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Tauromaquia: El drama negado

Lunes, 18 May 2015    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | Opinión   
La columna en La Jornada de Oriente

El pasado jueves, Saúl Jiménez Fortes, matador de toros malagueño, sufrió en Madrid un gravísimo percance, que por su ubicación anatómica y ostensible crudeza –casi lo degüella “Droguero”-- remitía al de Julio Aparicio en 2010 y los de Joselito y El Campeño en los años ochenta. Profundamente consternado y temiéndose lo peor abandonó el público la plaza de Las Ventas.

Pero mientras los medios daban parte del suceso a cuentagotas –y eso que, ya se sabe, la fiesta sólo parece ser noticia cuando hay un percance grave que airear--, las redes sociales repicaron masivamente al son de los “compasivos” taurfóbicos, tan amantes de las bestias todos ellos, que se aplicaron con un esmero siniestro a hacer escarnio y mofa del torero herido. Todo muy globalizado y postmoderno, pues.

Pero el drama quedó ahí, empapando de sangre torera la arena venteña. Y su explicación también, flotando en el ambiente y en la realidad de la corrida: un joven dispuesto a luchar contra las barreras interpuestas a tantos como él por un sistema empresarial insensible e injusto –al precio de la vida, si preciso fuera--, el ímpetu que lo llevó a recibir a portagayola a los dos imponentes castaños de Salvador Domecq, que en ninguna de las dos ocasiones acudieron francos, la tenaz decisión de afirmar las plantas ante cualquier tipo de embestida.

Y la ilusión de soñar con una probable puerta grande aguantando con estoicismo una pedrea de acometidas tan inciertas que la última de ellas –la muleta en la izquierda, el estoque atrás, el cuerpo cruzado y ofrecido sin ventajas a los astifinos pitones—terminó con el diestro empalado y zarandeado como un muñeco para, en su caída delante del burel y arrollado por éste en el suelo, el certero pitonazo que le horadó el cuello, provocando incontenible hemorragia ante el azoro de toreros y asistencias, y el horror del graderío.

Y todo de verdad, todo auténtico, el drama del toreo en pleno, como ayer, como hace tantos años y décadas y siglos; como continuará latente cada vez que haya un toro con todos sus atributos en la arena, atributos que incluyen, por supuesto, la facultad de dar muerte al hombre destinado, en principio, a sacrificarlo… o a inmolarse él mismo en torera lid. Que ese es el alto precio y el innegable valor de este drama que el mimetismo globalizador se empeña en negar. 

Saúl Jiménez Fortes

Uno lo ve y más parece un basquetbolista que un torero en su acepción más castiza: demasiado alto y delgado, ojos pequeños y achinados, mentón alargado, inexpresivo el gesto bajo el copetillo lacio que le cae sobre la frente. Pero la música va por dentro. Lista a saltar, como un resorte, en cuanto aparezca el toro con su mortal desafío. Al torear, Jiménez Fortes seguirá pareciendo quizás poco expresivo pero nunca ventajista ni insincero: una especie de indiferencia al riesgo, al servicio de una quietud inmutable, y unos trazos largos y recios, capaces de sobreponerse a la embestida más bronca o incierta. Y todo genuino, sin gestos teatrales ni alardes para la galería.

Dura trayectoria
 
Una carrera incipiente, levantada sin ayudas ni concesiones, a puro corazón y carácter. Luego de una etapa novilleril luchada a pulso, Jiménez Fortes tomó la alternativa en la feria de Bilbao de 2011.  Y justo al año, allí mismo (24.08.12), un juanpedro lo hería con saña, sencillamente porque el torero permaneció inmóvil en su terreno luego de rematar ajustada tanda muleteril. Era el tercer toro y sin aspavientos salió a matar al sexto, con tal de justificarse. 

Confirmado en Madrid por Morante (toro “Ocioso”, de Juan Pedro Domecq, 16.05.13), no pasaría ese año de sumar nueve corridas. Ni de cinco en 2014. Había cortado orejas, en su segunda campaña de matador, en Pamplona, Santander, Valladolid, Albacete, Salamanca y Zaragoza, además de otros cosos menores, pero las empresas lo ignoraban. Y en 2015 ya había triunfado en Valencia y Zaragoza sin ver ese esfuerzo traducido en contratos. La del jueves en San Isidro era su gran ocasión. Y llevaba camino de sumar una oreja más a la que le cortó al 3º cuando la enésima ráfaga de viento lo puso a merced del pitón zurdo de “Droguero”, un cierraplaza bronco como el ventarrón reinante. Ya Diego Silveti, tras un pinchazo, se había librado, rodando sobre su eje, del último arreón del toro anterior.

Hemingway
 
El Nobel norteamericano quedó fascinado con la fiesta desde su primera visita a España, a principios de los años 20. Había acudido al coso por recomendación de Gertrude Stein, la célebre mecenas de la generación perdida, afincada en el París de la primera postguerra. Y además de empapar del ambiente taurino su primera gran novela –The Sun Also Rises (1929)--, en 1932 publicó otra --Fiesta en el original en inglés y Muerte en la Tarde en su versión en español--, dedicada enteramente a la tauromaquia y ofrecida en tono divulgatorio al lector anglosajón.

Es un libro deleznable, lleno de tópicos manidos y fantasías muy discutibles. Pero, como toda obra fallida de un gran escritor, encierra algunas páginas memorables. De la dedicada a la terrible cornada en Madrid de Gitanillo de Triana (31.05.31) y sus casi tres meses de lenta agonía, recojo el siguiente fragmento, perfectamente aplicable a los taurófobos de esta hora:

Las personas que dicen que pagarían por ir a una corrida siempre que pudieran ver a un torero corneado y no siempre a los toros muertos por los toreros, hubieran tenido que estar aquel día en la plaza, en la enfermería, y más tarde en el hospital. Gitanillo vivió lo suficiente  como aguantar los calores de junio y julio y las dos primeras semanas de agosto, y al fin murió de meningitis causada por la herida en la base de la espina dorsal. Pesaba ciento veintiocho libras cuando fue herido y sesenta y tres cuando murió. Durante el verano sufrió tres rupturas diferentes de la arteria femoral, debilitada por las úlceras que originaron los drenajes de las heridas de los muslos, y porque se le rompía al toser…

Las personas que dicen que pagarían por ver un torero muerto se hubieran sentido recompensadas cuando Gitanillo entró en delirio, en el calor tórrido del verano,  a causa del dolor y de la fiebre. Se le podía oír desde la calle. Parecía criminal dejarlo vivir y hubiera sido mejor para él morirse después de la corrida, cuando aún tenía el dominio de sí mismo y conservaba todo su valor, en lugar de tener que pasar por todos los grados del horror y de la humillación física y moral, a fuerza de soportar un dolor insoportable.

Ver y oír a un ser humano en tales momentos le hace a uno más razonable, creo yo, en relación con los toros: el toro encuentra la muerte en quince minutos, a partir del momento en que el torero empieza a bregar con él; todas las heridas las recibe en caliente, y no le duelen más que las heridas que el torero recibe en caliente, ni pueden hacerle padecer demasiado. Pero mientras el hombre tenga un alma inmortal y los médicos le conserven la vida todo el tiempo que puedan, en momentos en que la muerte es el mejor regalo que un hombre puede hacer a otro, los toros y los caballos parecerán bien tratados en el ruedo y el torero seguirá corriendo el mayor riesgo. ¿A qué agregar nada?

Oreja isidril a Joselito
 
El mal fario que acompañaba este año la trayectoria de nuestros toreros en San Isidro lo revirtió a última hora –tenía que ser—Joselito Adame, desorejando al muy exigente morlaco de El Montecillo que ayer cerraba plaza. Pudo triunfar también con su primero, pero el toro, que mucho prometía, se quebró una pata nada más iniciado el tercio de muerte y José tuvo que abreviar.

Por supuesto, el mejor de nuestros toreros se hace acreedor a una columna a la altura de su gesta. Que, le pésele a quien le pese, no es la primera ni será la última.


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