La trayectoria de Eloy Cavazos, la más duradera entre los integrantes de lo que se conoció en México como Trinca Infernal (Martínez-Cavazos-Rivera), tuvo un despegue bastante lento en comparación con la de los dos compañeros suyos de tantas tardes. El torero-niño, hijo del guardaplaza del pequeño coso de Guadalupe, Nuevo León -pegadito a Monterrey- había hecho ruido por plazas del norte, pero el golpe maestro lo descargó al presentarse como novillero en la México (12-06-66), en su única y apoteósica actuación en el embudo antes de la precipitada alternativa (Monterrey, 28-08-66) y de un largo discurrir por plazas asequibles a una tauromaquia más vivaz que profunda, y más grata al espectador ocasional que al aficionado curtido.
Debieron transcurrir varios años antes de que se produjera la sorprendente transformación de Eloy que le permitió cuajar en la Monumental capitalina al célebre "Jococón", de Torrecilla (08-02-71), faena que marca el punto de inflexión que había de separar al torerito bullanguero y graciosamente apresurado de sus inicios de una auténtica figura del toreo, plenamente confirmada en dos tardes clave de la siguiente temporada grande con su cosecha conjunta de ocho orejas y dos rabos (19 y 26-12-71).
Para entonces, ya venía Eloy de su primera campaña europea, compuesta por 30 corridas de éxito sostenido a las que puso brillante cierre la que hoy nos ocupa, celebrada el 3 de octubre de 1971 en la Monumental de Barcelona.
Monólogo cavacista
Los carteles de finales de temporada no suelen ser los más redondos y el de este festejo no lo era, a pesar de lo cual el señorial coso catalán, que sabía ya de la tauromaquia y los triunfos de Eloy, llenó dos tercios de su aforo. La corrida de Salvador Guardiola Fantoni -mayoritariamente cinqueña- tampoco era de las que se arrebatan los punteros del escalafón, lo que habla bien de aquel mexicanito dispuesto a jugarse el pellejo cuando podría estar ya tranquilamente de vuelta en sus regiomontanos lares, disfrutando de lo logrado en España y listo para explotarlo en jugoso recorrido invernal por plazas del país.
En los hechos, quedó claro que ni el talaverano Gabriel de la Casa ni el salmantino Juan José estaban para plantarles cara con posibilidades de éxito a los imponentes astados andaluces -la corrida arrojó un peso promedio de 527 kilos, desusadamente alto en esa época-, y sus opacas actuaciones contrastaron con el sitio de que hizo derroche el mexicano, cuya fresca madurez, despierta imaginación y alegre poderío encandilaron una vez más a los catalanes y el permitieron cobrar nada menos que tres orejas y un rabo como triunfal adiós a su primera temporada europea.
Crónicas
No atravesaba la literatura taurina en Cataluña por los felices tiempos en que se consagraron al tema plumas tan competentes como las de Don Ventura, Néstor Luján o, posteriormente, Fernando Vinyes y Paco March. Sin embargo, las reseñas que aquí se recuperan le darán al lector una idea bastante aproximada de la apoteosis que del regiomontano en la ciudad del orbe taurino que más festejos dio durante los siglos XIX y XX, antes de caer en picada y perderse para el toreo en la agreste centuria que a trancas y barrancas vemos transcurrir.
Vaya por delante el relato de la corrida de referencia en versión del cronista de La Vanguardia Julio Ichaso, que nos habla primero del juego de las reses y en seguida de la actuación de Cavazos en sus dos toros:
"Los Guardiolas, antes Clemente Tassara, pastan en tierras sevillanas. Antigüedad, 23 de septiembre de 1945. Procedencia: Villabrágima y Villamarta. Los vimos así: primero, voluntarioso pero justito de fuerza; segundo, manejable y alegre; tercero, huído y poco propicio; cuarto, el que desarrolló más fuerza y acosó más a las monturas; quinto, brava pelea con los piqueros, codicioso, el mejor del encierro; sexto, con empuje y celo."
Segundo, número 15, "Platerito", de 504 kilos (...) Buenas verónicas del azteca, que se ovacionaron (...) Tuvo la deferencia de brindar a los espectadores y comenzó con unos muletazos, por el lado derecho, con extraordinario valor y con aroma torero. En esta línea intercaló naturales estupendos. Olés y música. No faltaron las arrucinas, así como otros pases y molinetes graciosos y emotivos. Un metisaca y una entera, a cambio de un fuerte golpe en el vientre de tanto atracarse en la reunión. Cortó una oreja, con vuelta jubilosa por el ruedo (...)
Quinto, número 62, "Arandela", con 544 kilos. En la primera vara ya armó el "guardiola" un gran estropicio, pues desmontó al caballero y acostó al caballo. Gran quite por delantales de Cavazos. En la segunda, derribó con gran poder. Brindó el mexicano a su apoderado Pepe González "Dominguín". Desde los primeros muletazos funcionó la música en su honor, y las ovaciones no cesaron para una serie de pases ligados de alta calidad y angustiosa indolencia (...) A ese tenor siguió la brillante faena, siempre a más el torero y el público. Efectuó la suerte suprema con gran arrojo y decisión, y el resultado fue una estocada mortal de necesidad. Le concedieron las dos orejas y el rabo. Le dieron a "Arandela" la vuelta la ruedo, y el diestro mexicano recorrió dos veces el anillo, entre vítores (...) Lo pasearon en hombros y así salió de la plaza." (La Vanguardia Española, martes 5 de octubre de 1971)
La crónica que publicó El Ruedo aparece rubricada por las iniciales R. M, y aborda los mismos temas -el ganado y Cavazos-, en los siguientes términos:
"Se lidiaron reses de don Salvador Guardiola Fantoni, bien de lámina y cabezas. Las tres primeras acusaron flojedad de remos. El cuarto fue un magnífico toro, pero se agotó en varas. El quinto fue un bicho de viaje suave al que se le dio, con excesiva condescendencia, la vuelta al ruedo; el sexto llegó con cierto peligro a la muleta."
El diestro azteca Eloy Cavazos, a su primero, lo veroniqueó con arte. En su quite bordó unas airosas chicuelinas. Su faena de muleta, muy bien dosificada, fue alegre y con pellizcos de cante andaluz. Engarzó pases en redondo y naturales de mucho mérito, con molinetes y adornos. Después de un pinchazo en hueso atizó una entera, desprendidilla. Flamearon los pañuelos y se le concedió una oreja. Al quinto lo volvió a veroniquear con arte y le hizo un quite por delantales verdaderamente admirable. Llegó la res con una cómoda, bonancible embestida al último tercio. La aprovechó el azteca con una faena luminosa, como bordada con hebras de sol del veranillo de San Miguel. Tanto sus molinetes de rodillas como sus pases en redondo y sus naturales, corriendo la mano con suavidad y ahondando el toreo, tuvieron arte y emoción. Citó en corto y dejó una honda algo pasada, con la que el bicho rodó espectacularmente a sus pies. Flamearon por miles los pañuelos y el presidente concedió las dos orejas y el rabo. Al toro, a nuestro entender con excesiva generosidad, se le dio la vuelta al ruedo en el arrastre. Fue un bicho cómodo pero no de bandera." (El Ruedo, 5 de octubre de 1971)
Lo leído da cuenta de un torero en plenitud, dueño de un sitio en plaza de primer orden y de una identificación plena, y muy bien correspondida, con los públicos españoles.
¿Qué pasó después?
Pasó que Eloy volvió a hacer campaña europea en la temporada siguiente, aumentando a 40 el número de corridas toreadas. Fue el año en que abrió la Puerta de Madrid llevando las orejas de "Azulito, un torazo castaño de Amelia Pérez Tabernero (27-05-72), siendo ésta la última vez que un mexicano ha salido en hombros por la puerta grande de Las Ventas, si bien acababa de hacerlo Curro Rivera tras cortar cuatro auriculares el lunes de la misma semana (22-05-72).
Cavazos volvió a España en 1975 para cortar otra oreja en su única tarde isidril, y una más cuando, al cabo de 16 años, se anunció nuevamente en la feria del santo labrador (01-06-91), elevando su cosecha en la Villa y Corte a seis apéndices por ocho corridas toreadas, a las que sumaría la de su despedida de los ruedos españoles cuando acudió a torear en Madrid una corrida única, ya en el siglo actual (31-05-2002), como veterano reconocido y respetado en los dos continentes taurinos del mundo.