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Ruedo: El camaleónico Padilla

Miércoles, 19 Feb 2014    México, D.F.    Heriberto Murrieta | Opinión   
La columna de este miércoles en Récord
La propuesta llameante de Juan José Padilla nunca pasa inadvertida, divide las opiniones y despierta la polémica. El domingo pasado en la Plaza México, durante la última comparecencia del jerezano en la temporada, vimos a un torero que da espectáculo y sabe actuar por distintos palos. Puede ir del tiento solemne a la bulería jubilosa, todo depende del toro en turno y el estado de ánimo suyo y el del público. Padilla se pregunta: ¿qué curso lleva la corrida?, y entonces decide qué procede.

Con el quinto toro de La Soledad, el camaleónico Juan José bajó las revoluciones y encontró en el toreo de capote un remanso de armonía, demostrando que sabe manifestarse con despaciosidad. Se apaciguó en unos lances soberbios, mecidos y templados, acompañando cadenciosamente las embestidas. La rúbrica de la media verónica fue de gran belleza.

Minutos después, intentó ejecutar un pase afarolado de rodillas en el centro del ruedo (más tarde explicaría que no pensaba iniciar la faena de esa manera pero que en la última fracción de segundo llegó a su mente la idea relampagueante de hacerlo así). El caso es que adelantó un poco la suerte al pasar la muleta por encima de la cabeza, venció el cuerpo hacia atrás y quedó a merced del toro, que le propinó una paliza de órdago. Los derrotes pasaban como navajazos. Uno muy violento nos hizo recordar automáticamente otro momento de escalofriante apremio de este sobreviviente del toreo.

Sangraba pero, ¿qué son dos pequeñas heridas en el labio y la barbilla para un guerrero curtido en la dureza de tremendas batallas, el hombre que cautivó al mundo por su voluntad inquebrantable ante la adversidad y el dolor?

Entonces, sin afligirse ni mirarse la ropa, convertida la camisa en largas tiras de tela, sacó fuerzas del incidente y se levantó para realizar una faena de arrebato, meteórica, de entrega total. En medio de aquella vorágine, surgieron muletazos de fuerte carga emotiva que llevaron al paroxismo a los espectadores reunidos, por desgracia en bajo número, en el gigantesco embudo metropolitano.

El hombre que ha hecho de un parche su distintivo y de la bandera pirata su buque insignia; el recio combatiente al que distingue el viril sello del pundonor, dio la vuelta al ruedo con una de las orejas del toro que le perdonó la cornada, último pasaje digno de recordarse de una jornada maratónica en plena recta final de la campaña. Tres horas con 54 minutos duró la función. Es demasiado. Eso no puede ser.

Nuevo récord

El domingo pasado, Cristhian Sánchez llegó a 60 salidas al tercio en la Monumental Plaza México. Difícilmente otro subalterno tiene esa marca en la historia del coso metropolitano.

Aparte de bregar muy bien a los toros, suele clavar de manera espectacular, saliendo siempre con limpieza de los embroques.

Cristhian Sánchez Granados nació en Tlalnepantla, Estado de México, el 28 de septiembre de 1981. Tiene 32 años de edad. Es hijo, sobrino y primo de banderilleros: hijo de Adolfo Sánchez, sobrino de Carmelo Sánchez y primo de Marco Antonio Dones, hijo de una hermana de su padre.

Fue Adolfo quien le enseñó la técnica, el gusto y el respeto por la profesión. La primera vez que asistió a una corrida de toros fue en la plaza de La Florecita, allá por los rumbos de Ciudad Satélite. Debutó en la Plaza México el 11 de enero de 2002. Ha actuado bajo las órdenes de Zotoluco, Federico Pizarro, Jerónimo, Alfredo Gutiérrez, Joselito Adame, Diego Silveti y El Payo, entre otros. Está casado y tiene tres hijos: Adolfo, Julián y Romina. Enhorabuena.


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