La ganadería de Adolfo Martín le tenía deparado un triunfo a los toreros del cartel de hoy en Madrid, porque el ganadero de Galapagar echó una corrida muy interesante, de esas que emocionan y dan espectáculo al público, algo que en estos tiempos que corren sigue siendo fundamental.
Porque al final del día, las "corridas de toros" son eso: "corridas de toros", y se celebran en las "plazas de toros". Por tanto, los toreros deben enfrentar "toros" y es entonces cuando la Fiesta cobra su verdadero sentido. Luego ya dependerá quién haga quién y cómo.
Y si restar ningún mérito de lo que hacen los toreros, porque siempre merecen un respeto, luego hay que valorar su actuación delante del toro dependiendo del juego de éste, pues en ello consiste este difícil oficio del periodismo taurino, que navega en aguas a veces agitadas por el viento de la subjetividad.
Pero luego también existe la objetividad, aunque parezca una contradicción. Y si Antonio Ferrera abrió la Puerta Grande por su capacidad lidiadora, Román dejó ir un toro bravo, el segundo, y sólo ante el sexto alcanzó a estar, medianamente, a la altura de un mano a mano en el que el extremeño le pasó por encima con el lote que tuvo menos opciones de triunfar con claridad.
Ante el toro que abrió plaza, Ferrera se administró al percatarse que aquel ejemplar, vareado de carnes, de fea y desproporcionada cornamenta –era cornipaso– que le restaba trapío. Ese fue el único toro sin chispa de la tarde, y qué bueno que Antonio lo tumbó de un pinchazo y una estocada en menos de cinco minutos, consciente, quizá, que en los toriles le quedaban todavía dos morlacos más y no tenía caso extender una faena en Madrid con un toro de esa insulsa condición.
El segundo, "Aviador", negro entrepelado, tenía unas hechuras magníficas propias de su encaste –aunque más marcadas en Ibarra que en Saltillo– y desde que apareció en la arena anunció su definición: la de la bravura sostenida, esa que se apoya en la raza y que obedece los toques de muleta, pero que, por otra parte, no regala una embestida y exige que se le hagan las cosas por nota.
Román nunca lo vio claro a lo largo de una faena inconsistente, de muleta demasiado adelantada, utilizada la tela como defensa y no como una invitación a embestir, por lo que el toro de Adolfo Martín comenzó a imponer su ley, la de la bravura, que es algo muy serio cuando un toro tiene esa catadura y exhibe a un torero.
Y aunque hubo momentos de emoción, pues se mascaba el peligro en series con la mano derecha en las que el valenciano lo pasaba de muleta cargado de angustia, la que provoca sentirse un tanto a disposición de lo que mande "el de las patas negras". Una estocada tendenciosa no fue la mejor forma de darle muerte a un toro que se había entregado y hubiese esperado lo mismo del torero.
El tercero fue incierto de salida y no terminó de definirse hasta que Ferrera le echó los vuelos de la muleta suavemente al hocico para engancharlo con precisión. Y a partir de ahí la faena fluyó con la musicalidad del sentimiento de un torero con personalidad, que siente mucho lo que hace y lo proyecta libremente hacia el público.
Los naturales con ambas manos -porque casi toda la faena discurrió sin la espada- fueron a más, a la par del entusiasmo de un público receptivo a su forma de torear.
De esa manera consiguió Antonio someter al toro de Adolfo Martín y hacer crecer su trasteo, que emergió de la incertidumbre hasta consolidarse en una obra de toques tersos, plantas asentadas sobre la arena y barbilla encajada en el pecho.
Los olés se escucharon con la rotundidad que se escuchan en esta plaza, y aquello fue en aumento hasta la estocada, casi entera, que puso punto final a una labor plagada de expresión, que fue premiada con una merecida oreja.
El cuarto, que también tenía unas hechuras preciosas, "arremangado" de pitones, y reunido, fue otro de los toros importantes de la corrida en cuanto a transmisión se refiere. Y Román no la pasó bien delante de este "Aviador", otro cinqueño que salió de los toriles a ver quién era el guapo que le plantaba cara.
Como el valenciano sabía que no podía tirar por la calle de en medio, hizo el esfuerzo y tiró la moneda al aire más por obligación que por convicción, y tuvo la suerte de que el grueso del público no se puso a favor del toro, algo frecuente en esta plaza con toros de este tipo de ganaderías.
El de Adolfo Martín seguía la muleta hasta donde se la dejaban puesta, y luego rebañaba con ímpetu cuando la perdía de vista, por lo que Román se afanó en llevarlo sometido, a veces con la bamba de la muleta –con más poder de esa forma– otras más con el pico –con más ventaja de esa otra– en trazos angustiosos porque el toro sabía bien lo que dejaba atrás, pero también tenía una pizca de nobleza que afloraba cuando el torero le hacía bien las cosas.
En un pasaje de la faena pasó lo que tenía que pasar, el toro le echó mano y le pegó una fuerte voltereta, por fortuna sin consecuencias, salvo un fuerte golpe en la espalda baja, que no descolocó a Román, sino que lo impulso a seguir adelante hasta darle muerte de tres cuartos de estocada que le valieron el corte de una oreja para igualar el resultado de Ferrera, antes de pasar por su propio pie a la enfermería para ser revisado.
Cuando salió el quinto, el público estaba deseoso de ver salir a hombros a Ferrera, tal y como ocurrió en la pasada Feria de San Isidro con toros de esta misma divisa, y de nueva cuenta, el extremeño se tuvo que trabajar el triunfo desde abajo, construyendo otra faena repleta de oficio ante un toro que acabó entregándose por el pitón izquierdo cuando Ferrera lo toreó con suavidad para convencerlo a embestir.
A la hora de ejecutar la estocada lo hizo andando, desde la larga distancia, con ese estilo de matar tan heterodoxo y personal que le ha granjeado varios triunfos, y que en esta ocasión no le salió del todo bien, pues colocó una estocada contraria. Porque de otra manera, seguramente le tumba las dos orejas, que le hubiesen reportado un triunfo numérico todavía más abultado. Mas eso no sucedió debido al defecto de la colocación del acero, aunque le pidieron ese segundo trofeo que no llegó.
No obstante, y sin dar mayor importancia, Ferrera recorrió el amplio redondel de Las Ventas con una sonrisa en el rostro, y la satisfacción del deber cumplido, en una demostración de torero-lidiador, que hoy dejó de lado toda esa parafernalia de la huracana tarde anterior, y se dedicó a torear como mandan los cánones.
Con ese otro apéndice le bastó para abrir nuevamente en la temporada madrileña la puerta de la calle de Alcalá, en una demostración de capacidad y compromiso, el de un torero que a sus 48 años y con casi 30 de alternativa, derrocha una inmensa afición.
Román volvió de la enfermería y tuvo la buena suerte –tan difícil que suceda en esta plaza– de que le saliera otro cinqueño para consagrarse, llamado "Revoltoso", que de eso no tenía un pelo, porque sacó una nobleza extraordinaria, acompañada de clase, y la fuerza justa para permitirle al valenciano resarcir su falta de ambición, aunque sin estar del todo al nivel del toro.
A esas alturas de la corrida, el público ya había entrado en esa anticipada alegría de una doble Puerta Grande, y como Román ejecutó una buena estocada, no tuvo empaño la gente en pedirle la oreja para acompañar a Ferrera en la triunfal salida a hombros, la de dos toros que hoy consiguieron sendos triunfos con diferente cariz, en un mano a mano sin rivalidad, salvo con ellos mismos... y con su propia conciencia.