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El esplendor taurino de Tijuana

Lunes, 31 Ago 2026    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | La Jornada de Oriente   
Recuerdo de aquellas tardes inolvidables de la temporada 1963
En un tiempo en que ya se valoraba la faena de muleta por encima de cualquier otro momento de la lidia, dos toreros de arte manifestaron abiertamente su preferencia por el toreo de capa. Uno de ellos fue el rondeño Antonio Ordóñez –"Ha habido toros que, si se me hubiera permitido, los hubiera seguido toreando con el capote hasta el momento de la estocada"–. El otro, Alfonso Ramírez Alonso "Calesero", natural de Aguascalientes, México.

El propio Calesa me lo dijo así, en un desayuno en el que coincidimos de manera casual, al día siguiente de que hiciera una semblanza biográfica del maestro durante el homenaje que le había rendido en la Asociación Taurina de Puebla (04-05-95), y donde, entre otras cosas, mencioné que "El Calesero perfumó con su arte la senda por la que transitaron todas las glorias de la época de oro de nuestra tauromaquia". Por su expresiva reacción gestual y por el afecto del abrazo posterior entendí que esa frase lo había emocionado vivamente, y la charla de aquella mañana, el tono casi confidencial de sus palabras, me lo confirmaron. Entre otras cosas, mi padre y yo le escuchamos confesar: "Tuve fama de torero desigual, no sé si justa o injusta; lo que sí puedo afirmar es que, en proporción, por cada cien toros que cuajé con el capote no pasarían de diez los que llegaba a cuajar con la muleta.  Pero resulta que dominar con arte a un toro recién salido del toril es, en mi concepto, lo más difícil que hay".

Muchas otras afirmaciones y puntos de vista de esos que no trascienden más allá de la intimidad del profesional jalonaron aquella conversación inolvidable –al Calesero, por ejemplo, se le consideró siempre un tentador de bandera, tan refinado era su entendimiento y manejo de becerras y machos de retienta, reconocido por la mayoría de los ganaderos del centro del país– En determinado momento le referí una faena suya a un toro de Atlanga en la que su toreo alcanzó en el tercio final la misma perfección y exquisitez  que en el inicial (Puebla, 30-06-63); y don Alfonso rememoró entonces otra faena suya, en el mismo coso poblano "a un torazo de Atenco, cinqueño sin duda y muy bravo y noble; creo que ese día descubrí que podía experimentar, toreando de muleta, la misma sensación indefinible –el éxtasis– que creía privativa del toreo de capa; y a los pocos meses di, en la reaparición de Armillita en la Plaza México, aquella tarde que todavía se recuerda; la de la famosa larga cordobesa y las faenas a "Campanillero" y "Jerezano", de don Jesús Cabrera (10-01-54)."

Todo lo cual viene a cuento por las razones y motivos que en seguida repasaremos. 

Tijuana taurina

Nos hemos referido al mayor Salvador López Hurtado como corresponsable, a través de su plaza de la Monumental de Las Playas, del auge de la Fiesta en la ciudad más septentrional del continente americano donde se hayan dado corridas de toros. Hoy toca hacer referencia a "El Toreo", el otro coso tijuanense, que estuvo ubicado en el centro de esa urbe fronteriza, y al esplendor, parejo al de la Las Playas, que alcanzó en los años en que fue administrado por la empresa de la Plaza México.

Concretamente, vamos a revisitar dos festejos consecutivos celebrados durante el mes de agosto de 1963, que por una de esas casualidades que a veces se dan desembocaron en auténticas apoteosis, especialmente para dos de los artistas más preclaros de la época, como para desmentir la sentencia que señala a los públicos de costa y frontera como adictos no al toreo profundo sino al basado en alardes efectistas, cuanto más vulgares y chabacanos mejor acogidos por las masas.

11 de agosto de 1963

Decimoquinta corrida de la temporada en "El Toreo" de Tijuana. A pie El Calesero, Andrés Blando y José Ramón Tirado, y por delante el rejoneador capitalino Mauricio Locken Izaguirre. Una combinación que habría sonado extraña en cualquier otra latitud pero que la afición norteña recibió con beneplácito dados los buenos antecedentes de la terna. La ganadería jalisciense de la Viuda de Aurelio Franco hizo su debut con una excelente corrida: brava, embestidora y con clase.

Don Alfonso Ramírez estaba embarcado en una racha feliz que precisamente esa tarde iba a vivir sus momentos estelares. El Poeta del Toreo, como se le conocía, colocó sus faenas de muleta a la misma altura que sus suntuosos lances de recibo, sus profusos e inspirados quites y sus elegantes pares de banderillas. Tanto que quienes presenciaron el milagro difícilmente lo habrán olvidado, ya se tratara de aficionados curtidos, jóvenes en busca de emociones fuertes o público angloparlante del que domingo a domingo cruzaba la línea fronteriza en pos de una buena tarde de toros. Lo que ese día vivieron fue la sublimación del arte de torear por obra de la madurez de un oficiante en estado de gracia. Fueron los del artista hidrocálido dos faenones impecablemente rematados con la espada, y su premio las dos orejas del primer ejemplar de la Viuda y hasta el rabo del segundo, muy buenos ambos, aunque mejores los habrá dejado ir El Calesero en tardes en que lo abandonaron las musas.

Andrés Blando había afianzado el cartel de que gozaba por aquellos lares al obtener la Oreja de Oro en la corrida concurso del año anterior, organizada por la Unión de Matadores (de ese tamaño era la importancia y rendimientos de la temporada tijuanense). Esta tarde de agosto, el hombre al que Alberto Balderas le había otorgado la alternativa minutos antes de que "Cobijero", de Piedras Negras, le segara la vida (29-12-40), volvió a torear muy bien, pero falló con los aceros. Mas como era un diestro de buena solera –un tanto frío pero de corte clásico–, lo llamaron a dar la vuelta al ruedo en sus dos toros.

En el haber tijuanense de José Ramón Tirado había hasta el indulto de un toro de La Punta dos años atrás. Esta vez le correspondió el lunar del encierro, su primero, pero también uno de los más propicios y vivaces del reparto. Y Tirado, que cubría con brío los tres tercios, se vació con él, le cortó las orejas y salió en hombros en compañía del Calesero y el rejoneador Mauricio Locken, sorprendentemente puesto y desenvuelto ante un toro imponente, con el que se lució a caballo hasta el punto de cortarle por aclamación los dos apéndices auriculares.
   
18 de agosto

Una semana después, en el mismo escenario, la empresa capitalina anunció a tres de los artistas más personales y finos de la baraja mexicana de entonces: Luis Procuna, Humberto Moro y Alfredo Leal, con una corrida de Torrecilla cuidadosamente elegida por presentación y nota. Ni hablar del lleno registrado, y menos aun del resultado de una combinación pensada para celebrar al arte de torear. Con la buena fortuna de que ni los toros ni los toreros fallaron. Muy al contrario, Tijuana asistió esa tarde a un torneo de emulaciones en el que la clase de los diestros anunciados rayó a gran altura.

La corrida número 16 de la campaña en "El Toreo" empezó en tono discreto. Procuna nada hizo con el abreplaza, Moro toreó muy bien a su primero y le habría cortado las orejas de no fallar con el estoque, pero Leal tiró a abreviar con el que cerraba la primera mitad de la corrida. Nada anunciaba la eclosión de arte que estaba a punto de desatarse. 

Procuna, a veinte años de su alternativa, era considerado por muchos una veta agotada y su participación en las últimas temporadas capitalinas no hacía presagiar nada bueno –ese año se había dejado vivo un toro de San Miguel de Mimiahuapam en El Toreo de Cuatro Caminos (17-03-63)–. Pero con "Verdugo", el cuarto de Torrecillas, revivió el toreo luminoso de sus mejores días y terminó desorejándolo pese al pinchazo inicial; el ejemplar zacatecano recibió la vuelta al ruedo póstuma con todo merecimiento. 

Humberto Moro era otro artista nada fácil que, sin embargo, cuando se acomodaba con un toro hacía saborear como muy pocos lo que son la hondura y el temple del toreo con la muleta –"el de la izquierda de oro", decían de él los carteles impresos– tan no era un torero de oficio que, aún en tardes de inspiración como la de referencia, la espada podía dejarlo sin premios.

Pero que cuajó dos faenones es tan cierto –vuelta al ruedo en ambos-- como que sería el primero en ser alzado en hombros por la entusiasta turba que invadió el ruedo tras el indulto del torrecilla que cerró plaza. El inusitado perdón a la vida del extraordinario ejemplar de José Antonio Llaguno marcó el punto cimero de un encierro que incluyó un toro de vuelta al ruedo –el citado "Verdugo" –, y otro de arrastre lento –"Hortelano", el primero de Moro. 

El indultado atendía por "Flor de Té", ostentaba el número 41, era castaño de pinta y resultó inmejorable de nobleza y estilo. Alfredo Leal lo aprovechó y su temple acariciante lo hizo durar y durar a través de una faena soñada, fundamentada en el toreo en redondo por ambos pitones y rociada con el vino añejo de inesperados giros y desplantes cuando parecía que el delirio de la multitud no podía ir a más. Una obra de tal calibre que Giraldés (Valeriano Salceda) no dudó en calificarla como "la mejor faena ejecutada en este coso". (ESTO, 21 de agosto de 1963). 

Faenón

Aquí el emocionado relato de Francisco Bobadilla: "El precioso castaño fue recibido con una ovación cerrada. Leal lo saludó con un farol de rodillas y lanceó a la verónica poniendo de pie a la concurrencia (…) Bordó en su quite chicuelinas antiguas (…) Para cubrir el segundo tercio invitó a Luisito Procuna, que dejó un cuarteo que por su preparación y ejecución quedaría como ejemplo magistral (…) 

Luego de brindar al ganadero y al público, solo en el centro del anillo, cita de largo a "Flor de Té" y lo hace pasar por la espalda en emocionante muletazo cambiado (…) ya en el tercio, se lo pasa de hinojos en cinco ocasiones entre la locura generalizada, y a continuación va ligando tandas de derechazos, naturales, forzados de pecho (…) La plaza es un verdadero manicomio porque Alfredo Leal está dado una cátedra de toreo clásico. El toro, bravísimo, encastado, sigue arrancándose de largo porque el diestro, sabiamente, le da las pausas precisas para que repose; llega al final de la faena sin perder su magnífico estilo, siempre pronto, comiéndose la muleta como si fuese una golosina.

El público se ha quedado ronco de tanto jalear (…) Concedido el indulto al extraordinario "Flor de Té" cuando Alfredo se disponía a cuadrarlo, la gente ríe, salta, se abraza. Total, el manicomio. Y Leal continúa bordando el toreo antes de dejar al burel en el centro del ruedo, plegar su muleta y recibir la ovación más ensordecedora de la temporada. El ganadero, el empresario y todo el que quiere participar en los homenajes a toro y torero dan quién sabe cuántas vueltas al ruedo (…) El toro ha permanecido en el mismo sitio en que lo dejó el Príncipe del Toreo (?) Sacan en hombros a Leal y a Humberto Moro; Luis Procuna se ha escabullido discretamente por la puerta de cuadrillas". (Ovaciones, 21 de agosto de 1963).

No está de más recordar que Leal fue un triunfador constante de las temporadas de verano de los años 60 a lo largo de la línea fronteriza –Tijuana, Juárez, Nuevo Laredo y demás.

En síntesis, que los tijuanenses –vecinos y turistas– vivieron por dos domingos consecutivos la maravilla de sendas apoteosis, propiciadas por un momento estelar de la ganadería brava del país y protagonizadas por seis toreros cuya virtud principal era no parecerse unos a otros.

Detalle muy de tomarse en cuenta en esta época marcada por la monotonía, tanto por el soso comportamiento del ganado como por esa sensación de uniformidad que hace tan difícil encontrar diferencias de estilo y procedimientos en la mayoría de los diestros actuales. 


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