Hubo un tiempo en que don Nacho García Aceves programaba en "El Progreso", el céntrico y asolerado coso tapatío, además de sus temporadas tradicionales de corridas y novilladas, una corta serie de festejos mayores que denominó Feria de Octubre. Y en las dos primeras campañas mexicanas de El Cordobés, una seguidilla similar a principios de febrero, también en días consecutivos. Y todo ello con la plaza normalmente llena y el entusiasmo a tope.
La feria de octubre de 1971 tenía como aliciente principal la reaparición en el país de Luis Miguel Dominguín, que fue el único espada anunciado en dos de las tres tardes previstas para los días 10, 11 y 12 de un mes cuya radiante luna llena afamó conocida canción ranchera. En la corrida del lunes 11 alternaba Luis Miguel con José Huerta y Antonio Lomelín en la lidia de un encierro zacatecano de José Antonio Llaguno (Torrecilla). No es curioso recordar que, dos decenios atrás, el madrileño se había presentado en la Plaza México con ganado de la misma sangre de encaste Llaguno, y que alcanzó con "Pajarito", de San Mateo –la vacada hermana de Torrecilla– un éxito apoteósico.
Cara lección de Joselito Huerta
La historia de la corrida de referencia se resume fácilmente: Joselito Huerta, que estaba en espléndida forma después de un año de pena convalecencia tras la cornada casi mortal de "Pablito", de Reyes Huerta (30-11-68), cortó las dos orejas de su primer toro (hubo petición de rabo), y una más del quinto del encierro; sus alternantes, en cambio, no cortaron nada, si bien Dominguín fue llamado a dar la vuelta al ruedo a la muerte del cuarto. Evidentemente, el mejor lote se lo llevó el León de Tetela y lo aprovechó a cabalidad. Historia concluida.
Pero en el mundo de los toros las cosas no ocurren tan esquemáticamente. Y a la hora de contarlo, un cronista tan avezado como Pepe Alameda, sin llevarle la contraria a lo evidente, eligió como cuestión central de su relato a Luis Miguel Dominguín, considerando sin duda que el controversial diestro estaba anunciado para reaparecer en la Plaza México en uno los primeros carteles de la inminente temporada grande.
Alameda aún ignoraba, como todos, que el madrileño iba a pretextar una lesión en la mano para quitarse del Derecho de Apartado, y que jamás volvería a pisar la arena capitalina. Pero antes de su deserción, la promoción intensiva al menor de los Dominguines era esencial para la empresa, a fin de motivar a la legión de neoaficionados cuya memoria no iba más allá de El Cordobés.
Dos versiones y una confesión
El caso es que Pepe Alameda, en su breve crónica para El Heraldo de México, dedicó más espacio a Luis Miguel que a Huerta desde el párrafo en que resumió la corrida: "Joselito Huerta, dos toros buenos y tres orejas. Luis Miguel Dominguín, un toro malo y otro bueno, para vuelta al ruedo. Antonio Lomelín, dos toros malos y ovación en el último."
A continuación su relato de la actuación del triunfador de la tarde, sin regatearle méritos pero sin ditirambo. Veamos:
"Claro está que no basta con que los toros sean buenos, hay que saber aprovecharlos, y Joselito Huerta midió magistralmente a los dos que le deparó la suerte, tomándoles la medida y la distancia con una precisión casi matemática.
Siendo buenos los dos, era mejor el primero. Series en redondo, rematadas con los de pecho. Pausas entre cada serie, tan medidas como los pases. Faena sabiamente dividida en períodos, como con puntos y aparte. Estructura armoniosa de la buena prosa y el buen toreo. Y algo parecido en el otro. A uno lo mató a la primera, al otro de pinchazo y estocada. Dos orejas de aquel y otra de éste. Tarde completa". (El Heraldo de México, 12 de octubre de 1971).
Se percibe la necesidad de una crónica de emergencia y sin adornos, un texto breve para ser remitido cuanto antes a la redacción del periódico. Comprensible la brevedad. Hasta aquí, todo en orden, pero… ¿opinaremos lo mismo luego de leer lo escrito por Alameda sobre Luis Miguel? Hagamos la prueba:
"Luis Miguel ha vuelto a los toros con mejor saber que antes. Los grandes toreros se apoyan menos en las facultades físicas y ganan invariablemente en calidad. Luis Miguel tuvo de primeras un toro áspero, que hubiera traído de cabeza a más de cuatro jovencitos. Y lo lidió con tanto desahogo que yo diría que resultó contraproducente para él, porque la mayoría del público no se dio cuenta de las dificultades del toro.
El cuarto, en cambio, se dejó torear. Una faena de gran empaque y en ocasiones de muy buen temple. Faena sabia, porque graduó a la perfección cuándo debía llevar la muleta alta para ayudar al toro, y cuándo debía bajarla para dar hondura al pase. Lo cual sí fue perfectamente entendido y vitoreado por el público.
Entró a matar con gran estilo, a volapié, y dejó la estocada en lo alto pero ligeramente tendida, y el toro tardó en doblar. La gente no quería que intentara el descabello para poder darle la oreja, pero él lo intentó, fallando en tres ocasiones. Hubo para Luis Miguel vuelta al ruedo y salida a los medios." (íbid).
Eso fue lo que Pepe Alameda dijo de cada torero, el que triunfó rotundamente y el que se asomó al éxito sin poder concretarlo. Curiosamente, con mayor interés y cercanía al segundo que al primero. Y con la habilidad periodística de destacar a quien representaba mayor novedad para el lector… y mayor interés para las empresas que lo contrataron, empezando por la de la capital de la república.
Otro tenor tiene la crónica publicada en La Afición por su redactor taurino Guillermo Salas, presente también en Guadalajara para ocuparse de aquella Feria de Octubre. Veamos:
"La segunda combinación fue el lunes con otro bien presentado encierro de Torrecilla, menos corrida que la de San Mateo, mas una buena moza. Cuatro toros embistieron bien, dos no se dejaron hacer monerías, los de Antonio Lomelín. La tarde la iluminó Joselito Huerta: brilló esplendorosamente y opacó todo a su periferia.
Al toro boyante, al toro bueno, faena torerísima, siempre en su sitio, sin un muletazo de más ni de menos. Una faena de gran torero. Y al toro al que había que exponerle para poderlo torear, trasteo de maestro, de gran sabiduría. Si había que dejarlo corto, lo dejaba, y si había que largarlo, así lo hacía. Un dechado de torerismo. Y cuando hay entrega y magisterio, el arte surge con toda naturalidad. En la segunda corrida, Joselito lo fue todo.
Dominguín, con su primero, toro con raza, anduvo aprovechando sus conocimientos para esconder su falta de entrega y condición física. Aunque las ruinas de Roma siguen mostrando lo que fueron.
Con el otro, un toro boyante, noblote y suavísimo, trasteo en el cual se acopló hacia el final. Muletazos técnicamente perfectos, pero el castaño se merecía una faena sin dar tanta coba con muletazos a media altura cuando el toro iba superiormente si le echaban el engaño abajo. ¿Y en el primero de la tarde, no merecía el público asistente que Luis Miguel le expusiera un poco? Muy buen torero, pero sin desquitar los muchos dólares que se lleva.
Lomelín anduvo mal y de malas (…) El tercero no tenía un pase. Anduvo valentón nada más. Con el sexto, otro toro que al final se dejó dar pases, Antonio dibujó algunos derechazos buenos, pero no más." (La Afición, 14 de octubre de 1971).
Existen suficientes coincidencias entre los dos relatos –el de Alameda y el de Salas– para permitirnos "revivir" lo fundamental de la corrida. Sólo difieren en sus divergentes puntos de vista sobre al desempeño de Luis Miguel, mimado en un caso y cuestionado en el otro, aunque ambos reconozcan la jerarquía del madrileño.
La confesión de que se habla arriba surgiría cuando otro escribiente, Francisco Lazo, al referirse a un mano a mano sostenido poco después en Tlaxcala por José Huerta y Manolo Martínez (02-11-71), calificó de porra probablemente pagada a los malquerientes del regiomontano agrupados en cierta zona del tendido, mismos que, a juicio de dicho redactor, le facilitaron el triunfo a Huerta, quien cortó las orejas de un toro de Reyes Huerta, el primero de ese hierro que lidiaba después del malhadado "Pablito".
A la insinuación de que todo pudiera haber sido manipulado por el poblano respondió éste acudiendo al cronista del ESTO en busca de una rectificación. Lazo exculpó totalmente a Huerta, aduciendo que nunca quiso dar a entender su participación en algo indebido, ya que por José pondría "las manos en la lumbre para responder por tu calidad de hombre decente"; en cambio, sostuvo su punto de vista de que la faena premiada de Tlaxcala no era para tanto, tomando como punto de comparación su soberbia actuación en Guadalajara la tarde en que se merendó a Luis Miguel.
El comentario de Huerta a lo anterior fue lacónico pero ilustrativo: "Debes tener en cuenta que no siempre hay inspiración", reconoció. Lo que además de validar su franqueza pone de relieve el verdadero nivel de su gran actuación en la Feria de Octubre de 1971 en "El Progreso" tapatío.
Y quizás, también, las molestias que ya le aquejaban y que al cabo de pocos días obligarían a practicarle una neurocirugía de emergencia en una clínica especializada de Zúrich, Suiza, para salvarle la vida in extremis a raíz del agravamiento de un aneurisma, dolencia que hizo crisis cuando participó José en otra corrida de la misma feria tlaxcalteca (07-11-71).
Lo que siguió fue una muestra más del estoicismo indígena del torero de Tetela, que en menos de tres meses volvió a vestirse de luces, arrimarse a los toros y, en el mejor sentido, darles la lata a los alternantes, que tuvieron que aguantarle la embestida por dos temporadas más.