Hay mujeres a las que el toreo les cambia hasta la forma de esperar. Entre ellas aparece siempre doña Angustias Sánchez, la de Manolete. Llevaba el desgarro hasta en el nombre. La muerte empezó a rondarla mucho antes de que Manolete se hiciera figura. En Córdoba conoció a Rafael Molina Martínez, "Lagartijo Chico", sobrino del gran Lagartijo y promesa del toreo en aquellos años.
La boda, celebrada en 1903, reunió a buena parte de la sociedad cordobesa y tuvo como padrino al mismísimo Rafael Guerra "Guerrita". Pero la felicidad duró poco. Primero murió un hijo pequeño, intoxicado accidentalmente con sosa. Después quedó viuda muy joven, cuando Lagartijo Chico falleció de tuberculosis en 1910. A partir de ahí, la vida empezó a cerrarse sobre ella.
Volvió a casarse. Otra vez con un torero. Y la muerte regresó en 1923, cuando quedó viuda por segunda ocasión, ahora de Manuel Rodríguez Sánchez, padre de Manolete. A partir de ahí llegaron las penurias, los cambios de casa y los esfuerzos por sacar adelante a los hijos en los barrios populares de Córdoba.
Intentó apartar a Manolete de los toros desde niño: "Precisamente porque todos los tuyos han sido toreros, tú no lo serás", le decía. Pero Córdoba era dura en aquellos años. Y el hijo terminó entrando al mismo mundo del que ella había querido salvarlo.
Angustias nunca vio torear a su hijo. Mientras Manolete se vestía de luces, ella esperaba rezando junto al teléfono, aguardando la llamada que anunciaba que todo había salido bien.
Con los años, doña Angustias terminó convertida en personaje literario. Entró también en las coplas, en los poemas, en esa memoria sentimental que el toreo va construyendo alrededor de sus tragedias. Después de Linares quedó asociada para siempre a la imagen de una mujer rezando y llorando en silencio. Lola Flores le cantó. Juanita Reina le dedicó "Capote de grana y oro". En México y en España muchos aficionados la recordaban con una especie de ternura solemne. Y, sin embargo, quienes la trataron hablan de una mujer sencilla, discreta, firme, capaz de conversar de toros con Manolete mientras convivía, desde hacía años, con el miedo.
A su muerte, en 1980, los restos de doña Angustias fueron colocados junto a los de Manolete. Descansan en el cementerio de la Salud, paradoja perfecta para la historia de Manolete y de su madre.
Muchas décadas después, me ha conmovido otra madre de torero. Claudia Quijas —artista y conductora de televisión— comparte en redes sociales lo que vive acompañando la carrera de su hijo, el novillero Ignacio Garibay. En sus textos aparecen el orgullo, el miedo antes de cada tarde, las oraciones, la necesidad de acompañar y esa conciencia permanente del riesgo que conocen tantas familias taurinas. La diferencia es que doña Angustias lo vivió hacia adentro, en silencio, junto a un teléfono y un rosario. Claudia lo escribe en Instagram, casi en tiempo real.
Hay frases suyas que dicen mucho: "aprendo a convivir con el miedo"… "o quizá solo a acomodarlo entre oraciones"… "me invade el miedo, sí… pero puede más el orgullo"… "no hay un manual para hacerlo".
Claudia no habla solamente como madre. Se nota la mirada de alguien que ha vivido el toreo desde dentro y conoce lo que provoca una plaza. Además, como artista, entiende la dimensión estética y emocional de la Fiesta. Por eso sus textos se mueven entre la congoja y la fascinación. Hay un tipo de temor que no paraliza. Se aprende a vivir con él.
O a rezarlo.
Doña Angustias veía el toreo casi como una condena familiar. Claudia encuentra también arte, vocación y sentido. Aun así, las dos terminan llegando al mismo sitio: el miedo de esperar que el hijo vuelva.
Mañana es Día de las Madres. Pensé en ellas. En las que esperan mientras el hijo se viste de luces.