La temporada grande de 1963-64 no levantaba. Fue el primer invierno mexicano de El Cordobés, pero Manolo Chopera eligió para Manuel Benítez el camino fácil: se inventó una empresa bisoña para "El Toreo" de Cuatro Caminos –plaza ubicada en Naucalpan, libre del reglamento capitalino– que le permitiría manejar la situación a placer, incluidos los célebres maratones del nuevo fenómeno a corrida diaria por toda la república, para felicidad de muchos ganaderos que limpiaron sus campos de utreros y hasta de erales mientras la organización recogía el dinero a paladas, dando además amplia cabida a matadores nacionales de toda laya, encantados de ser tomados en cuenta aunque fuese a cambio de migajas. Para colmo, las otras figuras –nacionales y extranjeras– pasaban por horas bajas.
De los mexicanos, los principales recalaron en "El Toreo" y, lejos de representar un contrapeso a Benítez, funcionaron más bien como sus comparsas. Hablamos de Capetillo, Alfredo Leal y hasta de los ya decadentes Jesús Córdoba, Jorge Aguilar y Juanito Silveti: veteranos medio oxidados como Antonio Velázquez y Rafael Rodríguez hicieron mejor papel que todos ellos. Y José Huerta, el único as de la baraja nacional que se contrató con la México, acusó una notoria pérdida del sitio que mostrara durante su exultante campaña del año anterior.
Cierto es que, fuera de El Cordobés, los restantes ases hispanos se fueron todos a la plaza grande: sin embargo, Paco Camino, recién casado con Norma Gaona, hija del empresario de la México y otras plazas del interior, empezó por pleitear con el suegro y pronto demostró que no era el mismo de su arrolladora campaña 62-63; El Viti, que dio una gran tarde al inaugurar la temporada, al repetir descendió varios peldaños y, sin más, optó por refugiarse en Sudamérica; y Miguel Mateo "Miguelín", que sin ser figura traía el hálito de la novedad, no era torero para la México y, al apelar al tremendismo, un Piedras Negras lo mandó al hospital. Mondeño, con un pie en el convento, deambuló como ánima en pena.
Quedaba en pie la carta de Diego Puerta, que tampoco empezó bien –en cartel flojito, con Procuna y Guillermo Sandoval –; se repuso el 9 de febrero con una faena de su marca a un toro geniudo y reservón de Tequisquiapan y lo repitieron al domingo siguiente, con Alvarito Domecq, que el día 2 acababa de tener un triunfo memorable al convertirse en el primer rejoneador que cortaba dos orejas en la historia del coso capitalino. La gente esperaba ver con ellos a Jaime Rangel, único mexicano que venía dando la talla, pero Gaona se inclinó por Antonio del Olivar –que siempre apuntó para torero de arte sin disparar casi nunca– y Abel Flores, que venía de tomar la alternativa en la Real Maestranza de Sevilla pero, de vuelta en el país, se sumó al desencanto producido por otros tres mexicanos recién doctorados en España (De la Peña, Sandoval y Óscar Realme). Toros de Pastejé para los diestros y uno de Piedras Negras, como el de su gran triunfo reciente, para el rejoneador jerezano.
Rejoneo de altura
Pastejé, que ya no pertenecía a Carlos Arruza, envió una moruchada imposible con la que ni el valor espartano de Diego Puerta encontró ocasión de lucimiento. Pero hubo un oasis a media corrida gracias a la infatigable acometividad de "Fundador", el cárdeno plateado de Piedras Negras destinado a Domecq Romero, que volvió a sentar cátedra de toreo a caballo; no acertó con el de muerte y, al echar pie a tierra muleta en mano, se vio desarmado y perseguido largo trecho librándose por muy poco de un percance. Con todo, la calidad de lo visto valió para que el jinete andaluz recorriera dos veces el anillo, mientras los restos de "Fundador" eran homenajeados con la vuelta póstuma.
Leamos lo que al respecto escribió Carlos León, el agudo crítico de Novedades: "El primero que puso la plaza al rojo vivo fue el jinete de Jerez, que nuevamente halló, en la codiciosa alegría de un cárdeno piedrinegrino, el bicho ideal para lucir sus dotes de caballista. Pegajoso el caribello sobre las ágiles jacas de Álvaro Domecq Romero, volvimos a ver una cátedra del arte del rejoneo (…) Acertado en todo momento, armó la escandalera grande cuando clavó banderillas a dos manos, aunque no tuviera fortuna con los rejones mortales (…) Lentamente, entre ovaciones, se llevaron las mulillas el cadáver del noble "Fundador", en tanto que don Álvaro recorría en triunfo el anillo en dos ocasiones." (Novedades, 17 de febrero de 1964).
Regios obsequios
Costumbre tan mexicana como discutible, el obsequio de un toro más al final de la corrida –el toro de regalo– no adquiría aún la condición de plaga irrefrenable de algunas décadas después. De modo que el público aceptó de buena gana el anuncio de que tanto Del Olivar como Puerta lidiarían sendos sobreros con tal de salvar la grisácea tarde.
El de Antonio, con el hierro de Santa Marta, se llamó "Cantaclaro" y desde su salida cantó con claridad que era lo que estaban esperando el público y el torero de Celaya, que se sacó de un tirón todas las espinas acumuladas en el pasado para por fin pasar, de ser un notable capotero, a autor de una señora faena de muleta, iniciada de hinojos antes de incitar desde largo las francas acometidas del morlaco para correrle la mano con largura, temple y un acento personal de amexicanada estirpe. La gente, que al principio no se lo creía, terminó aclamando la obra del artista que, al acertar con el estoque, paseó dos orejas indiscutibles saboreando lo que sería su única victoria importante en el coso máximo.
El cronista Jarameño (Antonio García Castillo) recordaba que "Desde que en su debut como novillero cuajó un faenón a "Faisán" no habíamos vuelto a admirar al Antonio del Olivar que, por su calidad, merece ocupar un sitio de privilegio, como quedó evidenciado ayer ante "Cantaclaro" de Santa Marta (…) Faena grande, por la perfección con que el diestro fue construyéndola y grande también por la calidad que imprimió en cada muletazo. Limpia en sus formas y severa y definitiva en su contenido". (Ovaciones, 17 de febrero de 1964).
Carlos León lo vio así: "El esteta de Celaya no se resignó a su mala suerte y regaló a "Cantaclaro", de las dehesas de Santa Marta (…) Ya con el capote, a favor de la boyantía del sanmarteño, se había recreado en lances muy toreros, chicuelinas salerosas y unas gaoneras verticales de tal majestad que nos hacían presentir que la faena, la gran faena, iba a llegar en breves instantes. ¡Y claro que llegó! Con mucha plasticidad, recreándose en lo que hacía, derramando arte en todo momento, con ese garbo sin el cual la lidia carece de sentido (…) Hubo un pase de pecho con la diestra, jalando al toro desde allá y saboreando a plenitud el muletazo, que por sí solo fue un tratado de lo que debe ser el verdadero arte de torear (…) Otro toro de ejemplar bravura al que se arrastró lentamente, después del toreo de plástica lentitud que le valió a Antonio cortar dos apéndices y dar otras tantas vueltas al ruedo por su espléndida labor."
De Diego Valor a Diego Arte
A diferencia del noble "Cantaclaro", "Indiano", el negro bragado de Tequisquiapan que obsequió Diego Puerta en octavo lugar, resultó correoso y con mucho que torear. Pero se encontró con la desbordante casta de un torero que le impuso el poder de su muleta y el valor de su indeclinable decisión, estremeciendo a la plaza con una faena iniciada de rodillas y ligada en corto terreno, donde tejió tandas de perfecto trazo, rematadas con precisión y pinturería. La gente estaba loca con aquel final doblemente apoteósico de un festejo que pintaba para el olvido, y ya sólo faltaba que el diestro de San Bernardo pusiera digno colofón a su obra. Mas al volcarse sobre el morrillo y señalar un pinchazo, "Indiano" le echó mano, lo volteó, lo hirió y lo dejó maltrecho. Lo que no impidió que, desasiéndose de las asistencias, volviese Diego a la carga para, tras otra punzadura, dejar el estoconazo definitivo, antes de desvanecerse y ser llevado así a la enfermería, con una herida grave de 28 centímetros en el triángulo de Scarpa del muslo derecho que descubría el fémur y desgarró el vasto externo. Permanecería inactivo durante más de quince días.
Según Jarameño "Indiano" tenía buenos kilos y una cabeza de espanto (y Diego) ligó verónicas superiores (…) resucitó el casi olvidado quite de Ortiz por las afueras, (dio) chicuelinas ajustadísimas, plenas de salero (y muleta en mano) le salió de rodillas a un bicho encastado y con mucha fuerza (…) Ya nadie estaba en pie cuando, en el centro del anillo, empezó a cuajar una faena que siempre fue a más, con naturales de gran emotividad y remates alegres, entre otros el molinete invertido (…) Lo mejor fue una tanda por derechazos impecable y, exponiéndolo todo, una serie de manoletinas (…) Se fue recto pero pinchó en lo duro y el burel tiró el derrote volteándolo aparatosamente y partiéndole el muslo derecho (…) La autoridad concedió una oreja y la gente pidió insistentemente la otra."
Carlos León lo vio así: "El pequeño gigante de corazón de acero, ya no fue solamente ejemplo de indomable pundonor, sino un artista que dibujó cosas maravillosas con su capote (…) las lentísimas, finísimas chicuelinas que dibujó Diego quedan como un limpio ejemplo de lo que debe ser el arte de torear (…) Y no se crea que el toro era un bombón. Tenía fiereza y sentido y vapuleó feamente a un monosabio (…) Rabioso a más no poder, pero toreando como se debe torear, no dando parones a la manera del espantapájaros de Córdoba, verdaderamente se emborrachó trazando naturales y pases diestros en redondo en un faenón de locura. Pero el encastado "Indiano", con los pitones intactos, sabía para qué los traía. Y cuando el pequeño gran torero entró a matar lo prendió espantosamente (…) Diego, bajo clamorosa ovación, se fue a la enfermería, hasta donde le llevaron las dos orejas de un verdadero toro de lidia, que recibió igualmente el homenaje de que arrastraran lentamente su cadáver."
En realidad no dos apéndices sino solamente uno le fue otorgado. Pero había cuajado el sevillano la más redonda, emotiva y artística de sus faenas en la Monumental, donde tantas orejas cortó. Y donde, como Del Olivar, jamás volvería a tocar pelo.
¿Y Abel Flores? Como dijera algún cronista "pasó las de Caín". Y poco más se supo de él.
Tres españoles al hospital
No sólo Miguelín y Puerta cayeron heridos en aquel febrero del 64, víctimas de los "toritos" mexicanos de entonces. Coincidentemente también visitó el hospital el albaceteño Pedro Martínez "Pedrés", y de las tres fue la suya la cornada más seria. Había sido autor de la faena acaso más meritoria de la temporada en El Toreo, pero no tratándose de El Cordobés tardaron en repetirlo y fue con un encierro sin posibilidades, en vista de lo cual ofreció regalar uno de Santo Domingo. Y el resabiado y cornalón bicho le abrió el vientre de certero pitonazo cuando aguantaba sus inciertos viajes muleta en mano (05-02-64).