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Las "cordobinas" de Jesús en Madrid

Lunes, 14 Sep 2026    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | La Jornada de Oriente   
"...Su asombro ante la variedad de originales largas y serpentinas..."
Durante la década del 50, dos nombres sobresalen nítidamente entre los matadores mexicanos que comparecieron ante el público de Madrid: Jesús Córdoba y Juan Silveti; sólo que mientras el hijo del Tigre de Guanajuato cortaba en Las Ventas siete orejas a través de nueve presentaciones, Córdoba tuvo que conformarse con recorrer repetidamente el anillo, ovacionado con fuerza pero incapaz de obtener trofeos debido a sus deficiencias como estoqueador. Un inri que marcó constantemente su ambigua y desigual carrera.

Probablemente, la mejor tarde de Jesús en la Villa y Corte fuera la última de las siete registradas, coincidente con la reaparición de Luis Miguel Dominguín, que después de autoproclamarse el número uno ocho años atrás prácticamente renunció a torear más en la Monumental y prefirió confinarse en Vista Alegre, la alegre chata de Carabanchel, de la que era propietaria su familia y donde podía elegir a voluntad los alternantes y el ganado menos comprometedores, de acuerdo con su bien conocida política administrativa.

Tarde otoñal

Todavía no se armaba en Madrid una Feria de Otoño como tal, pero el 29 de septiembre del 57, la reaparición de Luis Miguel garantizaba el "No hay billetes" sin importar mucho el alza en los precios ni los alternantes, que eran el mexicano Córdoba y el catalán Joaquín Bernadó con una corrida del Barcial, del linaje de los patasblancas Vega-Villar de principios de siglo, vacada que ahora lidiaba a nombre de Jesús Sánchez Cobaleda.

Por delante salió Dominguín, cuyas martingalas no incluían, como en figuras posteriores, el rehuir el presunto lastre de abrir plaza. El madrileño se encontró de primeras con un berrendo de noble condición y anduvo con él muy a gusto –limpio, seguro y maestro– aunque sin encender las pasiones de antaño debido, probablemente, a lo despegado y fácil de su toreo. Buena faena, favorecida al final por el sobresalto de un inesperado achuchón al entrar a matar –el pitón se enganchó en una manga de su casaquilla y el revolcón fue de órdago–; doblar el toro y poblarse de blanco el graderío fueron una misma cosa, y el menor de los Dominguines paseó la única oreja de la tarde.

Luego, su porfía ante el protestón cuarto alcanzó fases interesantes hasta que la afearon varios desarmes, seguidos de ciertos alardes más bien chabacanos y de un pobre desempeño con los aceros, pese a lo cual Luis Miguel se recetó una vuelta al ruedo ruidosamente protestada y útil, por eso mismo, para alimentar la controversia, ambiente en el que se movía como pez en el agua.

Por su parte, Joaquín Bernadó, imberbe y aún sin cuajar, no pudo con el genio del tercero pero sacó a relucir su buena clase con el cierraplaza, por lo que a la muerte de éste, sobrero de Prieto de la Cal, lo llamaron a dar la vuelta al ruedo. Total, una excelente tarde de toros, pues Córdoba también había cuajado a sus dos toros y recorrido la periferia tras despacharlos.

El capote de Jesús

En un año en que solamente alcanzó a torear ocho veces en ruedos hispanos, no obstante permanecer toda la temporada en la península sin que las empresas lo tomaran en cuenta, Jesús Córdoba salió decidido a darlo todo en la primera plaza de España, que por otra parte siempre lo tuvo en buen aprecio. Y sin desmedro de dos templadas y armoniosas faenas de muleta, fue su capote la nota más alta de la tarde. 

Un hálito de sorpresa recorrió la plaza cuando el leonés lo hizo ondular suavemente en el quite que hoy conocemos precisamente como cordobina –especie de trincherazos ligados en sucesión por ambos pitones con los brazos cruzados al modo de la tijerilla para ofrecer a la embestida el envés amarillo del percal–; y en otra de sus intervenciones, resucitó el olvidado galleo de la mariposa, quebrando las acometidas con suave vaivén.

José Carlos Arévalo me comentó alguna vez su asombro ante la variedad de originales largas y serpentinas que Córdoba prodigó como remate de su opulenta variedad de quites en aquella su última tarde madrileña. Es lástima que la resonancia de la misma se haya inclinado por las discusiones en torno a Luis Miguel ya que lo taurina y estéticamente más valioso brotó ese día de la elegante naturalidad del capote y la imaginación de su alternante mexicano.

Lo que sí consta en las crónicas es que Jesús Córdoba pudo desorejar a sus dos astados porque además los muleteó por nota –con temple, clase y cadencia–, y fue el deficiente uso de la espada lo que, según su mala costumbre, redujo la recompensa a sendas vueltas al anillo. Todo lo cual lo confirmaba como torero de Madrid… aunque no haya podido tocar pelo en ninguna de sus siete comparecencias venteñas, con la rara circunstancia de que en todas recorrió la periferia en triunfo (relativo) sin haber cortado apéndices, excepto la vez que resultó levemente herido y sólo pudo estoquear un toro (20-05-54).

Crónicas

Para empezar, El Ruedo menciona que "La cinco toros de "Barcial" que se lidiaron tuvieron más facha que peso (pero aun así) su presencia en el ruedo no despertó el más leve rumor de protesta (en cambio) cuando a la salida del tercero, el animalito cojease ligeramente, la repulsa fue tan pronta como enérgica (…) El sustituto, de Prieto de la Cal, lidiado sexto, fue un buen toro, sin duda el mejor de la tarde (…) Los de "Barcial", pesados en canal, dieron en promedio 270,6 kilos, ciertamente escasos (...) Apagados en general, destacaron el primero y el quinto." (El Ruedo, octubre 3 de 1957)

Más actualizado, el ABC sí reportó el kilaje en pie de la corrida; por su orden de salida dieron  445, 452, 455, 450, 450 y 495 (el de Prieto de la Cal). Encierro más ligero que fuerte, más soso que encastado y más dócil que bravo.

En la misma crónica, firmada por Emecé, El Ruedo elogia sin reservas a un Luis Miguel poco menos que perfecto, según su punto de vista: "Todo medido, Todo a compás (…) Así en el primero como en el cuarto, apenas se notó la presencia de sus subalternos (…) Toreó con quietud y con temple. Banderilleó con agilidad y soltura (…) Y con la muleta una faena justa, llevando siempre al toro muy toreado. Ni un pase de más ni uno de menos; y bien ligados todos, así con la derecha como con la izquierda (…) Entró a matar con decisión y con fe y dejó la espada en lo alto. El de "Barcial" le cortó la salida y Luis Miguel salió derribado y pisoteado (...) La petición fue unánime y el fallo fue la concesión de la oreja de "Cara de Rosa", número 97, berrendo en negro (…)  Al cuarto lo banderilleó también (…) La primera parte de la faena, al doblarse con valentía, tuvo emoción (…) El de "Barcial", al perder fuerza, empezó a defenderse y a echar la cara arriba, y ya la faena no tuvo el mismo tono (…) Varios desarmes la deslucieron (…) recurrió a las manoletinas, a los adornos y al desplante (…) Un pinchazo, media estocada defectuosa y descabello al tercer intento (...) En los tendidos estallaban las discusiones (pese a lo cual) Luis Miguel dio la vuelta al ruedo.

Sobre la labor del mexicano, el mismo cronista expone: "Con un poco más de acierto con la espada, Jesús Córdoba, el buen torero mejicano, hubiera redondeado su tarde en Las Ventas. Porque torear toreó muy bien, así con la capa como con la muleta. Con elegancia, con fino estilo, siempre desde muy buen terreno y mejor con el quinto que con el segundo. 

En el quinto (…) dio pases excelentes con ambas manos –muy buena la última tanda con la izquierda—(…) Los adornos de rodillas fueron entonados, y ya tenía al público propicio para la recompensa cuando de nuevo falló con el estoque (…) No obstante, a la muerte de ambos dio la vuelta al ruedo en medio de prolongada ovación. Era un premio resumen, porque Córdoba estuvo toda la corrida muy torero y realizó tres quites garbosos: uno por chicuelinas, otro una especie de galleo y un tercero por navarras rematadas con una larga. Actuación muy lucida, en fin.

Joaquín Bernadó es la vez que ha pisado más fuerte en Las Ventas. Le tocó un toro difícil de "Barcial" y uno bueno de Prieto de la Cal, lidiado último (…) En el primero, al intentar un natural resultó empitonado y pisoteado (…) Al sexto, después de torearlo bien por verónicas, le hizo una faena muy completa en la que lució sus buenas maneras (…) Dejó buen sabor y entre grandes aplausos dio la vuelta al ruedo." (El Ruedo, íbid)

Menos complaciente en sus apreciaciones, Selipe encabezó su crónica en el ABC con una frase –"Más facilidad que hondura"- que encierra en sí misma su primera crítica a la actuación de Luis Miguel González Lucas, casi un decenio alejado de Las Ventas y antecedida su reaparición por un diluvio publicitario: "Pueden pensar los aficionados, y lo piensa el crítico, que cuando se tardan ocho años en volver a una plaza como la de la capital de España (…) para la más digna solemnidad de la reaparición debe disponerse de una corrida con trapío y cuajo; ni lo uno ni lo otro poseían las reses de Barcial elegidas al efecto por el “manager” del discutido diestro (...) Adolecieron además las reses, a las que no llamaremos toros, de tierna juventud y de falta de casta (…) El sobrero de Prieto de la Cal, tan suave como el primero de los astados corridos, superó a éste en  ímpetu y alegría y constituyó la excepción de la falta de ardor que fue el denominador común de los toros salmantinos de Sánchez Cobaleda (...) los cuales pasaron por el tamiz público sin protestas, acaso por la deformación visual que causan las pintas varias". (ABC, 1 de octubre de 1957)

El mismo Selipe reporta, con una redacción algo enrevesada, que, en la primera faena de Dominguín, "La suma facilidad del torito hizo que la reconocida facilidad de su matador fluyese franca al carecer de obstáculos, pero sin características emocionales". Más tarde, en el quite del quinto “ejecutó tres faroles de rodillas y revolera, con eco ruidoso en los más impresionables y menor impacto en otros sectores, y en el que cerró plaza se ajustó, en su turno, en varias gaoneras. Una tarde, en suma, en la que, cuando el toro fue más fácil, brilló su facilidad, pero no reveló hondura ni otras cualidades.

 Jesús Córdoba, en un bicho que se limitó a cumplir en varas y se aplomó, perdiendo arrancada, y en otro, falto de codicia en la pelea, con la cabeza arriba y sin celo en la embestida, acreditó limpiamente la tersura de sus maneras y la serena movilidad de sus brazos (…) Con su primero, despegado al principio del muleteo (…) consiguió encelar la remisa embestida y ejecutar pases en redondo de amplia trayectoria y sosegado desarrollo (…) y anduvo con tino ante el enemigo, toreando por alto con ligazón y estilo (…) sepultó a la tercera el acero y dio una vuelta al ruedo. Al quinto le hizo el quite de la mariposa con el capote sobre los hombros a la manera del galleo; con un tanteo justo y torero principió la faena, en la que hubo naturales cuya calidad mejoró progresivamente (…) intercaló dos series de pases de rodillas,  administró unos ayudados por alto, elegantes y medidos, y con el enemigo mejorado por el tino del diestro, verificó entre encendidos olés la última parte de su labor, cerrada con un pinchazo en lo duro, otro, no muy profundo, estocada y descabello al primer golpe; un quite por navarras (en realidad cordobinas, según muestra la filmación correspondiente), cerrado con larga lagartijera, puso término a una actuación entonada, de grata impresión en los aficionados." (íbid).

Sus campañas allá

Jesús Córdoba Ramírez (Winfield, Kansas, 1927-Ciudad de México, 2016), participó en cinco temporadas europeas (1952, 53, 54, 57 y 66), cuyos resultados, artísticamente halagüeños, no se reflejaron en contratos a la altura de sus triunfos en los emblemáticos cosos de Madrid y Sevilla –amo absoluto de la feria de abril de 1953 y con exitoso desempeño en la de San Miguel al año siguiente–. Con todo, en la Maestranza sólo lo anunciaron cuatro veces (cortó cinco orejas) y siete en Las Ventas –confirmado por Pepín Martín Vázquez con el toro "Gastador", de Fermín Bohórquez (21-05-52)–; entre España y Francia toreó en total 80 corridas, siendo su temporada más generosa en fechas la de 1953, con 35 actuaciones. 

Su último viaje lo hizo forzado por el veto que pesaba en México sobre los toreros que apoyaron a Luis Procuna como presidente de la Unión de Matadores de Toros y Novillos, que ganó en votación certificada por la autoridad laboral, pero boicoteada por las principales empresas del país –empezando por la de la Plaza México, que manejaba el beisbolero cubano Ángel Vázquez–. Para entonces (1966), Chucho Córdoba ya había visto pasar su mejor momento y lo único destacable de su periplo final allende el Atlántico fue una cornada bastante seria en la Semana Grande de San Sebastián.


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