En apenas tres tardes, nueve orejas cortadas y cuatro salidas en hombros. Maravilla de maravillas. Cualquiera pensaría que, en esta temporada grande, los éxitos viajan en tren bala, como el cuento chino de moda. Y sin embargo…
Sin embargo, si algo ha caracterizado esa retahíla de triunfos sensacionales ha sido la estentórea protesta que saludó el otorgamiento de dichos trofeos, especialmente cuando los jueces de plaza, como puestos de acuerdo, los prodigaron a pares. Jueces puestos de acuerdo ya se sabe por quién: algún personero de la empresa, seguramente el que el lector estará intuyendo.
Y al lado de tan indulgentes y obedientes agitadores del pañuelo veloz, igual de prestos y dispuestos, cronistas de aluvión parecidamente sometidos (hay excepciones). Todo bajo unos tendidos con mucho cemento al sol, inequívoca señal del grado de desinterés popular que suscitan las postizas apoteosis que se cuecen en la gran cazuela.
Pase y compare
Habría que remontarse a las épocas de Armilla y Garza, Balderas, Solórzano y El Soldado, para encontrar cortes de apéndices en cantidades así de impresionantes. Claro que estamos hablando de 1936-37, temporada que pasaría a la historia como la de la independencia taurina de México. Y de una tercera corrida de siete orejas, dos rabos y la pezuña de “Pardito” de San Mateo, única pata cortada en la historia taurina de la capital, por un coloso en plenitud como Fermín Espinosa “Armillita”.
También la temporada 1952-53 –ya en la México– abrió a lo grande. Sólo que en los dos primeros festejos de aquel lejano otoño, los dos rabos otorgados sirvieron para premiar las faenas de Capetillo a “Fistol” y de El Ranchero Aguilar a “Montero”, dos joyas difíciles de superar incluso por sus propios autores. Lluvia de trofeos, sí, pero de los indiscutibles, ésos que se justifican porque sirven para subrayar lo excepcional. Nada que ver con el discreto nivel de lo visto hasta la fecha en las interminables sesiones de Insurgentes, dominadas por el tedio que provoca el mortecino post toro de lidia mexicano, de nuevo presente con redobladas endeblez y mansedumbre sobre la amarillenta arena.
Cómo estarán las cosas que incluso los triunfadores de estas tres últimas tardes, interpelados al respecto, hablaban de animales de gran “bravura, fijeza y transmisión”, no se sabe si para quedar bien con el ganadero y el empresario o porque se perdió ya, incluso entre toreros de cartel, la noción de lo que significan tales cualidades, propias del toro auténtico. En todo caso grave señal, acríticamente secundada por el coro de especialistas.
Del respeto a la mofa
El rechazo del público a un trofeo mal otorgado no es cosa nueva. Pero, cuando se producía, ya fuese porque la faena no alcanzó altura suficiente, la estocada desmereció o el juez se volvió loco, la afición capitalina sabía sacar las uñas y poner las cosas en su sitio. Y el espada agraciado por aquel arrebato generoso de la autoridad no tenía otra que inclinarse ante el parecer del respetable, por lo que el apéndice discutido iba a parar a la arena o, si el matador estaba persuadido de merecerlo, al bolsillo interior de su casaquilla.
Pero nadie, ni la primera figura ni el último novillero, se hubiera atrevido a pasearlo ante un coro discrepante. Si en plazas menores eso se acostumbraba, aunque sólo fuese para las fotografías publicitarias de rigor, La México era otra cosa, y aquí había que cuadrarse.
Hace no tanto
Enrique Ponce, ante una protesta generalizada, optó por arrojar el par de orejas otorgadas por el algún juez palomeado por la empresa y meterse airado al callejón; un subterfugio barato para conmover a la ingenua multitud, que, arrepentida, lo obligaría a recorrer entre aplausos el anillo del devaluado coso monumental. Alguien a mi lado, con obvio acento español, exclamó algo así como “si llega a hacer esto en Madrid no entra más a Las Ventas”. Se refería, claro, a que buen cuidado tendría –Ponce o cualquier otro– de gastarse semejante pataleta en una plaza seria. Lo que la México fue pero ha dejado de ser, tras un corrosivo desgaste de más de cuatro lustros.
Ecos de la tercera corrida
Craso error el de Talavante al dejarse anunciar con ganado de Marrón, hierro especializado en la cría de pajunos ejemplares del decadente post toro de lidia mexicano. Incluso el del triunfo de Saldívar –que a fuerza de tesón y torerismo le extrajo a ese "Machete" meritoria faena– fue un animal suavón pero notoriamente rajado y falto de empuje. El esfuerzo de Arturo, tras un espadazo pasado y desprendido, bien valía la oreja, pero al entregarle dos el alguacil se desató la protesta, sin importar lo cual el aguascalentense las paseó muy sonriente, entre palmas y pitos.
Otro tanto le sucedería a Talavante cuando "Queretano", segundo obsequio, octavo de la tarde-noche, finalmente dobló. Sabedor de cómo se las gasta Marrón, el extremeño supo elegir un astifino ejemplar de Campo Real, ajeno por tanto al regordío y desabrido hato de la divisa titular. Sería, sin mayor duración ni exceso de bríos, el único toro con comportamiento de bravo, con un pitón zurdo de gran calidad, exprimido a fondo por Alejandro.
Esa faena izquierdista la había inaugurado con cuatro muletazos de hinojos insólitamente lentos y saboreados. Y terminó de calentar al aterido cónclave impregnando sus tandas de temple y salpicándolas de variedad –las dos arrucinas le salieron dibujadas–, supo desoír las voces que le pedían prolongar el muleteo y se tiró a matar en los medios. La estocada, tras un pinchazo, cayó trasera, ladeada y tendida y, como la de Saldívar a "Machete", tardó largo rato en surtir efecto, lo que hizo más estrepitosa la rechifla contra el doble galardón, que Talavante, picudo, puso en manos de su banderillero Valentín Luján. Y allá se fue, lo mismo que Arturo, sobre los hombros de los estibadores de turno. A "Queretano" le dieron arrastre lento.
El primer obsequio, debido a la esplendidez de Arturo Macías, era en cambio de Marrón y naturalmente le estropeó las buenas intenciones al hidrocálido. Como le había estropeado el puntillero una respuesta más entusiasta a su entonada faena al abreplaza, un bicho carente de emoción pero sumamente pastueño. Todo esto ante una entrada declinante. Y eso que apenas íbamos en la tercera de la serie.