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Tauromaquia: El libro de El Ranchero

Lunes, 15 Jun 2015    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | Opinión   
La columna de este lunes en La Jornada de Oriente
Un torero que nunca esperó su toro –le bastaba con que su llama interior se avivara, y entonces importaba poco la catadura y el estilo del morlaco aguardó el paso de muchas décadas antes de dar con su autor. Tenía que ser éste un hombre del campo bravo tlaxcalteca, que es como decir tan genuino y sensible como Jorge Aguilar González, que nació en Piedras Negras, se crió entre el ganado de esta divisa prócer y se hizo torero a las faldas de su Malinche, montaña atravesada por tajos y cañadas, y coronada por crines que el invierno nieva, y que no sé por qué me recuerdan tanto el toreo de El Ranchero, largo como mugido de toro en celo, templado como el viento que sin prisa baja por sus laderas, suave como las flores silvestres que crían los llanos de su tierra natal, en medio de cardos agudos como pitones… El autor, ese autor que Jorge necesitaba, se llama Carlos Hernández González, Carlitos Pavón para sus amigos, que somos legión.

Así empieza el prólogo, firmado por este columnista, del libro titulado "Jorge Aguilar El Ranchero, un gran torero, un gran hombre", que el Instituto Tlaxcalteca de Cultura y el gobierno del estado de Tlaxcala, conjuntamente con Conaculta, acaban de dar a la luz. Obra que nace con la impronta de indispensable en la biblioteca de todo aficionado, por cómo su autor ha conseguido revelar, desde dentro y desde fuera de los ruedos, la singular personalidad del más tlaxcalteca de los toreros, cuyo nombre lleva el coso de la capital de su taurinísimo estado. Y porque la bibliografía mexicana en la materia adolece casi de tantos vacíos como diestros de importancia ha dado este país.

La presentación del libro citado –que contiene 300 fotografías históricas, repartidas en 384 páginas de buena y sabrosa literatura está anunciada para este jueves 18, en punto de las seis de la tarde, en la sede del Instituto Tlaxcalteca de la Cultura: Juárez 62 de la ciudad de Tlaxcala.

Y allí estaremos el autor de la obra y quien esto escribe, al lado de comentaristas tan prestigiosos como Leonardo Páez, Manuel Camacho Higareda y José Vicente Saiz Tejero, todos ellos con algo propio que decir sobre el tema que nos ocupa y sobre la tauromaquia en general.

A los lectores que deseen acompañarnos los esperamos con verdadero gusto.

Adame, premiado en San Isidro

Dilucidados los premios oficiales a lo más selecto de San Isidro 2015, Joselito Adame se hizo acreedor al reservado a la mejor estocada, por la que fulminó, en la suerte de recibir, a "Adobero", de El Montecillo, culminación de una faena de oreja. En el pasado, otro mexicano, Antonio Lomelín (1970) recibió el trofeo Mayte por un volapié monumental a un torazo de Moreno de la Cova; y no conforme, reincidió al año siguiente, esta vez en premio al quite más oportuno y valiente de la feria isidril por el que hizo, a cuerpo limpio, para librar al rejoneador jerezano Fermín Bohórquez, que había sido derribado por un astado de su ganadería, justamente la tarde en que se presentó en Madrid aquella recordada corrida de San Miguel de Mimiahuápam (22-05-71). Como es sabido, Lomelín no volvería a  partir plaza en Las Ventas. Confiemos en que Joselito Adame sí lo haga.

Por lo demás, Sebastián Castella fue designado triunfador del ciclo y autor de la mejor faena por la que realizó con "Jabatillo" de Alcurrucén, premiado a su vez como el mejor toro, en tanto se premiaba como corrida más completa la de Juan Pedro Domecq, con plena justicia.

Llanto de torero

Imposible cerrar el capítulo de la isidrada sin celebrar la arrebatadora faena de Rafaelillo al cuarto,miura, un galán con 606 kilos, en la corrida final del ciclo (junio 7). Para empezar, "Injuriado", recibido por el murciano con una larga de hinojos, intentó saltar al callejón. Peleó con el caballo con la cara arriba y su modo de esperar a los banderilleros nada bueno prometía. Pero no para Rafaelillo, que brindó al público y abrió faena valientísimo, con las dos rodillas en tierra.

No le importó ni el parón ni la larga mirada del zaino en cuanto, puesto en pie, lo desafió desde cerca. Había descubierto cierta nobleza en el animal y se sabía capaz de traducirla en embestidas ligadas. Y como lo vio lo planteó, lo realizó y lo consiguió. A fuerza de aguante, pero también de pulso templado y muleta poderosa. A veces, una cabezada seca lo amenazaba, como en los primeros naturales, que "Injuriado" tomó girando sobre las manos.

Precisamente, el mérito de Rafael Rubio fue insistir por ese pitón hasta lograr el milagro de la tersura en aquellas tres tandas, cortas pero intensísimas, que culminarían en los tres naturales de frente, limpios y completos, que pusieron la plaza boca abajo. Torero de talla pequeña, se plantaba firmísimo en la arena para traerse al miura imantado en la tela y pasárselo no ya por la faja, por el corbatín, hasta completar circunvalaciones completas; y remataba gustándose, con la misma confianza que si estuviera en una tienta, y no se arredró cuando "Injuriado", al fin de Miura, le tiró a la pasada un derrote que le hizo trizas la taleguilla a la altura del vientre. Al contrario, ése sería el momento de inflexión a partir del cual se elevó hasta la estratósfera emocional de Las Ventas la faena más conmovedora del ciclo.

Tan conmovedora y auténtica que, cuando su espada topó con hueso en dos viajes rectos, la rabia del torero –que a la tercera enterró arriba el estoque– se hizo incontenible. Inevitablemente transformada en llanto mientras daba una vuelta al ruedo para el recuerdo, tuvo la virtud de contagiar esa efusión de lágrimas de torero a gente sensible en el tendido, a uno de los picadores de su cuadrilla, a taurinos curtidos en el callejón.

Hablábamos de la obligación de sorprendernos que tienen los toreros y que es hoy más imperativa que nunca. Y menuda sorpresa nos dio con la épica demostración de Rafael Rubio Luján, nada menos que ante un miura, noble pero no fácil, en la faena más virilmente torera de San Isidro 2015.

¿Encerrona o debacle?

El contraste, la fallida encerrona de Manuel Jesús "El Cid", a la deriva con los mansos de Victorino Martín. Previsible final de un gesto sólo justificado cuando la carrera de un torero está en su cenit, pero no para acentuar el largo ocaso en que desde hace tiempo se debate sin remedio el espada de Salteras. Ya es recurrente que la empresa madrileña programe estas corridas de un solo matador fuera de tiempo y de lógica. Ocurrió hace poco con Iván Fandiño –que aún arrastra en su ánimo las secuelas de ese fracaso, y había ocurrido también con Talavante hace dos ferias de San Isidro, con Daniel Luque el domingo de Ramos de 2010. Y les pasó a Morante el de Resurrección de 2004, a Luis Francisco Esplá con los guardiolas de 1992, a Enrique Ponce con sepúlvedas en la feria de otoño de ese mismo año e incluso a Curro Romero, que petardeó en solitario allá por 1967…

Otra cosa fue que en el apogeo de los victorinos –cuando entreveraban alimañas con astados de triunfo, pero garantizando emociones siempre, las encerronas de Ruiz Miguel (19-05-86), El Capea (28-06-88), Roberto Domínguez (26-06-89) y Manuel Caballero (25-06-88) resultaran modélicas. Quizá animara a El Cid el feliz recuerdo de aquellas dos suyas, también con victorinos, en Sevilla primero y más tarde en Bilbao. Pero eso fue hace mucho, cuando el celo torero y el sitio ante el toro le asistían, los cárdenos del paleto embestían de fábula y su mano izquierda bordaba el toreo. Hoy, con ambas partes de la ecuación a la baja, era encerrona carente de sentido y abocada al fracaso.


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