"Mazapán", berrendo en negro capirote, aparejado, nevado, alunarado y botinero de las cuatro extremidades era, por aquello de los lunares blancuzcos y diminutos que le salpicaban los flancos, lo que en España llaman un toro burraco. No es de extrañar, ya que Jaral de Peñas importó no ha mucho sangre de Torrestrella, la divisa de Álvaro Domecq fundada a partir de simiente veragüeña, de la cual por lo visto no se deshizo totalmente su criador, pues la torada del Duque de Veragua ha sido, seguramente, la más pintada del campo bravo español. Descontado lo vistoso de la capa y lo bien puesto de pitones, "Mazapán" era el más terciado del encierro de los señores Barroso, todo él de excelente presentación, contrastando con lo que sus “colegas” están echado a la México esta temporada; resultó también el único realmente bravo y encastado de un sexteto empeñado en confirmar, pese a la gallarda estampa, la deplorable condición del post toro de lidia mexicano.
No fue "Mazapán" un toro completo –al final hizo amagos de rajarse, influido quizás por las desacoples de Diego Silveti en la segunda mitad de su sobresaltada faena–, pero hasta el momento de la primera cogida del salmantino, había embestido sin tregua y yendo siempre a más, al contrario del torero, que por perderle la distancia fue dramáticamente levantado en un par de ocasiones –el verdadero toro de lidia no perdona dudas ni destemplanzas–, y se salvó milagrosamente de la cornada, aunque no de un par de palizas a las que, por otro lado, se sobrepuso con entereza y raza. Si la oreja que le concedieron –tras pinchazo y entera que mató– fue discutida por buena parte del público, el arrastre lento a los restos de "Mazapán" unificó el aplauso.
El desconcierto del guanajuatense ante la creciente oleada de bravura que impregnaba la nobleza del burraco, obediente a los toques no siempre acertados de su muleta, pudo deberse a que nuestros toreros –incluso los que más actuaciones suman en cosos de la república– han perdido casi por completo el hábito de gobernar esa embestida encastada que en otro tiempo caracterizó a los mejores productos de la cabaña brava mexicana. De ahí la diferencia entre el sitio que sí tiene Joselito Adame –asiduo de las últimas temporadas europeas– y las notorias carencias de sus colegas anclados en casa.
Alta prosapia ganadera
La familia Barroso lleva al menos tres generaciones entregada a la cría de ganado bravo, a partir de la adquisición por don Luis Barroso Barona del hierro de Torreón de Cañas –pura sangre de Llaguno– y su progresivo pulimento, hasta dar con las claves de una ganadería que haría historia, en buena parte gracias a los sementales sanmateínos "Cominito" y "Pardito", de adquisición posterior, que ligaron divinamente con una vacada producto de años de escrupulosa selección.
Tiempo hubo, a lo largo de la década del 60, en que el nombre de San Miguel de Mimiahuápam prácticamente garantizaba el éxito de una corrida. No en balde fue la divisa predilecta del primer Manolo Martínez –torero de la casa desde que despuntara como novillero–, quien tomó la alternativa en su tierra de manos de Lorenzo Garza con "Traficante", al que desorejó, antes de ser seriamente herido por el cierraplaza (07-11-65), y la confirmó en la México con otro ejemplar mimiahupanse, "El Cid", con el que tuvo petición de oreja, denegada por el juez Jacobo Pérez Verdía (12-02-67).
A ese toro lo había saludado con una tanda de verónicas de ensueño, del tercio a los medios, que luego no prodigaría a lo largo de su fructífera trayectoria. Y con Mimiahuápam continuó triunfando, lo mismo en plazas mexicanas que en Sudamérica, mientras el Cacho Barroso se mantuvo al frente de la ganadería y ésta se radicó en Tlaxcala, si bien claramente distanciada, debido al torrente de sangre sanmateína que vigorizaba la casta de sus reses, de las divisas tradicionales de tan taurino estado. De Mimiahuápam fue el primer burel indultado por el regiomontano –"Calañés", 18-09-66 y en Monterrey, justamente–, y de idéntica procedencia el sexteto, parejísimo en bravura y clase, que propició el muy recordado mano a mano de Capetillo y Martínez en Cuatro Caminos (03-12-67), sobresaliendo "Arizeño" y "Toñuco", 5o. y 6o. del histórico encierro, arrastrados entre aclamaciones sin las orejas y los rabos, que pasearon ambas figuras en una de las tardes auténticamente grandes de la fiesta brava en México.
La corrida de Madrid
En Las Ventas se han lidiado corridas portuguesas, francesas y colombianas, pero ningún encierro extranjero tan completo como el que Mimiahuápam envió a la isidrada de 1971. En realidad, los ocho hermosos ejemplares que colmarían el sueño de toda la vida de Luis Barroso Barona estaban destinados a la tercera actuación de Manolo Martínez en la feria de 1970, la cual jamás se produjo al desechar los veterinarios el hato tlaxcalteca, que se pasó un año más pastando en Los Alburejos –la finca jerezana de Álvaro Domecq y Díez, que por cierto conservó los dos sobreros– antes de ser corridos ante la cátedra madrileña.
El cartel anunciado para el sábado 22 de mayo de 1971 era más bien modesto (Victoriano Valencia, Antonio Lomelín y José Luis Parada, con el rejoneador Fermín Bohórquez abriendo plaza), y la titubeante actuación de los diestros hispanos restó lucimiento al juego de un encierro unánimemente alabado por la crítica, aunque a la hora del reparto de premios a lo mejor de la feria, los jurados decidieran ignorarlo. Inclusive relegaron al acapulqueño Lomelín a la condición de autor del "mejor quite de la feria" –por el que a cuerpo limpio le hizo al rejoneador jerezano, derribado en los medios y a merced de un utrero de su propia ganadería– despojándolo de lo que, a juicio de José Alameda, enviado de El Heraldo, había sido con diferencia la mejor estocada del ciclo, que coronó su muy buena faena al número 22, "Cariñoso", 2o. de la tarde, para cortar una oreja que, según el mismo cronista, resultó escaso premio para una lidia redonda.
Los seis toros pelearon bravamente en varas y todos, con matices, derrocharon clase en sus mal correspondidas embestidas, al grado de ordenarse la vuelta al ruedo a los restos del cuarto, "Amistoso", número 33, a cuya altura nunca consiguió ponerse el madrileño Victoriano Cuevas Roger. Un crítico tan puntilloso como Alfonso Navalón recrearía así la lidia del magnífico encierro: "Después de tantos años oyendo a los toreros españoles hablar de la mansedumbre y falta de raza de los toros mexicanos, me supo a gloria el brillante juego de la corrida de Mimiahuápam por su casta alegre y el temple de sus embestidas".
Fue esa la última corrida con la divisa morado y amarillo que Luis Barroso Barona lidió, a título de culminación de una trayectoria ejemplar. Estaba ya hecha la operación de compra-venta que transfirió los derechos de propiedad a don Alberto Bailleres, dueño actual de un hierro que sigue gozando de prestigio, aunque quizá no tanto a los niveles alcanzados en el esplendor de su etapa fundacional, cuando la ganadería tuvo cuotas de mayor regularidad.
Don Luis encaminó entonces sus esfuerzos precisamente a Jaral de Peñas, la procedencia de ese "Mazapán" que el domingo anterior nos devolvió la esperanza –hasta donde eso sea razonable y factible– en el futuro de la cabaña brava mexicana, tan venida a menos por efecto del monoencaste y el medio toro impuestos por, quién lo dijera, Manuel Martínez Ancira, último mandón de la torería nacional.
De cara a esa añorada posibilidad tienen la palabra, entre otros, los herederos de aquel ganadero de lujo que se llamó Luis Barroso Barona.