Septiembre multiplica los símbolos de lo mexicano. Las calles se llenan de banderas, aparecen los colores patrios en edificios y comercios y volvemos, como cada año, a celebrar la Independencia. Entre tantos símbolos reaparece también una vieja pregunta: qué entendemos por mexicanidad.
José Gaos la definió como "una inabarcable multitud y multiformidad de cosas mexicanas". La frase evita buscar una esencia única. Octavio Paz escribió que "el mexicano no es una esencia, sino una historia". Esa historia se ha formado recibiendo elementos de procedencias distintas y haciéndolos propios.
Zagal recuerda los tacos al pastor. A los tacos que ya comíamos se incorporó una técnica traída por los inmigrantes libaneses y de esa mezcla surgió algo que hoy nadie dudaría en llamar mexicano. Para él, ahí está una de las características de nuestra cultura: la capacidad de apropiarse de lo recibido y transformarlo.
Algo semejante ocurrió con las corridas de toros.
Llegaron de España hace cinco siglos. Lo hicieron junto con la lengua castellana, la religión católica y muchas otras costumbres que con el paso de las generaciones adquirieron formas propias. Lo mexicano está, en buena medida, en lo que ocurrió después.
Un episodio de 1756 ayuda a entenderlo. En Tlayacapa, los indígenas se amotinaron porque el cura del pueblo quiso impedir las corridas acostumbradas durante la fiesta. Nicolás Rangel rescató el episodio de los archivos. Habían transcurrido más de dos siglos desde la llegada de los españoles y aquellos indígenas defendían como suya una celebración cuyo origen estaba al otro lado del Atlántico. Dos siglos de vida novohispana habían cambiado ya el significado de aquella costumbre para quienes la celebraban.
Esa apropiación produjo incluso formas peculiares de torear. El jaripeo, el coleadero y las habilidades del charro convivieron con las suertes españolas. En el siglo XIX Ponciano Díaz encarnó, quizá mejor que nadie, aquella tauromaquia. Toreaba vestido de charro, era un extraordinario jinete, coleaba, lazaba y ponía banderillas a caballo, además de matar toros a pie. Cuando a finales del siglo XIX se enfrentaron Ponciano y Luis Mazzantini, el conflicto llegó a convertirse en una discusión sobre lo mexicano y lo español.
Queda por saber cuánto de aquella presencia taurina sobrevive en el México de hoy. El libro "México es taurino" ofrece una respuesta que sorprende por sus dimensiones.
Tauromaquia Mexicana emprendió un registro nacional que amplía la mirada más allá de las plazas conocidas y las grandes ferias. Aparecieron festejos rurales, cosos construidos para una sola ocasión, encierros por las calles, celebraciones en atrios y lienzos charros, y otras formas de relación con el toro que rara vez salen en los medios de comunicación. Cada una responde a las costumbres de una comunidad.
Los resultados cambian la perspectiva: el estudio registra 4 mil ,686 festejos taurinos al año en mil,137 localidades de 669 municipios. El 61 por ciento se celebra en poblaciones de menos de 25 mil habitantes y el 42 por ciento tiene lugar en municipios con presencia de pueblos originarios.
Cuando pensamos en la tauromaquia mexicana solemos mirar hacia Aguascalientes, Tlaxcala, Guadalajara o las grandes ferias. El documento dirige la atención hacia pueblos y comunidades donde el toro forma parte de fiestas patronales, devociones, rituales y costumbres transmitidas durante generaciones.
Aquí Tlayacapa adquiere otro sentido. Casi tres siglos después de aquel episodio de 1756, el registro de "México es taurino" encuentra festejos vinculados con pueblos originarios en una parte considerable de los municipios estudiados
La "multitud y multiformidad" de Gaos encuentra una expresión concreta en estas celebraciones. Cambian según la región y se extienden desde el altiplano hasta la península de Yucatán. Reducir la Fiesta mexicana a la corrida formal dejaría fuera una parte considerable de su historia y de su realidad presente.
Impulsado por Tauromaquia Mexicana y la Fundación de Cultura Taurina Mexicana Rodolfo Gaona, el libro documenta una realidad que hasta antes conocíamos de manera fragmentaria.
El próximo jueves 18 tendré el gusto de alternar con Antonio Rivera, el antropólogo Héctor Medina y JJ García en el Centro Cultural "El Refugio" de Guadalajara donde presentaremos el libro "México es taurino".
Septiembre vuelve a llenar las calles de símbolos de lo mexicano. Otros son menos visibles. Están en mil 137 localidades, en fiestas patronales, lienzos charros, atrios, encierros y plazas levantadas para una sola ocasión. También ahí se ha ido haciendo México.