Desde el barrio: La promoción y la desidia
Martes, 07 May 2013
Madrid, España
Paco Aguado | Opinión
La columna de este martes
La ha armado gorda Alejandro Talavante con su anuncio de televisión. Por primera vez en la historia del toreo español, un matador de toros ha decidido anunciarse en las principales cadenas con un spot que sólo pretende promocionar un evento que no lo necesitaba de puertas adentro, y de paso también la propia fiesta de los toros.
Fuera del estrecho cauce de los medios especializados, la publicidad de un torero se presenta como un mensaje fresco y auténtico frente a la superficialidad de tanto anuncio de perfume, de las onanistas divagaciones de los de automóviles o de las chorradas pretendidamente tiernas de las agencias de seguros.
Que, en la light y adormecedora "caja tonta" de nuestros días, un spot hable de valor y de cicatrices, de responsabilidad y de gestas heroicas supone una sacudida de las conciencias de los hipnotizados televidentes. Por eso mismo, aunque aún no se ha emitido en esas grandes cadenas, no hay que ser muy sagaz para saber que, presente en horas de máxima audiencia, el mensaje de Talavante va a provocar un sinfín de críticas entre los dictadores de la nueva moral.
Y no podía ser menos. Por el objeto y el protagonista del anuncio, pero también por su director, por ese mensajero de la realidad que se llama Agustín Díaz Yanes, tan amante de México y del toreo, tan crudo en su desnuda visión del mundo. Merecía la pena su esfuerzo, porque a esta sociedad idiotizada le hacen falta unas cuantas bofetadas como la de este anuncio para devolverle a su secuestrada esencia.
Ahora sólo le queda a Talavante estar a la altura de tan llamativa y pionera promoción de sí mismo. Sabe que su anuncio fijará la atención no sólo de los aficionados taurinos sino también de una inmensa mayoría de ciudadanos y de medios de comunicación que, levantada tan espectacularmente la liebre, van a seguirle la pista hasta que se meta al perdedero.
Y es asó como, de resolver con éxito la durísima papeleta de los seis "victorinos", su carrera puede salir del reducido cerco de lo taurino para colocarse en el escaparate gigantesco de los mitos mediáticos, adonde tan pocos toreros han entrado a lo largo de la historia.
Pero, pase lo que pase, ese gesto añadido de gastarse unos cuantos de cientos de miles de euros para promocionar tanto el toreo como a sí mismo, en un coto vedado a lo taurino, es ya de por sí una gesta, tanto o más relevante, que la de matar seis cárdenos en Las Ventas. Y más aún si se tiene en cuenta la sempiterna ruindad del mundo del toro a la hora de plantearse objetivos como estos fuera del corralito.
Hace años que las mentes más sensatas vienen clamando por una urgente y necesaria promoción de la Fiesta entre la sociedad, por entrar bien armados en ese campo de batalla mediático en el que perdemos todas las guerras. Pero no hay manera de que, precisamente, quienes más beneficios sacan de este negocio se gasten un solo duro en políticas de futuro e imagen.
Sin ir más lejos, el inmediato ejemplo de la feria de San Isidro es una prueba palpable de esta enquistada mentalidad. Tras perder un total de 2 mil 716 abonados, "cautivos" que hartos de estar hartos han empezado a romper las cadenas del que hasta no hace tanto fue considerado un privilegio, nadie desde la empresa multicefálica parece haber reaccionado a tiempo, con la conciencia de que un nuevo panorama social y económico obliga a buscar fórmulas de organización distintas a las rutinarias.
Y, mientras la Comunidad de Madrid ingresa cínicamente en sus arcas el desorbitado canon que está llevando la plaza casi al abandono, la publicidad de la feria brilla por su ausencia en las calles y en los bares de la capital, igual que ha sucedido en los festejos de lo que va de temporada que se han celebrado casi en el anonimato.
Por su parte, el abonado, o el que aún ha pretendido serlo, se ha visto sometido a un maltrato propio de la España de otros tiempos. Según se han manifestado en las redes sociales, quienes han buscado abonarse o encontrar entradas sueltas entre esas más de 2 mil 500 que han quedado sin dueño, han tenido que sufrir colas de varias horas o se han desesperado intentando adquirirlas por un inoperante servicio de Internet.
Así las cosas, y entre tanto laberinto de desdenes, la feria de San Isidro y la propia plaza de Las Ventas siguen cayendo en una profunda decadencia. Y, víctima del anticlima, es de prever que esta feria que comienza no haga sino pronunciarla.
Ha tenido que ser un torero, apoderado curiosamente por la propia empresa, quien se haya echado p’alante, y gastándose tal vez una cantidad similar a la que ganará por su gesta, para darle indirectamente algo de proyección social a una feria que se agota por el silencio, la monotonía y la desidia de quienes más provecho le sacan.
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