Desde el barrio: Una de valientes
Martes, 19 Ago 2014
Bilbao, España
Paco Aguado | Opinión
La columna de este martes
El toreo, por mucho que haya tanta gente que, incluso desde dentro, se empeñe en denigrarlo, está plagado de valientes. Valientes, por supuesto, para enfrentarse al toro, pero también hombres de íntegro carácter forjado ante las astas y la dureza del oficio para afrontar ejemplarmente los retos y las situaciones más complejas y duras que plantean a diario la propia vida y la confusa sociedad de nuestro tiempo.
Porque valientes, heroicos valientes, son los ocho novilleros que llevan dos semanas en huelga de hambre a las puertas de la Santamaría de Bogotá para plantar cara al nepotismo y a la demagogia de un nuevo cacique colombiano, similar a los que, indios, españoles o criollos, tiranizaron aquel país durante siglos, por mucho que éste se adorne con las plumas del humanismo y la modernidad.
Esos ocho valientes, esos ocho chavales que ya saben de la dureza de los pitones y que ahora han osado retar al "demócrata" y antiguo terrorista Gustavo Petro, tienen nombres y apellidos. Y conviene dar su relación por si algún día hubiera que pasar lista en las filas del escueto escuadrón de defensa de la Fiesta.
Se llaman Alfredo Peña, José Luis Vega, Andrés Castillo, Diego Alejandro Torres, David Rodríguez, Wilmar Villamil y Omar Rodríguez. Y están pasando fatigas para dar ejemplo, para recibir si acaso un tímido apoyo de quienes seguimos enfrascados en la cuitas recurrentes del día a día de la temporada española, pero que no llega para compensar el desprecio, cuando no la violencia en forma de gases y piedras, que están recibiendo por parte del tirano Petro y de los "civilizados" animalistas de la capital colombiana.
Que conste en acta, y en la memoria, su valor generoso, su gesto de lucha y firmeza en un tiempo de desidia y pasos atrás. Como debería constar el valor inquebrantable de El Soro, reaparecido en los ruedos el pasado domingo en Játiva tras atravesar un durísimo desierto de veinte años, casi cuarenta operaciones y una vida destrozada.
"Era un montón de escombros, en lo físico y en lo síquico", ha reconocido el explosivo torero de Foios, que como un Robocop torero, ha vuelto a torear, a vestirse y a sentirse vivo ante el toro con una pierna biónica que incluso le ha permitido banderillear.
Su historia de superación personal, su fe en sí mismo para reconstruirse pieza a pieza como torero y como persona han estado muy por encima de las reticencias, la falta absoluta de credibilidad del mundo del toro y el sordo desdén de cuantos le arramblaron al rincón del ostracismo con una cínica condescendencia.Sólo él, apoyado por su antigua pareja, su novia de adolescencia, ha creído en sí mismo para hacer renacer el "sorismo", aquella religión de huertanos que hacía vibrar los cimientos de la plaza de toros de Valencia en los ochenta.
El Soro ha vuelto y quiere seguir toreando para hacer más grande si cabe su propio milagro. Su valor íntimo pide a voces recias, y de una puta vez, un gran reconocimiento público por parte de unos medios de comunicación que ya no miran hacia el toreo para encontrar los grandes y más patentes ejemplos de pleno humanismo que necesita esta sociedad desnortada.
Y aún hay más valientes, hombres de descarnado coraje para asumir las más demoledoras situaciones, para mirarle a la cara a la muerte, igual que cuando la desentrañaban en los ojos y en los pitones de los toros.
Sin pregoneros ni heraldos negros que lo difundan, saltando calladamente, casi secreta, entre celulares y tablets, hace unos días corrió por el toreo la tremenda noticia que su propio protagonista soltó entre la vorágine de la temporada como una carga de profundidad.
Pepe Luis Vargas, aquel valiente de Écija al que la sangre de su propia femoral le saltó al rostro sobre el albero de La Maestranza, escribía esto en las redes sociales la pasada semana:
"Me han comunicado los médicos hoy que tengo un cáncer y que tengo un año de vida y yo os quiero comunicar que no pasa nada. Dios me ha dado muchos años de Felicidad, gracias por vuestra amistad y cariño. ¿Qué hago ahora?"
Si nada lo impide, un cáncer de pulmón y no el diamante de aquel "Espanto", de Joaquín Barral, será quien acabe definitivamente con la vida de este honrado y maltratado torero de Écija que, como otros muchos valientes, pelea ahora por inculcar a los raros jóvenes que quieren ser toreros los valores de una filosofía de héroes de otro tiempo.
Acostumbrado a pasarse la guadaña de la parca por la faja y por el alma, Pepe Luis Vargas ha escuchado ya el clarín del último cambio de tercio de su vida. Y se dirige paso a paso, calmado y sereno, a enfrentarse al marrajo ilidiable de su destino. Con la torería de siempre, dando ejemplo de entereza. Otro más...
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