Desde el barrio: La radiografía de Bilbao
Martes, 26 Ago 2014
Madrid, España
Paco Aguado | Opinión
La columna de este martes
Más allá de las muchas o, más bien, pocas orejas que se cortaron o se dejaron de cortar, o incluso de conceder por el riguroso Matías González, las recién concluidas Corridas Generales de Bilbao han servido para hacer una exacta radiografía del escalafón de matadores a mitad de esta extraña y floja temporada española de 2014.
La seriedad del toro que sale a su ruedo ferruginoso es, desde mucho tiempo atrás, el mejor termómetro para medir el estado de forma de las figuras y no tan figuras que se anuncian en los casi siempre bien ilustrados carteles de su feria. Y este año no ha sido la excepción.
La lectura fácil, la políticamente correcta, la que nos llevaría cínica y cómodamente por la corriente, sería la de las ya crónicas medias verdades, o mentiras enteras, con que prefiere seguir engañándose el endogámico taurineo actual a través de sus medios oficialistas. Porque, como diría Manolo Summers, esto está lleno de gente que nos quiera convencer de que "to er mundo es güeno".
Pero los titulares rimbombantes y los adjetivos ditirámbicos, para calificar tantas faenas "históricas" y tantas corridas "extraordinarias" que se sacan de la manga los serviles del periodismo hortera y lamerón, no son sino la capa de purpurina barata, por comprada a muy bajo precio, con que se intenta ocultar a las visitas el tremendo fondo de polvo y caspa que se extiende por el toreo en el séptimo año de la crisis.
Porque, repito, más allá de todo eso, y del triunfalismo de las amables ferias de segunda que se celebran en paralelo, el abono de Bilbao le ha hecho un escáner nada piadoso a la parte alta y media del escalafón que ha pasado este año por la "consulta" de Vista Alegre. Y el diagnóstico de la prueba no puede ser más preocupante.
Digamos que Bilbao ha confirmado que el torero de la cúpula que goza de una pletórica salud, el único que atraviesa por un soberbio momento de forma y de capacidad, es el extremeño Miguel Ángel Perera, que dejó de cortar alguna oreja más, seamos sinceros y no demagogos, no tanto por la presidencia como por sus defectuosas estocadas.
Fue esa plena confianza en sí mismo la que le hizo estar muy por encima, con una rotunda firmeza, tanto de uno venido abajo de Domingo Hernández como de un fiero y áspero "jandilla". Y también se empleó así con el realmente bravo "Hechicero", un toro con el que Perera pudo haber dado el salto, de hondura e intensidad –que nada tiene que ver con la longitud de los pases– que le sigue faltando para consagrarse como máxima figura en este su gran año.
Dejemos a Morante aparte, como merece su genialidad, porque capítulo aparte fue también la brillante faena que se sacó de la chistera a un mediano y simplón toro de Núñez del Cuvillo. Y dejemos también a un Ponce al otro lado del río, que ahora, a sus veinticinco años de alternativa se ha dado a un toreo juvenil, espumoso, vistoso y variado, apto para todos los públicos.
Pero detengámonos en José María Manzanares, y en el flagrante desperdicio que, a base de descaradas ventajas, perpetró con dos excelentes "cuvillos" en este otro mano a mano sin sentido con que se ha vuelto a anunciar en Bilbao. Y es que la simple estética, la composición de la figura independiente del toro y vacía cualquier otro contenido lidiador, no puede ni debe considerarse una virtud torera.
Y parémonos también con El Juli, que se fue su segunda tarde de una plaza que le idolatró escuchando una pitada tan sonora como para hacerle reflexionar. Metido en demasiadas guerras, y definitivamente sin aliados a estas alturas de la película, el gran torero madrileño ha pasado por Bilbao como una sombra de sí mismo.
Cierto que le cortó una oreja, baratita, a uno de su amigo Justo Hernández y que le tocó un paupérrimo lote de una floja La Quinta que tuvo otros varios toros de claro triunfo, pero Juli ha sido mucho más, infinitamente más torero que el que pasó, desanimado, tenso e inexpresivo por Vista Alegre. Es el momento, quince años después y con todos los retos superados, de tomarse alguna temporada sabática y volver después a los ruedos para, de una vez por todas en su carrera, disfrutar sólo de sí mismo.
Tampoco obtuvo beneficios en la apuesta bilbaína, el paisano Iván Fandiño. Anunciado en dos tardes y, posiblemente mermado por la demoledora voltereta sufrida en Dax apenas diez días antes, el de Orduña hizo varios esfuerzos que no dieron resultado y que evidenciaron su urgente necesidad de seguir progresando en la técnica para mantenerse al pie del castillo de las figuras.
Triunfos menores, de muy escaso peso, fueron los de Joselito Adame y Juan del Álalmo con la sobrevalorada corrida de Alcurrucén, que fue un lote de toros de feas hechuras, baja raza y sólo fácil comportamiento en la muleta. Se cantó muy interesadamente esta corrida de la familia Lozano, pero se ha dejado sin elogiar lo suficiente el muy serio encierro, por fuera y por dentro, que presentó Victorino Martín, ante el que El Cid, agarrado a una de las cuatro orejas que debió cortar a su lote, se medio salvó de su ya largo naufragio.
Como tampoco debe pasar desapercibido el verdadero suceso de la feria, que fue el triunfo indiscutible, de seis orejas, del novillero extremeño José Garrido en la matinal del viernes. Sólo el y Hermoso de Mendoza, en la amable celebración de las bodas de plata como jinete de alternativa, han logrado este año abrir la puerta grande de Bilbao, aunque lo de Garrido tuvo tintes realmente "extraordinarios".
Hacía mucho tiempo –¿desde El Juli en el 98?– que no se veía a un novillero lidiar seis utreros en solitario con tanta capacidad resolutiva, con tanto fondo de valor y repertorio y con tanta brillantez como lo hizo Garrido ante una plaza semi vacía pero que no le mermó la moral para confirmarse no sólo como líder de la novillería sino también como un inmediato proyecto de matador de toros con futuro.
Por ahí precisamente deben ir los tiros, por la vía de la renovación y del refresco del escalafón, para sacar al toreo de este evidente y lánguido anquilosamiento. La feria de Bilbao ha sacado a la luz muchas de las lacras del negocio que, beneficiando a unos pocos, perjudica al futuro de todos.
Es hora de cambiar las caras y los nombres de los carteles, y de dar sitio a quienes están más que preparados para ofrecer un espectáculo mucho mejor que el visto ante tantos toros de triunfo como han salido este año al ruedo vizcaíno.
Ayudar al toreo, y más en estos tiempos críticos, es reconocer y denunciar estas perjudiciales evidencias, y no taparlas o incluso cantarlas como glorias por aquello de que hay que ser "constructivo" en un momento tan delicado para la Fiesta. Pero, ¿constructivo con quién? Desde luego no con quienes se están dedicando a hundirla desde la propia sala de mandos.
Noticias Relacionadas
Comparte la noticia