Cuando el monosabio salió a los medios a mostrar el cartel del tercer toro de la corrida, y en el nombre anunciaba a "Andrea", la mente de los aficionados viejos de Aguascalientes seguramente pensó en don Juan, aquel hombre afable, gran restaurantero y aficionado chipén: Don Juan Andrea, y el homenaje que ese toro de otro don, el ganadero Fernando de la Mora Ovando, fue en consonancia con la grandeza de una época en la que ya cada vez quedan menos personajes de esa solera.
Así que aquel apellido que le dio nombre a una forma de ser y de estar en la vida, inolvidable para los toreros de su tiempo –novilleros modestos o figuras del toreo, sin distinción de clases– sabían que en el hotel de don Juan Andrea tenían garantizada –y de cortesía, por supuesto– su habitación el día en que toreaban en esta ciudad.
Y no pudo haber sido una mejor idea que, en presencia de su viuda, doña Anita Andrea, infaltable en su palco, aquel toro cárdeno, bonito por delante y de armoniosas hechuras, embistiera con un enorme dechado de calidad, la misma que tuvo don Juan a lo largo de su generosa existencia.
En manos de Diego Sánchez, el toro de Tequisquiapan fue una nostálgica evocación de nombre, apellidos, dinastías y demás personas buenas, de esta tierra de la gente "no buena, buenísima", como suele decir Guillermo Leal con un entusiasmo cantarín.
Pues de salida, "Andrea" parecía tener poca fuerza, y al cabo de la ordenada lidia que le dijo
Diego Sánchez, acabó por afianzarse a la arena sin dejar de embestir con un son que, desde que apareció en el redondel de la monumental, presagiaba cosas importantes… Y llegaron. Por principio de cuentas, unas verónicas ceñidas, recias, de amplios vuelos, y luego un quite por gaoneras y una larga eterna, deletreada, hasta en dos tiempos, en la que Diego se dio cuenta de la clase que el toro tenía.
El planteamiento del inicio de faena hizo albergar la posibilidad de no dosificara la intensidad de las embestidas de "Andrea", pero cuando el toro se arrancó pronto, de largo, y se rebosó sabrosamente hasta el final de los soberbios muletazos que le dio de rodillas, se percibió que era un toro de triunfo grande.
Esos muletazos del comienzo, de rodillas, con temple y expresión, marcaron el rumbo de una faena muy importante, en la que lo más sobresaliente fue que Diego se rompió como artista y sacó lo que llevaba dentro del alma, al son del olé recreado y sentido, de un público que estaba con él.
Y así discurrieron los redondos, los naturales, de cintura rota, acompañando el viaje de las embestidas con el pecho, toreando con una enfibrada reciedumbre que hizo retumbar de emoción al público, más aún cuando se tocó la "Pelea de Gallos". A ese concierto de ritmo, temple, los trazos de Diego estuvieron tocados por la ligazón, todo en uno, tanda tras tanda, que "Andrea" le permitió, pues el toro no paraba de acudir a los cites con una contagiosa alegría.
En un ligero amago de querer decir "hasta aquí llegué", porque la exigencia del torero había sido total, Diego decidió cortar la faena en el momento oportuno, ni más ni menos, y se fue a las tablas por la espada pensando en que aquello que había hecho: una faena de lío gordo, y que una buena estocada le daría un triunfo rotundo.
Pero instantes más tarde señaló un primer y desalentador pinchazo, y otro más, antes de terminar con la vida de "Andrea", que recibió el más que merecido premio del arrastre lento, en medio de ese sentimiento encontrado por parte del torero y del público cuando a un toro de esta calidad y duración no se le tumba el rabo o hasta haberlo indultado. Porque conociendo a don Fernando, e independientemente de la ascendencia del toro, muy posiblemente en este caso también hubiese aplicado su conocida frase de "padrea lo bueno, y no lo puro", que tanta polémica desata entre los criadores del toro mexicano de encaste San Mateo-Llaguno, quienes tienen, por norma, padrear únicamente los toros puros, una teoría que desde hace muchos años el ganadero queretano vino a echar por tierra con su peculiar concepto genético.
Con algo de rabia, por un lado, pero también de satisfacción por el otro, Diego Sánchez dio la vuelta al ruedo con la oreja concedida, la que le pidió la gente con fuerza, y minutos después invitó a don Fernando a compartir las palmas del público con él, hasta que llegaron al burladero de matadores y ahí le dio las gracias. El viejo ganadero queretano regresó andando por el callejón a su palco, sereno y sabio. Y al pasar debajo de donde se encontraba doña Anita Andrea, ella le dedicó un emocionado "¡muchas gracias, Fernando!", a lo que él le contestó a paso ligero, con una leve sonrisa en los labios: "¡Anita, ya no veo nada, pero te escucho... te quiero mucho!", y en ese saludo tan fugaz y cariñoso, ella respondió con un nudo en la garganta: "Y yo te quiero más". Fue un breve diálogo donde las palabras venían sobrando.
Ya el primer toro de la tarde, alto, hondo, y ofensivo, había confirmado que don Fernando de la Mora es un ganadero controversial y heterodoxo para quienes crían al toro mexicano. Desde joven se marcó su propio camino, y luego de medio siglo en estas complejas labores, ha dejado su nombre inscrito con letras de oro en la ganadería mexicana.
"Santander" se llamó el de Tequisquiapan, y si de salida dejó entrever que vendería cara su muerte, en manos de Daniel Luque prefirió entregarse que discutir, pues el trato que le dio el sevillano fue toda una cátedra de técnica, de paciencia, de ponerse delante con precisión, de colocar la muleta en la altura precisa, y de lidiar para luego ponerse a torear, tal y como mandan los cánones. Y gracias a todo ello, "Santander" terminó por sacar el fondo de nobleza que tenía escondido y descolgó la cara con entrega en los soberbios naturales de Luque, rematados por debajo de la pala del pitón, al fundirse con el toro a cada palmo de un trasteo de esos que dejan una torería especial, sobre todo entre los profesionales.
Porque todo cuanto hizo Daniel estuvo tocado de la gracia andaluza, con un acabado más rondeño que sevillano, una equilibrada mezcla, preciosa por su donaire, entre Ordóñez y Camino, pero ya con una marca propia que ahí queda, antes de colocar una estocada entera, de buena ejecución.
El toro cayó pronto y los pañuelos asomaron en el tendido en demanda de las dos orejas, de las que únicamente se concedió una, no obstante que aquella faena –y la estocada– era para haber entregado dos trofeos, aunque el público no se afanara en pedirlos, pues nada tenía que ver que se trataba apenas del primer toro de la corrida, lo que nunca es impedimento para juzgar de manera individual una obra de este tamaño. Pero eso, al final, importa poco cuando se trata de El Toreo, dicho y hecho así, en letras mayúsculas.
El Payo venía inspirado y con ganas de gustarse y gustar, y si al primer toro de su lote, un berrendo en cárdeno, alunarado y botinero, con una de las pintas clásicas de esta divisa, le hizo una faena entre altibajos, alcanzó a disfrutar algunos pasajes en los que buscó la elegancia y la naturalidad, más cuando comprendió que era preciso esperar mucho y confiarse con "Mar de Nubes", como así se llamó este toro en honor de aquel al que David Silveti hizo una de las faenas más icónicas de los últimos tiempos en la Plaza México.
La segunda parte de la corrida no fue lo mismo, ya que los tres restantes toros aportaron poca emoción, y dos de ellos tenía una notoria diarrea que quizá mermó sus facultades físicas, porque sí tuvieron intención de acudir humillados a los cites de los tres espadas, pero sin el fondo de fuerza suficiente para terminar de entregarse como lo habían hecho sus hermanos de camada.
De esas tres faenas, la que tuvo más miga fue la de El Payo, que primero toreó para él, fiel a su concepto, y dio naturales de precioso desmayo, y luego se pegó un arrimón, comprometido, con el que la gente sintonizó de inmediato, en un trasteo que fue a más en emoción, con el torero abandonado a su arte y olvidándose de que tenía cuerpo.
No rubricó el queretano con la espada su paso por Aguascalientes. Sin embargo, a cambio demostró que es de los toreros veteranos de México que no se traiciona nunca y hace lo que le dicta el alma, a tenor del toro que le toca en suerte. Bienvenida su sinceridad.
Daniel Luque regaló un séptimo toro –evidentemente, del miso hierro– que fue noble, y a base de torearlo con suavidad y delicadeza en todos sus procedimientos técnicos, acabó por llevar largo y toreado en muletazos que la gente le coreó con fuerza. Y aunque en la estocada el toro no le ayudó y el dejó la espada desprendida, al salirse un poco de la suerte, el público le pidió la oreja que el juez de plaza, el matador César Pastor, no concedió. De esta manera, usía fue muy congruente con el criterio aplicado el día anterior a la hora de negarle una oreja a Luis David, ésa que había sido pedida con el doble de insistencia, con una bronca incluida.
Orejas de menos tampoco vendrán a ensuciar el arte del toreo, ni mucho menos, cuando se hace de esta forma. Porque el arte del toreo, cuando se manifiesta con el sentimiento de la terna de hoy, delante de toros como los que echo don Fernando de la Mora, es una expresión que adquiere una relevancia especial.
Con ese regusto y buen sabor de boca se quedará la afición acalitana hasta el próximo viernes, a la espera de que en las tres corridas que todavía le faltan a la feria, el listón de toros buenos, como dos de los que se jugaron hoy, el toreo surja con la verdad de lo bien hecho y siga siendo el mejor rasgo de identidad de esta Feria de San Marcos.