La agresividad y la bravura no son lo mismo. La primera pertenece al instinto; la segunda es una construcción mucho más compleja. No aparece por generación espontánea ni brota como un simple reflejo animal. Detrás de un toro bravo hay generaciones de selección, tentaderos, intuición ganadera y una idea muy precisa de lo que se busca preservar.
Por eso la bravura se reconoce en signos concretos: la prontitud para acudir al cite, la fijeza, la humillación, la codicia, esa forma de ir siempre hacia adelante como si la pelea fuera su condición natural. Ahí nace la emoción verdadera del toreo.
Porque la bravura también es una forma de cultura. Una de las grandes tensiones del campo bravo consiste en resistir la tentación de criar animales más cómodos, dóciles y útiles para el lucimiento fácil. Pero cuando la nobleza degenera en falta de casta, algo esencial se pierde. Y cuando disminuye la bravura, el rito se queda sin riesgo.
La bravura no tiene una belleza serena. Hay en ella una mezcla de admiración y amenaza que obliga a no apartar la mirada.
Ayer, en Madrid, un toro provocó algo que no es común en una plaza tan diversa y exigente como Las Ventas: unanimidad. La coincidencia entre las crónicas es rara en una plaza como Madrid. En todas aparecen adjetivos como fijeza, prontitud, humillación, codicia, transmisión, pelea hasta el final. Y la difícil sensación que el torero, Sebastián Castella, estuvo a la altura de la grandeza del toro.
Mientras leía lo que se había escrito sobre Cantaor –número 79, negro listón, con 572 kilos, nacido en noviembre de 2020 en la ganadería de Victoriano del Río– y repasaba los videos de la faena, me quedé pensando si aquel toro había merecido el indulto. Quizá en otra plaza.
"Cantaor" tuvo profundidad. No fue esa movilidad superficial que confunde y entusiasma por unos minutos, sino una embestida con fondo, duración y ese raro equilibrio entre clase y exigencia. Acudía de largo, humillaba, repetía, y conforme avanzaba la faena parecía crecer en vez de agotarse. En los tendidos se entendió pronto que no estaban viendo a un simple toro bueno. Estaban presenciando uno de esos ejemplares que alteran el tono de una feria y obligan a recordar por qué existe esta Fiesta.
Lo extraordinario es que, por momentos, la tarde dejó de pertenecerle al torero y pasó a ser del toro. Castella lo entendió, lo aprovechó, alcanzó pasajes de emoción verdadera, pero la memoria terminó quedándose con "Cantaor". Hay una escena final desgarradora. Después de la vuelta al ruedo, Castella rompió en llanto. Bajó la cabeza y caminó hacia el callejón, desolado. Había rozado la gloria, pero fallado con el estoque.
El año pasado, tras visitar la finca de Victoriano del Río, escribí sobre una idea que resume bien su búsqueda ganadera: bravura con hondura. Ayer, "Cantaor" pareció la confirmación de aquella intuición.
Recuerdo a don Victoriano del Río emocionarse hablando de "Frenoso", que el día a que nos recibiera en su ganadería, había triunfado con fuerza. Ayer Las Ventas le regaló otro de esos toros que justifican una vida entera de selección.
Lo notable es que no se trató de un toro dócil ni hecho para el lucimiento fácil. Victoriano y su hijo Ricardo llevan años apostando por un toro encastado, con exigencia, con emoción.
"Cantaor" fue la confirmación de esa búsqueda. La bravura no emociona por facilidad. Emociona porque hay verdad en esa pelea, porque en esa embestida hay belleza, pero también incertidumbre. En tardes así, no solo gana una ganadería. Gana el toreo.