El toreo se expresa hoy en los alrededores de la plaza de toros Santamaría de Bogotá; una docena de figuras llegaron a la ciudad para arropar a los novilleros colombianos que han hecho guardia al pie del coso para presentar un valiente reclamo de respeto y libertad frente a la absurda e intolerante postura del alcalde de la urbe.
La ejemplar posición de los toreros locales, encabezada por el maestro César Rincón, se ha convertido en la imagen y en la voz de la tauromaquia global, acosada, como nunca antes, por una escalada abolicionista de alcance transnacional que ha puesto a la industria en estado de conmoción a consecuencia de los golpes precisos propinados por la campaña anti taurina que ha sabido manejar con eficacia las variables políticas, económicas y sociales, tareas sostenidas en un certero manejo de la comunicación.
Este largo debate vive en estos tiempos episodios definitivos, el intercambio de acciones estará determinado por la proactividad que muestren unos y otros a la hora de la gestión política, el manejo financiero y la capacidad de contacto social; capítulos, subrayemos, en los que los opositores, hasta ahora, han demostrado mayor solvencia.
Cuentan entre sus logros la expedición de legislaciones pro animalistas, el cierre de plazas de toros, la expulsión de los niños de los escenarios, el corte de los canales de auspicio económico, la disminución de la cobertura periodística y, ante todo, la gravísima lesión sufrida por la marca "toros" como efecto directo de dos décadas de ataque organizado e implacable; lapso en el que la estructura taurina se puso en evidencia con su escasa capacidad de respuesta y ninguna voluntad real de organización.
La contestación de la industria se ha circunscrito a esfuerzos aislados de cada uno de los sectores secuencialmente atacados; tras la prohibición en Barcelona, Quito y Bogotá se han defendido solas; la recordada "lucha taurina quiteña" marcó el camino hacia la comprensión que la defensa de la fiesta de los toros debe desarrollarse sin complejos y en todos los ámbitos; en las legislaturas, en las casas de gobierno, en los despachos, en las plazas, en las calles y, sobre todo, en los medios de comunicación.
Nos cuesta aún trabajo asimilar que los toros se han convertido en parte del discurso político de regímenes autoritarios que buscan desalojar a la fiesta del imaginario social con la idea de establecer un nuevo orden cultural correspondiente con sus objetivos proselitistas.
Así las cosas, la mancuerna conformada por los actores políticos y los activistas anti taurinos ha desarrollado su tarea casi a placer encontrando aislados focos de resistencia que tarde o temprano han debido replegar frente a la potencia de una oposición manejada como cuestión de estado. De la noche a la mañana la fiesta de los toros encontró en los políticos de turno sus principales detractores.
Pese a ello, la hoja de ruta de la franquicia contraria a la fiesta no ha podido cumplirse con facilidad debido a que este tipo de ataques tienen que ver con los valores fundamentales del hombre, al lesionar conceptos sociales básicos como la libertad, la tolerancia y el respeto.
Convengamos entonces en que el cuidado y promoción de la fiesta de los toros solo puede entenderse y desarrollarse desde la defensa de la libertad entendida como el bien mayor del ser humano y como el requisito indispensable para una auténtica cohesión social.
Contamos con un alegato superior; resta ahora caminar en la misma dirección, dejar atrás la ineficiencia, el individualismo y el inmediatismo, males que día a día erosionan los cimientos de la tauromaquia.
Que las ejemplares gestas de Quito y Bogotá sean la referencia permanente para que de una vez por todas rompamos paradigmas y vayamos al frente a luchar por la libertad.