Desde el barrio: El pulso de San Isidro
Martes, 03 Jun 2014
Madrid, España
Paco Aguado | Opinión
La columna de este martes
De entre las muchas claves a analizar en este larguísimo San Isidro, era la actuación de los toreros del que llamaron G-5 la que mayor intriga generaba. Fuera de la feria de Sevilla por propia convicción y deseo, las cinco figuras "rebeldes" se jugaban algo más que su prestigio en el abono madrileño que está a punto de concluir.
En ese pulso latente que estas figuras mantienen con las grandes empresas –y no sólo con la de Pagés– la plaza de Madrid se convirtió pasado el mes de abril, en el palenque decisivo para marcar el resto de una temporada de enorme tensión fuera del ruedo, en la clásica suposición de que los resultados de Madrid terminarían de zanjar todas las cuestiones pendientes a favor de uno u otro bando.
Pero, de momento, lo sucedido en San Isidro sólo ha provocado una división aún mayor en el seno de un grupo de toreros ya de por sí poco cohesionado, frente a una patronal compacta y decidida unánimemente a reducir notablemente sus honorarios.
Porque esa aparente unidad que proclamaron en enero, cuando emitieron el estrambótico y confuso comunicado contra Canorea y Valencia, ha ido derivando, a medida que la realidad marcaba los caminos, en la actual dispersión de fuerzas provocada por los dispares resultados y la particular situación de cada uno.
Conscientes de ello, sabiéndose más fuertes y con una estrategia más concreta y concertada, las empresas grandes han ido moviendo sus fichas hasta dejarlos aislados en la pelea, solos ante sus propias realidades individuales, y manejando así a su antojo las negociaciones de cada feria. Divide y vencerás, dijeron ya los romanos.
Y así pasa que, hasta el momento, cuando quedan sólo seis corridas del abono madrileño y faltan aún por repetir paseíllo Perera, Talavante y El Juli, de entre el grupo de cinco, sólo un miembro del quinteto ha logrado avalar su reto con un triunfo rotundo.
Las tres orejas que paseó el 23 de mayo Miguel Ángel Perera, después de una de sus mejores actuaciones en Las Ventas, le permiten, al menos, defender en los despachos sus pretensiones y su estatus con unas mínimas garantías de éxito. Pero le haría falta un nuevo golpe esta tarde, con los toros de Adolfo Martín, para hacerlo además con la autoridad necesaria ante un "enemigo" consolidado en su bastión.
En cambio, aunque no haya pasado nada relevante con ellos en San Isidro, no parece que Manzanares y Morante vayan a tener mayores problemas para sacar adelante sus temporadas en el mismo son. El de Alicante, protegido por la casa Matilla, va a seguir toreando lo mismo, aunque probablemente con el caché algo reducido, a pesar de su desencuentro con el público madrileño y su falta de temple y de asiento ante el toro.
Y caso aparte es también Morante, que, seamos justos, en Las Ventas sólo petardeó con la espada. Más allá del bien y del mal, sacando partido aún de su leyenda pese a una campaña publicitaria que se ajusta a su personalidad y a su concepto como dos pistolas a un santo, el de la Puebla es todavía capaz de defenderse de los tiburones con la magia de sus trastos.
Así que, con las cartas ya sobre la mesa, la corrida de Beneficencia de mañana ha tomado repentinamente un cariz trascendental, y no sólo porque vaya a ser la última que presida como Rey de España el recién abdicado Juan Carlos I.
Trascendental, decisiva, aún más angustiosa si cabe para un Juli que, tal vez injustamente, se juega mucho más de lo que pudiera imaginarse a estas alturas de su impresionante trayectoria. Sin suerte ante un pésimo lote en su primer paseíllo, el de San Blas depende de dos toros de Alcurrucén para hacer valer su elevado caché y su categoría ante unas empresas que le tienen ya hace unos años en su punto de mira.
Hasta ahora, Julián había tratado de defenderse en grupo, con diez o con cinco aliados, pero el desarrollo de los acontecimientos le ha dejado por fin sólo ante el peligro, y ante sí mismo, en una tarde de la que va a depender el resto de su carrera. Porque, marcado y señalado como líder de la rebelión, necesita un golpe demoledor para mantener sus privilegios.
También para Alejandro Talavante es clave esta Beneficencia de la abdicación. Sus fallos con la espada en las dos tardes anteriores le han llevado a esta situación crítica, que podía haber evitado de cortar esas tres orejas que se ganó haciendo el mejor toreo de la feria. Pero así son las cosas en este espectáculo inmisericorde. Y estas son las contrapartidas de la independencia.
Pese a encontrarse en plena sazón, ofreciendo una imagen pletórica de madurez y de calidad, aún mejor que cuando le amparaba el "sistema", Talavante está siendo desplazado de las ferias en cuanto Curro Vázquez ha pretendido subir su devaluado caché de torero intercambiable. Así que únicamente una salida a hombros sin un solo reparo, o un faenón para el recuerdo, conseguirían evitar la descarada maniobra empresarial para dejarle fuera del circuito.
Pero, mientras las figuras se debaten en este angustioso ser o no ser venteño, las grandes empresas trabajan a piñón fijo, intentando evitar sorpresas y sobresaltos hasta el punto de que, sin ir más lejos y por primera vez en la historia, la feria de Bilbao se ha cerrado a mediados de mayo sin esperar los resultados finales de San Isidro. No va ya a ser que…
Y es que, a pesar de que en Sevilla y en Madrid la mayoría ha confirmado clamorosamente su pésimo momento y el agravio taurino que significa su permanente sitio en los carteles, la patronal cuenta con un extenso plantel de toreros domésticos y baratos para contrarrestar el ataque de las figuras.
Tengan por cierto que seguiremos viéndolos, y padeciéndolos, una feria tras otra, cuarenta o cincuenta tardes más, desaprovechando toros y desilusionando al público, mientras los buitres acaban de limpiar el campo de una batalla más en perjuicio de la propia Fiesta.
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