Si bien la novillada de La Cardenilla, de encaste español, tuvo un impecable presencia y puso en aprietos a los novilleros, en honor a la verdad "no se comían a nadie", pero la catadura y el escaso bagaje de los espadas anunciados cumplieron el adagio que reza "el toro pone a cada quien en su lugar".
Quien mejor estuvo, con ideas claras y mayor voluntad que sus alternantes, fue el michoacano Alejandro Corona, a quien por cierto, le tocó el toro de mayor catadura y el de menor juego. Corona aunque no logró un trasteo de alta nota, sí tuvo fijeza en las zapatillas y se mostró sereno delante de la cara, y vaya cara, del de La Cardenilla.
Fue en términos generales quien le puso la nota al festejo formal y que bien pudo cortar una oreja por el esfuerzo y la voluntad, pero por los fallos con la espada quedó en una cerrada ovación.
Fuera de la lidia ordinaria, el becerrista Christian Verdín fue quien le puso el cascabel al gato y evidenció una afición a toda prueba, lo mismo en un estrujante inicio hincado en los medios que en un buen tercio de banderillas.
Verdín, alumno de la Academia Taurina de Guadalajara, ha asimilado bien las enseñanzas tanto de Alfredo Lomelí, como de Diego Bricio y además demostró que quiere forjarse un nombre.
Estuvo variado con la muleta, toreando con reposo y aunque por momentos se dormía en la suerte, supo entender a cabalidad a un nobilísimo novillo de Marco Garfias, que a la postre mereció la vuelta al ruedo.
Además, Verdín puso el toque emotivo, justamente por no correr la mano y ser feamente empitonado, por fortuna si consecuencias; sin amilanarse, volvió al novillo para rematar una labor bien llevada de principio a fin y cortar dos meritorias orejas. Como premio adicional, es factible que para el 30 de agosto se vista por primera vez de luces en esta misma plaza.
Al ecuatoriano Curro Rodríguez le tocó el novillo con voluntad de embestir y buen son, pero a falta de mando terminó por aburrirse y tras un aviso, se regaló una salida al tercio.
Bruno Vélez también tuvo en sus manos a un buen novillo, al que había que poderle, pero esto nunca sucedió, por más que intentaba estar aseado, no logró tener la quietud en las zapatillas ni al mando en la muleta, por lo que fue despedido entre algunos pitos y gritos de "¡toro, toro!".
Igual suerte corrió el veterano Ricardo Moreno “Morenito”, que no pudo plantarle cara a un ejemplar con cuajo que exigía el carné, pero pudo mostrárselo. Además el astado le echó mano y haciendo un esfuerzo sobrehumano, regresó a pasaportarlo con apuros y sólo para escuchar pitos de recriminación.