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El toreo académico

Sábado, 17 Oct 2026    CDMX    Antonio Casanueva | Foto: Archivo   
"... Necesita una crítica exigente y honrada..."
En varias ocasiones he insistido en que uno de los males que aquejan a la tauromaquia mexicana es la coba. Se trata de una alabanza exagerada que, a diferencia del elogio sincero, carece de sustento. La coba alimenta la autocomplacencia y termina por impedir que toreros y ganaderos reconozcan sus propias carencias. La reciente actuación de Héctor Gutiérrez en Madrid me confirma la vigencia de esta preocupación.

Rafael Cué, en El Financiero, consideró que Héctor merecía una oreja y atribuyó la frialdad de los tendidos a ciertos aficionados madrileños. Otros cronistas ofrecieron una lectura distinta. Ojalá me equivoque, pero temo que algunos allegados al torero prefieran culpar al público de Madrid antes que preguntarse qué le faltó a su actuación.

Una de las apreciaciones más equilibradas se la escuché a Heriberto Murrieta durante la transmisión de la corrida en Al Toro México. Calificó el toreo de Héctor como "académico". La expresión me pareció afortunada: describe un toreo técnicamente correcto que, pese a sus cualidades, no consigue emocionar. Como esos profesores que conocen su materia y explican con pulcritud, aunque sus alumnos corren el riesgo de aburrirse.

Héctor fue el triunfador de la Copa Chenel y se ganó su sitio en un cartel de enorme importancia. En Madrid dibujó naturales de gran calidad y dejó una excelente estocada. Sin embargo, la crítica española nos ayuda a valorar la actuación del hidrocalido en justa proporción. Patricia Navarro, en La Razón, destacó una tanda excepcional que no volvió a repetirse; Zabala de la Serna, en El Mundo, describió una faena que terminó en un tono plano; y José Ignacio Galcera, en Aplausos, observó que, cuando necesitaba romper, quedó suspendida. Hubo grandes muletazos, pero faltó una faena que levantara la emoción de los tendidos.

La técnica es indispensable para torear, pero no basta para conmover. Un torero puede ejecutar los pases con elegancia, ajustarse a los cánones y dejar indiferente al espectador. Algo semejante ocurre con la música: un violinista puede tocar todas las notas de una partitura con precisión y no transmitir emoción alguna. Otro, interpretando la misma obra, nos cautiva porque la ha hecho suya y tiene algo propio que expresar.

Recordemos a Lorenzo Garza, cuya personalidad y concepto propio transformaron el toreo de su época. En su magnífico libro Cartas a un joven poeta, una obra que todo joven torero debería interiorizar, Rainer Maria Rilke reflexiona sobre la autenticidad del artista. Para Rilke, la creación artística responde a una necesidad interior. En el toreo, esa exigencia aparece cuando el dominio de la técnica permite expresar una personalidad reconocible que conmueva al público.

Sería injusto atribuir toda la frialdad de Madrid a Héctor. Los toros fueron sosos, de escasa transmisión, y es cierto que algunos cronistas españoles coincidieron en que el público no valoró sus mejores muletazos. Pero reconocer esas circunstancias no significa convertirlas en una justificación de la falta de triunfo. Para que un torero mexicano abra la Puerta Grande de Las Ventas necesita seducir al público con su toreo. Y ese arrebatamiento no consiste en recurrir a desplantes ni en provocar emociones artificiales, sino en expresar algo propio y conseguir que los tendidos se entreguen a su toreo.

Héctor tiene condiciones, oficio y mucho por crecer. Por eso necesita una crítica exigente y honrada, que reconozca sus méritos sin ocultar sus carencias. La coba convierte cada actuación discreta en un triunfo incomprendido y cada crítica en una injusticia. Así se malogran las carreras. A diferencia de lo que escribió Rafael Cué en El Financiero, yo sí creo que necesitamos que un mexicano abra la Puerta Grande de Madrid. Mientras nos conformemos con celebrar actuaciones correctas como si fueran grandes triunfos, difícil será que el gran público vuelva a llenar las plazas. México necesita figuras con personalidad, ambición y capacidad de conmover. La autocomplacencia nunca las ha producido.


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