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Tauromaquia: El indulto, variaciones del tema

Lunes, 24 Nov 2014    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | Opinión   
La columna de los lunes en La Jornada de Oriente

Pocas emociones habrá más intensas e íntimamente significativas para el aficionado que dejarse sacudir, arrebatar y contagiar por la eventual conjunción de un toro y un torero que, embestida a embestida y pase a pase, van elevando su diálogo de vida o muerte a la categoría de obra de arte. Y pocas experiencias más dignas de ser vividas y saboreadas a fondo que ese transporte al oasis de felicidad que es una plaza de toros en tardes de apoteosis. Si de paso, tan tensa e intensa dicha culminase en victoria simultánea de toro y torero, qué mejor que celebrarla con el indulto del ejemplar, para mejor inmortalizar su nombre y el del coautor del prodigio. 

Reconozcamos, además, que no hay mejor prueba que los tres tercios de una lidia formal para saber si un ejemplar merece esparcir su semilla de bravo en la ganadería donde se crió. Pero, desde luego, conviene hilar fino a fin de no abaratar lo que debiera ser un galardón excepcional.

Pero, ¿existe el toro ideal?
 
Si y no, dirán los expertos. Después de todo, cada torero, ganadero, crítico, aficionado tiene al respecto su propia teoría. Aun así, lo que todos buscamos, deseamos y pedimos del toro auténtico es que aúne trapío, poder, casta, clase, fiereza, fijeza, son, durabilidad; y si fuese capaz de ir afinando sus cualidades conforme la lidia avanza, mejor que mejor. Incluso sabiendo que, como reza el adagio, no hay dos toros iguales, y por lo tanto, que las proporciones de cada uno de los atributos mencionados serán necesariamente variables, lo que generará amplia gama de comportamientos.

Con todo, el síntoma inequívoco está en ese expansivo sentimiento de emoción que produce la combinación de arrogancia con brío, nobleza con celo, y estilo y toreabilidad in crescendo. Cualidades que, cuando se presentan, colman nuestra exigencia de autenticidad y renuevan nuestro amor por la tauromaquia. Sólo entonces el indulto cobra el sentido y el genuino valor que debe tener.   

Indultos en la México
 
En corrida de toros suman 28, demasiados, aun para los 68 años y 1154 festejos mayores que a la fecha suma el historial de la Monumental. Por lo demás, en este siglo XXI llevamos ya 9 (35 por ciento del total), contra apenas dos por década en los años 50 y 60 del anterior. Mismos que aumentarían a 6 en los años 70, nivel que se mantuvo por el resto del s. XX, pues los 3 registrados por 116 corridas celebradas en los 80 equivalen a 6 en los 254 festejos de los 90.

Con estas cifras a la vista, cualquiera supondría que la bravura de nuestros toros se ha incrementado prodigiosamente. Y que el siglo XXI, o, por mejor decirlo, los últimos 20 años, han sido el de mayor esplendor de la fiesta en México.

Sin embargo

Pero la realidad es terca. E insiste en la coincidencia de indultos en los últimos tiempos con el incremento de apéndices discutibles, jueces sometidos, pérdida de rigor generalizada, información crecientemente coartada y deserción masiva de público. Resultado evidente de una política empresarial tendiente al triunfalismo más artificioso y vacuo.

Resumiendo: como tantas orejas y rabos intrascendentes, en el período 1994-2014 abundan indultados –54 por ciento del total– que ninguna gloria aportaron a sus indultadores. Y que, como sementales, no han conseguido rescatarnos del imperio del post toro de lidia mexicano.

Ecos del cuarto cartel
 
“Sonajero”, saludado con pitos a su anovillada estampa, fue una sola vez al caballo vara simulada a pedido del matador, acudió galopando a las banderillas –tercio cubierto con fortuna desigual por Juan José Padilla– y terminó sus días alegre y pronto, sin decaer durante el largo muleteo, durante el cual Padilla fue jaleado y alentado por un público que siente especial simpatía por la ejemplar entereza y la voluntad de hierro de este torero, al que tuvo el gusto de verle cuajar con "Sonajero" lo que, sin apartarse de su concepción básicamente espectacular de la lidia, seguramente será una de sus mejores y más inspiradas faenas. La había brindado al micrófono –"con todo respeto y dolor" a los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa, rasgo que sin duda lo enaltece. Y la petición de indulto fue unánime.

Juan José Padilla es el quinto matador foráneo que indulta un toro en la gran cazuela. Antes que él, sólo lo consiguieron El Capea, Leonardo Benítez, El Juli y Castella.

Torerísimo Fermín
 
Villa Carmela, cuyos ganaderos compartieron con Padilla el triunfal paseo en hombros, había enviado indecorosa escalera. El abreplaza, grande y violento, obligó al jerezano a adoptar justificadas precauciones. Y tampoco el insípido cuarto le permitió lucir, de ahí que al final obsequiara a "Sonajero". El segundo, "Madrileño", protestado también por chico, empezó incierto y llegó al tercio mortal suavote pero aplomado. Fermín Rivera, colocado a la distancia precisa, sin cruzarse de menos ni de más, alargando al máximo las suertes y pulseando mucho el toreo, le sacó insospechado partido en la faena más esencialmente torera de la temporada: ni corta ni larga, un modelo de dominio, temple y sobriedad. El pinchazo previo a la estocada no borraría la impresión del público, que exigió para Fermín una oreja ganada a ley.

La lección del potosino –cuyo segundo burel no tenía un pase– hizo contraste con la falta de sitio de José Mauricio, decidido y valeroso pero incapaz de entonarse con el tercero, un "Manzanito" que precisaba un dominio de los terrenos y las distancias que su escaso rodaje le vedó. Sin embargo, dejó el capitalino unas gaoneras tan ceñidas como bien toreadas en su quite a este toro –hizo otro, por caleserinas, al primero de Rivera, un excelente trasteo por la cara, de sabor finamente asolerado, al final de su larga porfía ante el paradísimo sexto, y un par de magníficas estocadas.

Tan fulminante la última que hasta asomaron pañuelos, preludio de una ovacionada salida al tercio. En cambio hubo pita, más para el juez que para el torero, cuando Chucho Morales tuvo la humorada de concederle la oreja de "Manzanito", un dislate más a nombre de ese triunfalismo sin sentido que en nada contribuye a devolverle al coso mayor del mundo la categoría que debiera tener.


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