El partido decidirá un campeón, pero también ofrece una lección que trasciende el fútbol. España y Argentina llegan con una identidad reconocible. Ambas son campeonas continentales y sus entrenadores se conocen desde hace años. Lionel Scaloni fue alumno de Luis de la Fuente en los cursos de entrenador de la Federación Española. Ahora se encontrarán en el partido más grande de sus carreras.
De la Fuente llega después de conducir a España con una serenidad que al principio fue confundida con falta de carácter. Ha formado a muchos de sus jugadores desde las selecciones juveniles, esperó su oportunidad durante años y soportó críticas que habrían descompuesto a otros. España afronta la final con una identidad reconocible, fiel a una manera de jugar y a una idea de grupo. Él también ha procurado vivir de esa forma.
En noviembre de 2023 le preguntaron si estaba orgulloso de ser español, católico y taurino. Respondió: "Orgulloso no, orgullosísimo". Después dijo algo más: "Tengo todo el derecho en mi libertad a elegir lo que me gusta… respetaré a quien me respete". No parecía una provocación. Tampoco una consigna. Contestó con la naturalidad de quien sabe de dónde viene y no considera necesario disimularlo. Esa misma serenidad volvió a mostrarse durante este Mundial cuando explicó que reza todos los días, para dar gracias y pedir salud. La fe, explicó, no funciona como una superstición al servicio del resultado.
La coherencia se vuelve visible cuando las convicciones dejan de ser rentables y uno decide no esconderlas.
Ya había pagado un precio por su afición. Cuando fue nombrado seleccionador en 2022, parte de la conversación pública dejó de atender sus conocimientos, su experiencia y sus resultados. Algunos consideraron que ser taurino bastaba para descalificarlo. Escribí entonces que el diálogo podía impedir que nuestras diferencias acabaran convertidas en trincheras. Tres años y medio después, De la Fuente está a un paso de ser campeón del mundo. Ha ganado partidos sin perder la identidad. Sigue siendo católico y taurino.
La cuestión rebasa su biografía. La pluralidad se prueba cuando una sociedad admite que alguien razonable viva de acuerdo con valores que otros rechazan. Tolerar a quienes piensan como nosotros exige muy poco. Empieza a cobrar sentido cuando protege también al católico, al ateo, al taurino, al animalista, al patriota y a quien mira toda forma de patriotismo con recelo.
Lo ocurrido con De la Fuente no constituye un episodio aislado. Cada vez resulta más frecuente que una persona sea juzgada por una sola de sus convicciones, hasta convertirla en motivo suficiente para excluirla del espacio público. Ray Bradbury imaginó en Fahrenheit 451 una sociedad donde los bomberos quemaban libros. Solemos recordar la novela como una denuncia del poder que censura. La conversación entre el capitán Beatty y Montag cuenta una historia menos tranquilizadora. Los libros fueron perdiendo espacio porque exigían atención, despertaban desacuerdos y contenían páginas capaces de molestar a distintos grupos. El público prefirió versiones breves, entretenimiento continuo y una vida sin demasiadas fricciones. Cuando llegó el fuego, encontró el trabajo bastante adelantado.
Bradbury entendió que la censura puede comenzar en un deseo que parece benigno: evitar que alguien se sienta perturbado. Poco a poco, la comodidad abandona el terreno de las preferencias privadas y adquiere fuerza moral. Una idea merece desaparecer porque ofende. Una tradición debe ocultarse porque provoca rechazo. Una persona queda reducida a una de sus convicciones y esa convicción se utiliza para expulsarla de la conversación.
La hoguera empieza mucho antes del fuego. Nace cuando dejamos de admitir que alguien pueda pensar distinto sin convertirse por ello en un problema.
Convivir implica aceptar el desacuerdo. Escuchar una idea no equivale a compartirla. Respetar una creencia ajena tampoco obliga a adoptarla. Hay daños reales que una sociedad debe impedir y hay discrepancias que debe aprender a encauzar. Confundir unas con otras empobrece el espacio público. Al final, la vida común queda reservada para quienes dominan el arte de no expresar nada que altere el consenso aparente.
Luis de la Fuente ha elegido otra conducta. No utiliza sus convicciones para agredir a nadie, aunque tampoco las esconde para ganar aprobación. Nunca ha considerado necesario pedir disculpas por ser taurino ni convertir esa afición en un secreto para conservar prestigio público. Esa coherencia guarda relación con su forma de dirigir. Un entrenador modifica esquemas, cambia jugadores y ajusta el planteamiento cuando el partido lo exige. La autoridad comienza a erosionarse cuando acomoda sus principios al aplauso del momento.
Mañana sabremos si Luis de la Fuente es campeón del mundo. El resultado podrá elevarlo a la cima del fútbol mundial o dejarlo a unos metros. El marcador, sin embargo, no cambiará el modo en que llegó hasta allí. Ha mantenido una idea de juego, una forma de ejercer el mando y unas convicciones que nunca presentó como condición para respetar a los demás. Su fe católica y su afición taurina forman parte de esa coherencia. Las reconoce en público incluso cuando callarlas resultaría más cómodo.
Quizá por eso su condición de taurino termina siendo algo más que una afición. Recuerda que una sociedad plural se pone a prueba cuando admite que alguien pueda vivir de acuerdo con convicciones que otros rechazan, sin quedar reducido por ello a una sola etiqueta. El problema comienza cuando una de esas convicciones basta para dejar de escuchar todo lo demás que una persona tiene que decir.