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Histórico triunfo y polémica periodística

Lunes, 19 Ene 2026    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | La Jornada de Oriente   
Una tarde triunfal que narró Carlos Quirós "Monosabio"
El 22 de enero de 1933, en la décimo tercera corrida de la temporada en El Toreo, Alberto Balderas, herido pero triunfante, se encaminó hacia la barrera que ocupaba el agudo crítico Carlos Quirós "Monosabio" y, encarándolo abruptamente, le arrojó al rostro la oreja de "Carrocero", de Piedras Negras, antes de dirigirse a la enfermería mientras la plaza estallaba en insultos contra el cronista que venía hostilizando en sus reseñas al Torero de México, como llamaban a Balderas sus muchos seguidores.

El episodio sacudió no sólo al medio taurino sino a la república entera, lo que dará una idea de la posición que ocupaba la fiesta brava en el México de la llamada época de oro, denominación que vale para la tauromaquia pero también para el conjunto de la cultura en un país que acababa de pasar por el movimiento armado histórica y políticamente conocido como Revolución Mexicana, y se abría a una era de exaltado nacionalismo en todos los órdenes de la vida.  

El episodio, que provocó una apasionada división de pareceres entre quienes aplaudieron abiertamente el gesto del torero y los que tomaron partido por el periodista, tenía como trasfondo una persistente campaña de "Monosabio" contra Balderas, blanco de sus mordaces críticas a lo largo de una temporada que estaba resultando triunfal para Alberto, al grado de provocar un lleno absoluto en el coso de la colonia Condesa con motivo de su primer choque con Armillita, que con Jesús Solórzano fue el otro gran triunfador de aquel invierno.

Otro cronista conocido, el pintoresco "Don Dificultades" (José Jiménez Latapí), juzgó en estos términos la polémica resultante: "Se dice que Balderas hizo mal en tener una arrogancia con Quirós al arrojarle la oreja. Sin embargo, Alberto hizo bien. El que no es capaz de rebelarse, el que no es capaz de sentir la médula ardiendo ante la injusticia no es un hombre-torero. "Monosabio" lo ha herido. "Monosabio" lo ha injuriado profesionalmente, y Balderas le contestó con otra injuria profesional al arrojarle el apéndice auricular… Y es que Balderas puede hacer eso porque puede hablarle de tú a Quirós, porque si atenciones tuvo "Monosabio" para Balderas en la temporada pasada, atenciones innúmeras tuvo Balderas para "Monosabio". Están a mano." (Padilla, Guillermo E. Historia de la plaza El Toreo. Época de Oro (1929-1946). Edit. Espectáculos Futuro SA de CCV. México. 1989. pp 76).

De paso, el pronunciamiento de "Don Difi" dejaba tácitamente al descubierto la clase de "atenciones" que se habían dispensado el uno al otro durante la temporada anterior: no era que a Balderas se le hubiera olvidado de repente torear en la forma que Quirós alabara sin medida un año atrás, su olvido fue más bien de índole económica y eso no se lo perdonó el viejo lobo cuyas crónicas eran buscadas cada lunes con golosa avidez por los aficionados.  

Histórico triunfo de Armilla

Pero el incidente Balderas-Monosabio no consiguió eclipsar la memorable tarde de Fermín Espinosa, que por el percance de Alberto despachó cinco toros y ofreció cinco lecciones de incontestable maestría, como claramente reflejarían las reseñas, entre las cuales entresaco estos conceptos de El Duque de Veragua (Armando de María y Campos): "Tengo para mí que entre "Armillita Chico" y el ganadero don Viliulfo González había un pacto de honor que se liquidó en la corrida del 22 de enero. No sé por qué me imagino que Fermín Espinosa fue a donde don Viliulo y le dijo: Deseo que en la primera oportunidad me envíe un toro muy bravo, otro singularmente dócil, uno con templado arranque en la embestida, otro que se defienda y tire cornadas, y que no falte el aplomado al que hay que enseñar a embestir para que yo pueda demostrar que lo mismo al uno que al otro, y al pinto de la paloma, le hago lo que me dé la gana. Pero oye, Fermín –nos suponemos que contestó el ganadero– eso no es tan fácil como tú crees. Pues usted ve lo que hace, ¡yo quiero demostrar que se puede torear a todos los toros, con tal de que embistan un poco! 

Y don Viliulfo mandó una preciosa corrida de la que tres toros fueron bravísimos y tres más con los tres diferentes estilos que Fermín deseaba para lucir su escuela larga y eficaz, que le permite triunfar con cualquier clase de astados. Y fue así como Fermín Espinosa toreó mano a mano con "Armillita Chico" y cortó orejas y salió en hombros. Con el primero, "Pestiño", está cumbre, y al sexto de la tarde, "Algarrobo", le cortó las orejas y el rabo (…) ¡Fermín Espinosa "Armillita Chico", vencedor de sí mismo! (Castañeda Gómez del Campo, Carlos. Piedras Negras, sitio, vida y memoria. Edit. Conaculta. México. 2015. pp 226)

El propio "Monosabio", que solía ser bastante duro con Fermín, no se quedó atrás: "Esta corrida será recordada por mucho tiempo. En ella apreciamos el triunfo de un torero que por falta de voluntad, de entusiasmo, no había ocupado su sitio. Armillita, después de sus dos primeras exhibiciones, ha sido otro: ganoso, con ímpetu, hasta alegre, que es el colmo (…) Y por encima de todo, con una gran voluntad, que le sirvió de ariete para triunfar, ahora sí, plenamente (…) Ha comprendido que no basta un destello, un alarde de suficiencia, para subir a la cima.  Hay que empujar incesantemente. Y cuando se tienen clase y facultades para ello, eso tiene que exigirse (…) Ha tenido su mejor tarde de matador de toros." (La Afición. 23 de enero de 1933)

Con "Pestiño", el fácil, "Fermín junta los pies y se mantiene derecho y quieto en tres lances ajustados para finar recortando ceñido y ganarse la primera ovación (…) Toma los zarcillos y, prescindiendo de los oficios de la infantería, él se arregla al adversario y, de dentro a afuera, clava un par superior (…) En sus postrimerías encontramos a "Pestiño" bravo y manejable. En los tercios se planta Armillita, hunde los pies en la arena y suelta el muletazo inicial, con la derecha, de cabeza a rabo. Y allí mismo, sin salir de esa aposición, el cambiado de pecho y, con esa mano, tres altos más, magníficos todos (…) Y con la zurda, naturales de gran calidad (…) Luego, el trasteo es con la diestra, por alto y por bajo, el molinete de rodillas, dos ayudados en apretadísimo terreno. Y por tercera vez durante la faena suena gran ovación (…)"

A ese toro Fermín lo pinchó, perdiendo los trofeos. Salieron luego tres con mucho que torear, un "Tirador", retinto, que –seguimos con "Monosabio"– "no es una perita en dulce", pero al que trasteó con enorme poderío, "solo con su contrincante, que tira tarascadas a diestra y siniestra: echa la muleta abajo y contamos hasta seis derechazos en que dobla a la bestia, y le pone la muleta en el cuello, para acrecentar el castigo. Luego de pitón a pitón (…) Y con esa medicina, "Tirador" queda reventado (…) Al segundo intento, clava el pincho hondo y bien dirigido, y la víctima sucumbe, y su matador recibe abundantes palmas. Pero debió aplaudirse más para demostrar que supimos apreciar el talento del muchacho."  (íbid)

En reemplazo de Balderas, Armillita dio cuenta de "Chinaco", otro enemigo dificultoso al que "aplicó la misma medicina, cinco derechazos por abajo, rudos, de castigo, y uno de pecho, superior (…) Y ya tenemos al coahuilense dueño de la situación: desahogado, tranquilo, como si lo que tiene enfrente fuera una burra de leche. Y todos convienen en que esta tarde es la del triunfo de Armillita. Triunfo previsto y decantado, porque el Chato –el empresario Benjamín Padilla– atinó con el toro de genio, donde Fermín es amo y señor. Es tonto ponerlo con pichones cuando tiene espolones para la pelea."  Así fue también el quinto, "Guitarro", que "echa las manos por delante, pero el matador lo tantea parsimoniosamente, y hasta ejecuta dos buenas verónicas (…) Gazapón, el bicho se defiende y sabe cabecear en todas direcciones (…) Pero esta tarde Armillita "quiere" (…) Y como aguantó, paró y lo dobló cuatro veces como un arco, al cuarto pase ya estaba arrodillado. Más derechazos por alto y por bajo, uno de los cuales remata con un molinete (…) Más tela con la de cobrar, por alto preferentemente, con perfecto dominio de la situación (…) Y Fermín acomete con rapidez y hunde el acero hasta las cintas (…) Y la ovación es larga, convencida, general." (íbid).

Como se habrá notado el toreo de dominio se tenía en alto aprecio y no era el número de apéndices prenda para catalogar la gran tarde de un torero. Mas como pendiente estaba la faena cumbre, ésta llegaría con el sexto, "Algarrobo", el animal bravo y propicio que se merecía la tarde cumbre del de Saltillo. "¡Si sacaría buen estilo que Armillita juzgó ocioso tantearlo con el capote! Inmediatamente obsequióle una buena verónica. Y a seguida juntó los pies y se mantuvo inmóvil en el sitio en seis lances ligados, cuatro de ellos soberbios, así por su temple y lentitud como por lo cerca que se dejó pasar al cornúpeta. Remató recortando y el premio fue una ovación con toda la plaza en pie (…)  Y como todos aprecian que Fermín ha echado fuera la corrida sin aparente esfuerzo, exigen que se encargue de los zarcillos el propio matador (…) y la bestia se lleva en el morrillo, tres pares de lujo, que se ovacionan en relación a su mérito (…) Para epilogar su tarde triunfal, tenemos a Fermín con un adversario pastueño, bravo y noble. Comienza a torearlo con la de persignarse: uno de pecho y el alto; a seguida tres naturales y el de pecho, magníficos (…) Y con la derecha, cinco muletazos por abajo, bueno el primero, mejor el segundo, y ya del tercero en adelante son superiores, y el último es formidable. Como la ovación que los subrayó. Yo diría que esta es la vez que mejor ha toreado Fermín con la muleta, muy ceñido con el bruto, al que guio con el engaño suavemente, con gran temple. Prosigue con dos ayudados por abajo, uno de pecho con la derecha, y otra vez cinco derechazos ligados, girando sobre los talones, sabiendo cómo se tira del toro y llevándolo toreado hasta la terminación del pase (…) Otro derechazo por abajo, pasándose el engaño por la espalda, dos pases afarolados, más derechazos. Y tras algunos pases de pitón a pitón, por delante, dos pinchazos en lo alto que se aplauden fuertemente. Esta tarde, hasta en el momento de herir Fermincito se descaró y aceptó arriesgar (…) Entrando con riñones clavó una entera, algo tendenciosa, que hizo buena con descabello certero al primer empujón (…) La postrera ovación, larga, sostenida, acompañó el paseo en hombros de Armillita con los apéndices de "Algarrobo” en alto." (íbid)

"Monosabio" y la faena de Balderas

Sagaz como de costumbre, Carlos Quirós elude referirse en su crónica al incidente central de la tarde y hasta se muestra elogioso con los aciertos innegables del diestro capitalino, aunque sin dejar de cuestionar su escaso dominio con la muleta. Veamos: "El toro de Balderas se llamó "Carrocero" y ocupó el segundo turno (…) Lo corrió Paco Balderas y al punto puso de manifiesto su codicia por el capote y lo bien que doblaba. Alberto juntó los pies para el primer lance y "Algarrobo" salió disparado rumbo al callejón (…) Cuando retorna a la arena, Balderas le obsequia otro capotazo y a seguida seis ceñidísimas verónicas, y entre ellas tres superiores y una despampanante. Remató con un recorte y se le ovaciona largamente porque toreó en un palmo de terreno y supo ajustarse una barbaridad. "Carrocero" –negro entrepelado, gordo y terciado-- fue un bicho bravo y alegre, de largo acometió a Barana y empujó codicioso. Y en el quite, Alberto se ciñó cuanto pudo en tres gaoneras y una revolera que se ovacionaron con calor (...) Del tercio de banderillas se encargó Balderas. Empezó por gallear, dejándose llegar mucho al enemigo, y de frente clavó par superior. Para el siguiente exageró los contoneos preliminares y de nuevo clavó magníficamente. Y el tercero es el mejor de los tres porque el diestro anduvo de verdad, hasta muy cerca, y alzó los brazos y cuadró estupendamente.

"Carrocero" llega al final de sus días en condiciones inmejorables: con no mucha fuerza, bravo y conservando suavísimo estilo. Paco lo pone en el tercio y allí lo busca Alberto, y es un pase cambiado el prólogo del trasteo. A seguida un ayudado quieto, superior. Y tres con la derecha, por abajo, que remata por alto. Los cuatro en un palmo de terreno (…) Añade, con la diestra, un alto y uno de pecho, y un molinete. Repite el molinete y es trompicado (…)  Dos derechazos por bajo, y en los medios entra a matar despacio, recto. Un pinchazo (…) Trastea de pitón a pitón, arrodillándose con frecuencia. Y como está toreando forzado, en un terreno que desconoce, es cogido y zarandeado (…) Ha sacado la camisa hecha girones. Tratan de llevarlo al taller de reparaciones, pero él se opone y vuelve a la zona de fuego, y con gran coraje entra a matar y deja el acero hondo y contrario. Tardó en doblar "Carrocero" que, gracias a su poco poder, no ha cometido un desaguisado (…) Balderas fue ovacionado y recibió la oreja de su agresor, al que aplaudieron fuerte en el arrastre. Llevado a la enfermería le fueron apreciadas una fuerte contusión de tórax y abdomen, y otras de primer grado en la región glútea y la mano derecha, lesiones que, aunque no de gravedad, sí le impidieron regresar al ruedo.” (íbid)

Secuela

Como sea, la Porra de sol, balderista hasta la médula, en la siguiente corrida envió a una linda joven hasta la barrera habitual de Monosabio con un recado poco amistoso que incluía un botecillo con pastura a modo de "merienda". Quirós correspondió al insulto con un texto lleno de ironía donde aprovechaba la denominación de "Monoburro" que le adjudicaron los porristas para agradecerles que lo hubiesen tomado por "uno de los suyos", y hasta "privaran del sustento" a alguno de ellos al donarle su ración alimenticia al cronista. 

De todos modos, de ahí en adelante, Carlos Quirós tuvo que refugiarse en un palco de contrabarrera para eludir las iras del público. Y, por supuesto, siguió fustigando a Balderas con sus sarcasmos, explotando a placer sus deficiencias y demeritando su aguerrido estilo.


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