Banners
Banners

La poesía taurina de Gerardo Diego

Sábado, 21 Mar 2026    CDMX    Antonio Casanueva | Foto: Archivo   
"...Con sentido del ritmo, del temple y del riesgo..."
La tauromaquia nunca ha estado sola. Desde hace siglos dialoga con otras expresiones –la pintura, la música, la literatura– a través de un tejido de correspondencias donde una emoción se traduce en otra. Como sugería Baudelaire, las artes no se explican entre sí: se continúan.

Una verónica puede prolongarse en un trazo, en un acorde… o en un verso. Y en ese tránsito ocurre algo esencial: el instante efímero del ruedo encuentra un modo de permanecer. La poesía, en ese sentido, recuerda el toreo, lo reinterpreta, lo vuelve a vivir desde otro lenguaje. Esa continuidad –ese tránsito entre emoción y forma– no pertenece únicamente al pasado: sigue ocurriendo hoy.

En estos días, esa relación entre tauromaquia y poesía deja de ser únicamente reflexión para convertirse en tarea viva. La convocatoria para elegir el Himno Taurino de México nos enfrenta a una pregunta concreta: ¿qué tipo de palabra puede representar, no a un individuo, sino a una comunidad entera?

Los poetas de la Generación del 27 entendieron esto mejor que nadie. Supieron sacar al toreo del lugar común y llevarlo al terreno de la estética, donde ya no es costumbre ni espectáculo, sino experiencia artística. Entre ellos, Gerardo Diego ocupa un sitio particular. Fue aficionado en el sentido más exigente del término. Por eso su poesía tiene una cualidad rara: no mira desde fuera, sino que nace desde dentro de la lidia. Escribe como quien torea, con sentido del ritmo, del temple y del riesgo. 

En sus poemas está el aficionado que aprende a mirar. Diego escribe para ese espectador exigente, capaz de reconocer lo que está en juego en cada instante. Sus poemas recorren las suertes –la verónica, la vara, el natural, el pase de pecho– con una precisión que describe cada lance para que ocupe su lugar dentro de un orden mayor. 

Verónicas gitanas

Lenta, olorosa, redonda / la flor de la maravilla / se abre cada vez más honda / y se encierra en su semilla. / Cómo huele a abril y a mayo / ese barrido desmayo / esa playa de desgana / ese gozo, esa tristeza, / esa rítmica pereza, / campana del sur, campana.


Media verónica

Uno, dos, tres, siete lances / columnas de un monumento. / No se deshaga en romances / que no se lo lleve el viento. / Falta la cúpula alta, / la rotonda que se exalta / sobre la teoría jónica. / Y la torera cintura / –flor de elegancia– clausura, / pura, la media verónica.

En esa escritura de Gerardo Diego se establece una correspondencia entre el ritmo del verso y el de la lidia. La métrica ordena el movimiento, lo mide, lo encauza; cada palabra encuentra su lugar como cada pase en la faena. De ahí que estos poemas no solo evoquen el toreo, sino que lo reconstruyan en otra escala, donde el tiempo se depura y el error desaparece. Surge la intuición de una faena perfecta, sostenida en equilibrio, que no se alcanza del todo en la plaza pero que sirve como referencia. Desde ese ideal se vuelve posible juzgar lo que ocurre en el ruedo.

Naturales

El toreo se hace hondo, / a un tiempo se abisma y vuela / cuando va el toro en redondo / atado el cuerno a la tela. / Que naturaleza rija / el pulso, y que la sortija / de la suerte se acompase. / De frente, que el toro elija / y dibuje, cierre, exija / base, pase, clase, frase.


Pase de pecho

Entre un temporal deshecho / la gruesa nave embestía. / Al pasar por el estrecho / la plaza se estremecía. / Tú erguido, firme, derecho, / faro en tu roca vigía, / larga el brazo, álzale al techo, / rompa la espuma bravía. / Y allá va el pase de pecho. / Fue la noche y ya es el día.

En ese mismo registro, en el poema "Torero mexicano", Gerardo Diego convierte el toreo en identidad cultural. Entendió algo que sigue vigente: que el toreo mexicano no es una copia, sino un acento distinto del mismo idioma. 

"Y aunque se ve que es el mismo
cañamazo y alfabeto
hay un dechado, un guarismo
de sismático bautismo
y defendido secreto."

Por eso eleva a Rodolfo Gaona como figura fundacional: alguien que no cambió el toreo, pero sí su cadencia, su manera de estar. 

"Lámina pura de oro,
flexible, sonora, huera,
riza y desriza ante el toro
el azteca meteoro
de la sagrada gaonera."

Leyendo hoy ese poema, es difícil no pensar en Isaac Fonseca, que el próximo 29 de marzo volverá a pisar Las Ventas. 

"Después, y ya en pleno cisma,
las dinastías honrosas:
los Freg –sangres generosas–
y los Armillas en prisma
de facetas espinosas."

En Fonseca reaparece esa veta: autenticidad, raíz, una forma de plantarse que no busca parecerse a nadie. El joven torero intenta encarnar esa tradición y empujarla hacia adelante. 

"Y Garza, que es ave rara.
¿Y Arruza? Si se alquitara
su sangre…
¿no es toda nuestra esa cara?"

Isaac Fonseca ha tenido, incluso, la intuición –profundamente poética– de convocar a la palabra. La creación de un himno taurino para México abre un espacio donde el toreo vuelve a dialogar con la poesía, y donde los aficionados, a partir del 22 de marzo, podremos reconocer en los versos de poetas mexicanos esa misma emoción que Gerardo Diego supo fijar en sus textos.

Como si, casi un siglo después, aquella voz volviera a hacerse presente en el ruedo y encontrara en un himno una forma de permanecer. Tal vez por eso el himno no se escribe del todo: se completa cuando la multitud lo pronuncia y lo convierte en memoria compartida.


Comparte la noticia


Banners
Banners