctor Huerta, hermano de José, fue un caso extraño: anunciado para confirmar su alternativa, el de la ceremonia, "Rinconero" de Valparaíso, lo envió conmocionado a la enfermería; pero salió para contender con un bravísimo "Remolino", que cerraba plaza, y se fajó con él de tan emotiva manera que lo desorejó y fue paseado en hombros al lado de Capetillo y Camino, nada menos. Sería esa, empero, la única corrida de su vida en el enorme embudo capitalino (17-02-63).

Última de Córdoba… y de Curro Romero

Jesús Córdoba, excelente y muy fino torero, había tenido una carrera de pronunciados altibajos cuando reapareció en la segunda de la temporada. Con la suerte de topar con un gran lote de Mimiahuápam, y la contra de no cuajarlo debidamente, aunque su actuación tuvo muy buenos momentos y la faena al obsequiado "Cantarero", mal rematada, le permitió ser paseado en hombros (23-12-62). En cambio, ningún recuerdo dejó la que sería su última comparecencia en Mixcoac, para decepción propia y del presidente López Mateos, que sin previo aviso ocupó una barrera de segunda fila (10-02-63: fallido encierro de Las Huertas, con Puerta y Rangel completando terna).

Sólo una corrida en su vida toreó en la México Curro Romero y fue la de su confirmación de alternativa, con "Tablajero" de La Laguna y de manos de Humberto Moro, José Huerta por testigo (23-02-63). Y hubo otro espada que partió plaza por última vez en la monumental, el mazatleco José Ramón Tirado, sólo para desperdiciar a "Jardinero", quinto de una gran corrida de Tequisquiapan, al que había veroniqueado portentosamente (13-01-63). Ya en El Toreo, Tirado sería uno de los alternantes de Paco Camino la histórica tarde de los berrendos de Santo Domingo (31-03-63).

Paco Camino

Aunque bien conocido de la afición mexicana luego de su exitosa campaña del invierno anterior en El Toreo, Paco Camino confirmaría su alternativa en La México en la corrida inaugural, que por poco termina prematuramente por falta de matadores, pues los de José Julián Llaguno mandaron al hule tanto al padrino –Antonio Velázquez, con una clavícula fracturada– como al ahijado, de cornada en la axila y puntazo en el muslo. Hasta Humberto Moro, que se quedó solo y tuvo que estoquear cuatro bichos, anduvo entre los pitones del peligroso quinto. A Paco se le protestó fuerte la oreja del abrepaza "Recuerdo", que lo cogió hasta tres veces durante la faena. No obstante, fue quien más corridas toreó ese invierno en la capital –cuatro en La México y otras tantas en El Toreo–, y si el rabo de "Novato", de Mariano Ramírez, tuvo todos los estigmas del toro de regalo (26-01-63), la oreja de "Tamborero" de Valparaíso premió una grandísima faena, la más cabal de una corrida que concluyó con los tres espadas a hombros de la multitud (17-02-63).

Ya en Cuatro Caminos, tras estar bien a secas dos tardes, iluminó la noche de la Oreja de Oro con su faenón al obsequiado "Catrín" de Pastejé. Y coronó la gran temporada –no solamente suya, aunque lo suyo haya quedado para los restos– con aquel asombroso derroche de torerismo, maestría y arte que fueron sus faenas a "Gladiador" y "Traguito" de Santo Domingo, los poco propicios berrendos de los que cortó cuatro orejas y el rabo.

En el invierno de 1962–63 pasaron sin dejar huella por la capital El Viti, Mondeño y Bernadó –sí lo hicieron por provincia, Guadalajara, Monterrey y Acapulco a la cabeza–, y empezó a dar signos de decadencia Juanito Silveti, que había iluminado temporadas anteriores con su pureza y clasicismo.


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