Conocí a Antonio por Fran. Y conocí a Fran ayudándome a pelear por un toro que un pequeño presidente de plaza quería echarme atrás. Ambos eran apoderados de Román, y el menor acompañaba al valenciano a torear a las faldas del Chimborazo –a ese toro, finalmente no rechazado, le cortaría su torero las orejas pocas horas más tarde–.
De ahí, y debo dejarlo escrito de una vez, pasó a ser nuestra familia en España y es desde ese cariño que le escribo.
Antonio fue un hombre fino, con tanta clase en la vida, como la que tuvo su hermano toreando. Cometo el sacrilegio de decir que Antonio fue mejor que el extraordinario torero que fue Curro. Y lo fue por poder estar a la sombra del hermano de su corazón, porque el amor por su sangre valió más que su necesidad de brillar por sí mismo.
Dejó luego el camino de empresario y apoderado exitoso, cercano a Simón Casas y Enrique Patón, para volver al campo y cuidar a los toreros que apoderaba Curro. Y fue en ese campo, y en su sublime cuidado por el toro de sus toreros, donde se ganó la admiración y el cariño del toreo.
Vivió en Perú una de sus épocas doradas. Toreaba cuneros con su íntimo Raúl Aramburú, con el viejo de los Bullard, con Tizón y los ganaderos Puga. Fue exitoso en sus negocios y regresó a España a invertir lo ganado. El toro, otra vez el toro, y la crisis, se lo quitaron todo. Solo que, como venía de una vida austera, no sufrió por volver a ella. Y en el mundo taurino encontró nuevamente su querencia.
Los taurinos sintieron por él una combinación entre cariño, respeto y temor. Su exquisita educación y clase, podía convertirse en embestida encastada si alguien osaba comprometerse con su gente o sus toreros.
Sólo que ese carácter era la envoltura de una sensibilidad inquietante: por las artes, por el alimento sobrado de sus vacas limusinas o por las plantas de su casa, esas que seguro añorarán la mano cariñosa del hombre que nació, vivió y murió en una historia de novela de ficción.
Para quienes amamos la historia reciente del mundo del toro, era fascinante recoger sus anécdotas con Ordóñez y Luis Miguel, su cariño casi filial por Antoñete o su pública admiración por Morante. Fue un privilegio escuchar sobre su vida cerca de Manzanares padre o de tantos ganaderos que, en las últimas décadas, confiaban en su opinión tanto como en las suyas propias.
Sólo que su corazón era "aguadista". Y es que Pablo fue quien le sacó sus últimas lágrimas en público, en Aranjuez, en el Puerto o en esta Feria de San Miguel. Recibí entonces una llamada suya, con la voz quebrada, diciéndome que nos lo habíamos perdido, que no nos imaginamos lo que fue, que lo había vuelto a hacer.
Ese Pablo que toma un avión desde el Perú taurino para homenajear a ese hombre del que dice: "Lo que ha peleado por mí… No encontraré un taurino igual".
Y regresa Aguado para acompañar a Fran, un hermano que no tiene hermanos, que, como hijo único, fue el amor y la admiración del padre. Sólo Mattris, esos nietos por los que perdía hasta la voz, pudieron superar ese amor.
Ya no acudirá los jueves a la comida en el Tony de Madrid, no verá más toros en el campo, ni peleará más por sus toreros. Sólo la muerte pudo apartarlo de lo que fue.
El mejor de los Vázquez dejó este mundo, y yo tuve la suerte de verlo torear en los Andes, con la misma clase con la que estará fumando un pitillo con Josemari y Antoñete, esperando acompañar desde ahí los pasos de su extraordinario hijo y sus maravillosos nietos.