Desde el barrio: Apuntillando el futuro
Martes, 26 May 2015
Madrid, España
Paco Aguado | Opinión
La columna de este martes, en su colaboración número 200
Los aficionados, y unos pocos profesionales, andan estos días preocupados por los resultados de las elecciones locales que tuvieron lugar en España el pasado domingo, en las que se ha producido un importante crecimiento en las urnas de los partidos de izquierda que alardearon previamente de su animadversión por la tauromaquia.
Aunque sus votantes no les hayan elegido precisamente por eso, esa victoria moral –los partidos tradicionales han seguido cayendo en picado– ha generado un clima de inquietud colectiva en el mundillo, en tanto que las nuevas formaciones van a tener la llave de la gobernabilidad de muchos ayuntamientos y comunidades autónomas.
Y es así como la fiesta de los toros, en lo referente a las ya exiguas ayudas económicas y a la gestión de plazas públicas, ya a corto plazo podría salir seriamente perjudicada por este resultado electoral en muchos lugares de España.
Pero conviene no alarmarse ni adelantar acontecimientos, ya que las elecciones generales previstas para final de año harán a todos los partidos moverse con cautela y no precipitarse a tomar decisiones drásticas que podrían perjudicarles de cara a los comicios que realmente les interesan: los que dan acceso a los escaños del Parlamento nacional.
Si lo que nos interesa es salvaguardar el futuro del toreo en España, dejemos de lado las suposiciones y convengamos, como tanto se viene repitiendo desde hace lustros en este mundillo anquilosado y cerrado en sí mismo, que, más que los políticos, la verdadera amenaza contra el futuro está dentro: la que conforman los propios taurinos, los malos taurinos, que padecemos en estos tiempos confusos.
Porque ayer mismo, sin ir más lejos, apenas unas horas después de que se cerraran los colegios electorales, en Las Ventas se cometió un burdo atentado contra el porvenir, se infirió una auténtica y demencial puñalada al relevo más inmediato, representado en tres novilleros con buena proyección que se vieron estrellados –figurada y literalmente– contra una inmunda moruchada.
Dos de ellos, Martín Escudero y el peruano Joaquín Galdós, que se presentaba en Madrid, acabaron –por suerte, sólo conmocionados– en la enfermería por querer torear con sinceridad y pureza a una novillada que, a confesión del propio criador, incluía dos remiendos que iban destinados a correrse por las calles. Mientras que el único que quedó en pie, el fuenlabreño Francisco José Espada, hizo un alarde de hombría y responsabilidad matando más que dignamente los seis mostrencos, mientras se le regateaban las palmas, las orejas y los elogios en una plaza que, como Saturno, se ha especializado en devorar a sus hijos.
Así que olvidémonos de Podemos y demás politiquerías y pensemos que, sean quienes sean los culpables de esta última aberración venteña –el ganadero le echa esta vez la culpa a los veterinarios pero la novillada de El Parralejo que abrió feria, igual de basta y de fea, fue la que reseñó la empresa–, la única amenaza evidente y activa contra el futuro es la de este sistema taurino podrido y ciego que se permite el estúpido lujo de destrozar a martillazos el relevo generacional.
En unos años en los que entre las filas de los novilleros existen mayores y más esperanzas que en décadas, al igual que sucede con los matadores emergentes y con verdadera proyección a los que se cierran todas las puertas o se les ofrecen oportunidades envenenadas, la plaza de Las Ventas se ha convertido, en vez de un óptimo escaparate, en un desolladero de ilusiones al servicio únicamente de los mezquinos intereses de quienes siguen teniendo el mango de la sartén.
Parece como si su único objetivo, una vez controlada y vetada la plataforma de lanzamiento de nuevos toreros, fuera mantener en el machito a toda costa a esa desgastada "casta" de funcionarios de luces, que les genera comisiones de apoderamiento pero que no molestan ni se quejan de los salarios de vergüenza que van sumando de plaza en plaza para las rateras liquidaciones de final de temporada.
O sea, más o menos como sucede a todos los niveles laborales –incluido el decadente periodismo taurino invadido de tuneleros– en este país en el que un día no muy lejano se ataron los perros con longaniza. Qué razón tenía Ortega y Gasset.
Noticias Relacionadas
Comparte la noticia