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Efímero, pero memorable

Sábado, 11 Abr 2026    CDMX    Antonio Casanueva | Foto: Archivo   
"...o quizá ya estaba pasando y no hacía falta nada más..."
La vida está construida por instantes. El filósofo francés Henri Bergson explicaba que la duración es el progreso continuo del pasado que roe el porvenir y que se hincha al avanzar. O sea, el tiempo no avanza como reloj, sino como experiencia. Hay momentos que pasan rápido y, aun así, se quedan. Duran poco. Y, sin embargo, no se pierden. Se van quedando.

Fernando Pessoa, en el libro del desasosiego, decía que "todo lo que sucede donde vivimos es en nosotros donde sucede. Todo lo que cesa en lo que vemos es en nosotros donde cesa".

En los toros pasa algo parecido. Ocurre y se va. Un lance, un quite, una manera de andar la plaza. Todo ocurre en un gesto. Después ya no está. 

Su sentido no está en lo que se conserva, sino en el momento en que ocurre. Por eso no se puede repetir ni fijar del todo: cambia, se transforma o simplemente se extingue. Lo que queda, más que la obra, es el recuerdo que deja en quien la vivió.

Estuve unas cuantas horas en Sevilla, en Domingo de Resurrección, y sospecho que lo vivido se quedará conmigo mucho tiempo.

Apenas dejé la maleta en una de esas bodegas temporales para turistas, salí a buscar una Misa. Terminé en una capilla discreta, casi escondida, donde reza la Hermandad de la Carretería, una cofradía antigua, nacida de un hallazgo de luz en medio de un muro y de una devoción que ha sobrevivido siglos.

Ahí, frente al Cristo de la Salud –seco, contenido, sin alardes– y a esa Virgen de la Luz que parece sostenerlo todo en silencio, la fe se siente de otra manera. Hay una escena detenida: la Cruz, el cuerpo ya entregado, lo que falta por hacer. Escaleras, sábana, sepulcro. Lo indispensable.

Me sentía un intruso en un ambiente íntimo. Aun así me quedé. La liturgia fue haciendo lo suyo. Y, casi sin darme cuenta, terminé recogido frente al Resucitado.

Luego apareció John César Hofert. Gringo, sí, pero taurino de verdad. Un personaje difícil de encasillar. Habla de toros como quien los ha caminado. Sin prisa. Sin necesidad de probar nada. Las historias le van saliendo solas. Una lleva a otra. Plazas, faenas, encuentros. Ha estado en muchos sitios, durante años. Se le nota en los detalles. En cómo se detiene en ciertas cosas… Y cómo las cuenta. 

Es aficionado práctico. Preside una asociación taurina en Estados Unidos y se dedica, entre otras cosas, a llevar gente por ese mundo: ganaderías, ferias, tentaderos. Pero eso es lo de menos. En la plaza cambia. Se inclina hacia adelante. Mira al toro con atención. Sigue las distancias. Y cuando algo pasa, se le nota. Se emociona sin disimulo. Como si todavía le sorprendiera.

Morante partió plaza en un terno bordado con azabaches y pedrería cristalina, que producen una luz distinta, casi nueva. Como si quisiera conectar con la liturgia religiosa –Fuego Nuevo– y taurina –su regreso– de ese día. Un vestido que, como todo lo que hace el artista de la Puebla, mantiene un aire clásico, pero con un giro propio, incluso arriesgado.

José Antonio se mueve despacio, pero no es solo la lentitud. Es cómo pisa, cómo se queda, cómo parece que todo pasa más cerca de lo que debería. A ratos no ocurre gran cosa y, sin embargo, nadie se mueve. Hay una tensión rara, como si en cualquier momento fuera a pasar algo… o quizá ya estaba pasando y no hacía falta nada más.

La gente entra ahí. Sin darse cuenta. Primero se oye distinto. Luego ya no se oye: se siente. Y cuando aquello rompe, cuando de verdad prende, no hay forma de pararlo. Va de uno a otro. Te arrastra. Terminas gritando sin saber muy bien por qué.

Y luego se acaba. Así, sin aviso. Y te quedas con una sensación difícil de explicar. No sabes exactamente qué viste. Pero sabes que pasó.

Entonces empezó a oírse su nombre. Mientras agitábamos los pañuelos blancos, coreábamos: "José Antonio… Morante de la Puebla…" Y ya no paró. Venía de un tendido a otro, creciendo, agarrando a todos.

Salí de la plaza corriendo. Tenía una logística apretada y un avión esperándome lejos. Nada de eso se repite. Ni la Misa, ni la conversación, ni ese momento en la plaza.

Desde el Uber alcancé a mirar la Real Maestranza de Sevilla. Seguía ahí. Con gente todavía. Como si nada hubiera pasado. Sevilla y su plaza seguían igual. Pero algo era distinto. No es un recuerdo claro. Es otra cosa. Algo que se quedó sin quedarse del todo. Que no vuelve. Pero ahí sigue.


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