La historia de las corridas de toros en México no es un simple capítulo importado desde España. Es, más bien, una forma de mestizaje cultural: una síntesis honda entre dos mundos, el indígena y el ibérico. En sus formas, símbolos y valores –el rito, la música, la estética, el enfrentamiento con la muerte–, la tauromaquia echó raíces hasta volverse parte esencial de la identidad mexicana.
La mexicanidad no se reduce a un moño tricolor, a un receta de cocina o a un grito cada 15 de septiembre. Es un carácter forjado en el sincretismo, en la tensión entre la tragedia y la belleza. En ese sentido, la tauromaquia es una de sus expresiones más antiguas y complejas: arte, rito, fiesta y duelo.
Y eso –con toda su carga simbólica– es lo que celebramos al cumplirse 500 años: una tradición que no se ha roto. Ha sido blanco de ataques, objeto de prohibiciones y reducto de estigmas, pero ha resistido. Porque en ella no solo sobrevive un arte, sino que palpita una verdad ancestral del alma mexicana.
De todas las expresiones que hoy identificamos con la mexicanidad, la tauromaquia es la más antigua de las que siguen vigentes. En México, las corridas de toros comenzaron antes incluso de la aparición de la Virgen de Guadalupe.
500 años no son una reliquia, son una demostración de resistencia cultural. Han pasado guerras, revoluciones, exilios, terremotos, pandemias…Han llegado y se han ido tiranos, positivistas y distintos dogmas morales, hoy encarnados en el animalismo. Y los toros siguen ahí, como una constante que ha sabido reinventarse sin traicionarse.
No sobreviven por nostalgia ni por moda, sino por sentido. Porque en ellos hay algo que sigue diciendo quiénes somos.
La Fundación Rodolfo Gaona ha reforzado esta idea al presentar un logotipo con la leyenda: "Primeros 500 años". No es un cierre, sino un punto de partida: una declaración de continuidad frente a quienes anuncian el fin de la Fiesta como si fuera un decreto administrativo. El diseño –inspirado en los pitones del toro– evoca permanencia, arraigo y futuro.
Si algo nos enseñan estos 500 años, es que la tauromaquia ha perdurado porque ha sabido transformarse. No basta con añoranzas para defenderla. Hay que actualizar su narrativa, repensar su presencia en el espacio público, atraer nuevas generaciones y renovar sus códigos sin perder su esencia.
Desde la Fundación Rodolfo Gaona se hace un llamado a los mexicanos a reconocer no sólo los riesgos, sino también las oportunidades que abre este aniversario. Tenemos la responsabilidad de que la conmemoración –cuyo punto culminante será el Día de San Juan, como aquel de 1526 en el que Hernán Cortés relató que, con “regocijos de cañas y otras fiestas”, se corrieron toros– no quede reducida a una curiosidad novohispana. Se trata, más bien, de asumirla como el primer testimonio de un rito que, desde entonces, se injertó de manera duradera en la vida simbólica de esta tierra.
Si llegamos a estos 500 años, es porque muchos –aficionados, ganaderos, artistas, toreros y ciudadanos– han sabido sostener la Fiesta. Ahora nos toca a nosotros.
Conmemorar este aniversario no es un gesto nostálgico, sino una afirmación de futuro con responsabilidad. Porque cuando una tradición ha acompañado al país durante medio milenio, no se conserva por inercia: se cultiva con inteligencia, se actualiza con sensibilidad y se transmite con orgullo.
Porque una tradición que no se piensa, no se defiende y no se ejerce, termina por desaparecer.