Antonio Ordóñez, el gran torero de Ronda, se despidió de la profesión sin aviso previo y con su vasto caudal artístico en pleno declive. Hizo el anuncio al término de una tarde aciaga para él, dentro de la Semana Grande de San Sebastián de 1971, sin otra explicación que el beneplácito causado a su familia cuando les dio a conocer la "buena nueva". Que esas razones no calaron en el medio lo demuestra la reacción de algunos de los críticos taurinos más connotados. Sirva de ejemplo lo que Vicente Zabala escribió al respecto:
"La despedida de Antonio Ordóñez se veía venir. A lo largo de la temporada hemos podido comprobar que estaba en ese momento en que los toreros no tienen más remedio que irse a casa (…) Ordóñez era una sombra de sí mismo. El rondeño, a lo largo de su desigual carrera, no se preocupó por otra cosa que no fuese torear con elegancia, con lenta majestad. Pero hay algo en la tauromaquia de lo que no se puede prescindir: el arte de lidiar (...) Antonio quiso ser armonía en todos los toros. Eso le costó más de treinta cornadas. Ahora ya no tenía fuelle para seguir sumando cicatrices. Y ha dicho adiós (…) Pero debió hacerlo antes. Se ha ido de mala manera, por sorpresa, después de una tarde de pitos y almohadillas. Una figura de su talla se debe ir en tarde triunfal, anunciando su despedida en Madrid, en Sevilla o en su Ronda natal (...) El final no ha podido ser más triste. Se ha marchado como el ciclista que abandona la carrera. Como el boxeador que tira la toalla, vencido." (Blanco y Negro, suplemento semanal de ABC. 21/08/1971).
Desde luego, uno no puede aceptar sin más tales puntos de vista: no es verdad que Ordóñez haya cubierto sus veinte años de matador sin entender a los toros e ignorante de los secretos de la lidia, lo evidencia el dominio magistral que hizo posibles algunas de sus grandes faenas; tampoco que su único objetivo haya sido imponerles su elegante estilo a la mayoría de las reses hasta el punto de exponerse a ciegas, todos sabemos que muchas veces tiró sin ningún pudor por la calle de en medio. Y lo de las treinta cornadas tampoco es real, dejémoslas más o menos en la mitad, que ya son bastantes. Dada la probada capacidad analítica de Zabala es posible que lata un particular ajuste de cuentas en su poco comedido comentario.
Lo que sí estaba a la vista fue la pronunciada cuesta abajo por la que se despeñaba en ese momento la carrera el diestro de Ronda.
Su última corrida
La terna del 12 de agosto del 71, sexta corrida de la Semana Grande donostiarra, era la misma del 27 de mayo anterior en Madrid. Fue la última actuación de Ordóñez en Las Ventas y el cuarto toro del Duque de Pinohermoso le produjo una dolorosa lesión de cervicales, a pesar de lo cual lo estoqueó y le cortó la oreja. También Curro Rivera paseó un apéndice y solamente Camino se fue en blanco. Una versión sin confirmar atribuye a esa lesión la mala racha que a partir de entonces persiguió al rondeño, ya que lo habría obligado a torear llevando un incómodo corsé que le restaba movilidad y confianza.
En cualquier caso, es seguro que el encierro de Pablo Romero de San Sebastián era bastante más voluminoso y fuerte que el de Pinohermoso en Madrid, según se desprende de la crónica de la última corrida de Antonio Ordóñez firmada por Antonio Díaz-Cañabate. Veamos:
"Antonio Ordóñez y Paco Camino han fracasado tan rotunda como estrepitosamente con la corrida de Pablo Romero que, en verdad, ha sido toda una corrida de toros, de las que aparecen muy pocas actualmente. No han podido con sus cuatro toros ni con el capote ni con la muleta ni con la espada. Son dos toreros veteranos que poseen recursos suficientes para superar una corrida dura, como hoy la ha superado un torero bisoño como es Curro Rivera, el cual, a pesar de cambiar a sus toros con una sola vara, estuvo valiente, sobre todo con el tercero, al que le cortó las dos orejas porque lo mató de una buena estocada. En el sexto necesitó de dos pinchazos y estocada (…) Pero tanto en una como en otra resplandeció la buena voluntad, de la que carecieron totalmente Antonio Ordóñez y Paco Camino (…) ¿Por qué se asustaron tanto con los pablorromeros y, en cambio, un torero mucho menos placeado animó la tarde con su valentía? (…) Todo lo que ha ocurrido, fuera de las dos faenas de Curro Rivera, ha sido deplorable. Mi censura para Antonio Ordóñez y Paco Camino es total." (ABC, 13 de agosto de 1971)
Ese contraste entre la excesiva prudencia de los dos veteranos que jugaban en casa y el arrojo del bisoño espada mexicano es asimismo comentado por el cronista de la revista El Ruedo, lo mismo que su apreciación sobre unos imponentes pero toreables pablorromeros.
"El público, exaltado y molesto por las respectivas actuaciones de Ordóñez y Camino, reaccionó a favor del joven Curro Rivera, y le agradeció puesto en pie la serie de verónicas que instrumentó, abriendo el compás, al tercero de la tarde, un "mozo" de 627 kilos. Nuevamente se le ovacionó cuando por tapatías, y sin dejarse tocar el capote, llevó el toro al caballo. Con la muleta supo buscar los terrenos al toro y medir la faena (…) cogido sin consecuencias en una ocasión y siempre exponiendo, predominó lo bueno sobre lo vulgar (…) Mató haciendo innecesaria la puntilla y recorrió el anillo en triunfo (…) El que cerró plaza llegó a la defensiva al último tercio, con la agravante de haberse quedado sin picar (…) Muy valiente, imprimió emoción a su labor con la muleta, pero esta vez no tuvo acierto al matar (…) Fuerte ovación.
Toros de Hijos de Pablo Romero (…) Fueron toros para toreros. Con trapío, con peso, y con todos los atributos lógicos y normales que proporciona la edad (…) Magnífica piedra de toque para el torero que no quiera retroceder de categoría (…) Manseó el quinto (muy mal lidiado), el primero fue claro y el resto perfectamente lidiables". (El Ruedo, 18 de agosto de 1971).
San Sebastián, 14 de agosto
En su segunda actuación, Curro Rivera no sólo ratificó sino superó la primera. Nuevamente, dejó muy atrás a sus alternantes: El Viti, tan dubitativo como Ordóñez y Camino dos días antes, terminó abroncado, y el malagueño Miguel Márquez echó mano del valor para arrancarle al público una forzada vuelta al ruedo a la muerte del quinto toro de Baltasar Ibán, que envió una buena corrida (los de Curro pesaron 493 y 530 kilos, respectivamente).
La realidad es que el mexicano, en pleno mes de agosto, estaba arrasando con la élite coletuda de España, en horas bajas los veteranos –Puerta, Camino y El Viti, con El Cordobés quejándose de lumbago (ni hablar de Ordóñez)– y mezclando cal y arena la nueva ola –Palomo, Paquirri, Márquez, Dámaso González…–. La crítica, ya con la mosca en la oreja, hacía esfuerzos por ocultarlo, matizando los continuos triunfos de Rivera con observaciones peyorativas.
Ese esfuerzo inconfesado por restarle méritos al mexicano lo acusa ya la reseña de El Ruedo:
"Ratificó su buen momento el diestro azteca y dejó muy buen sabor de boca en San Sebastián. Posee coraje. Tiene una voluntad inmensa y unas facultades portentosas. Su hacer torero parece fácil y se le acusa de retorcimiento. Puede que su juego de cintura parezca forzado, pero no es un recurso y menos aún un truco. Estuvo alegre con el capote en su primer toro y se inhibió en este tercio en el que cerró plaza.
La faena a su primer enemigo fue realizada en los medios, sabiéndose ganar a la concurrencia por simpatía y por calidad. Manejó la mano derecha más que la izquierda y su labor tuvo vistosidad, siempre en los medios. Mató al segundo intento. La faena fue acogida con grandes ovaciones. Oreja.
En el toro que cerró plaza se recreó en su propio arte y convenció plenamente a la asamblea. Puede que el público estuviese deseando conceder trofeos. Pero la realidad es que estuvo laborioso al preparar las tandas y cuando ahormó al burel le sacó el máximo partido por ambos pitones. Y como, además, posee el don y la alegría del vistoso adorno, al matar a la primera, de estocada corta, el público se le entregó (…) Dos orejas. Sale a hombros por la puerta grande. (El Ruedo, íbid).
Ya embalado en su intención de disminuirlo, Vicente Zabala redujo a este breve y desdeñoso comentario la triunfal feria donostiarra del hijo de Fermín Rivera: "Currito, el mejicano, ha tenido una Semana Grande feliz. Se ha llevado un puñado de orejas por su toreo animoso y colorista, que ha divertido a los aficionados". (Blanco y Negro, íbid).
¿Algo más? El sábado 21 de aquel agosto, a medio camino de convertirse en triunfador máximo de la referida Semana Grande de San Sebastián y las Corridas Generales de Bilbao –cuatro orejas y el capote de lujo al mejor de la feria–, Curro Rivera indultó en Antequera al toro "Melena", del Marqués de Domecq en tarde de cuatro orejas y dos rabos. En el número correspondiente de El Ruedo –caso excepcional– no hay siquiera registro de dicha corrida.
¿Y Ordóñez?
De 1972 a 1977 toreó la goyesca anual que organizaba en su pueblo, y volvió a anunciarse ahí en el año 80, ya con la idea de retomar el terno de luces, tal como lo haría en dos cosos menores durante el verano de1981 (Palma de Mallorca y Ciudad Real), con tan malos resultados que prefirió dejarlo por la paz, ahora sí definitivamente.
Pero Antonio continuó siendo el alma de la goyesca de Ronda, estafeta que heredaría su nieto Francisco Rivera Ordóñez a la muerte del maestro, ocurrida el 19 de diciembre de 1998. Antonio Ordóñez Araujo había nacido en Ronda el 16 de febrero de 1932. Su padre, Cayetano Ordóñez "Niño de la Palma", fue fundador de una prolífica dinastía de toreros, aunque ninguno de ellos alcanzó la nombradía ni el elevado nivel artístico de Antonio, gloria de la tauromaquia mundial y del siglo de oro del toreo.