Tres de la tenidas como primeras figuras del toreo actual, José María Manzanares, Alejandro Talavante y Roca Rey, desaprovecharon, con la escasa apuesta y la ligereza de sus faenas, los seis toros de la noble y dúctil corrida de Juan Pedro Domecq lidiada este viernes en el segundo festejo de la feria de Julio de Valencia.
Ya el balance de trofeos, con sendas orejas de poco peso para Talavante y Roca, habla a las claras, más allá de los aciertos con la espada, del escaso resultado artístico y emocional que arrojó el cartel más rematado de esta corta feria valenciana, que hizo que faltara poco para que se llenaran los tendidos del coso de Monleón.
Pero el hecho concreto, más allá de los números, es que los tres matadores estuvieron muy por debajo, de una u otra forma, de la buena condición de los seis toros, sin excepción, de un encierro que propiciaba, con su nobleza y la brava calidad añadida de varios, unas faenas de mayor intensidad por parte de los actuales líderes del escalafón.
En orden de antigüedad y aparición, la actuación más desabrida y desangelada fue la de José María Manzanares, que extendió su inseguridad, sus ligeros y volátiles pases y su falta de asiento con un primero justo de fuerzas, pero que acabó metiendo la cara con recorrido, aunque no con tanta profundidad como la que sacó el cuarto, con el que no provocó ni un olé.
Talavante, por su parte, se alargó en dos trabajos muy especulativos y alejados del toreo sincero que pedía ya un segundo de medido fondo pero con un gran pitón izquierdo y del que, por lo más accesorio, le acabaron dando una oreja muy barata.
Y la situación se repitió con el quinto, que descolgó mucho y durante mucho tiempo su largo cuello en un trasteo displicente y también ligero por parte del extremeño, que se tomó también sus ventajas a la hora de finalizarlo, ya con el toro volviéndole grupas a falta de mejores estímulos.
En cambio, por voluntad popular, y a tenor de las peticiones de oreja, debió haber salido a hombros Roca Rey, que al final tuvo que conformarse con ese solitario trofeo que acertó a concederle la presidenta ya en el último turno, ateniéndose a lo concreto de lo realizado por el peruano.
Porque con ambos toros, un tercero igual de noble aunque medido de energías y un sexto realmente bravo y entregado, Roca no logró redondear el toreo ortodoxo, largo y por derecho, el más auténtico, salvo en una buena tanda con la diestra al último, y se dio pronto al socorrido recurso del populismo.
Metido en la corta distancia, en la seguridad de las cercanías, abusó de circulares invertidos y alardes que calentaron el alegre tendido valenciano, aunque también surgieran pitos, ante su primero, con el que la auténtica medida de lo logrado la da el balance tras el arrastre del toro: silencio tras petición de oreja.
Otra cosa fue lo del sexto, el más completo de los de Juan Pedro Domecq, al que Roca hizo una espectacular apertura de faena, con estatuarios, circulares y cambiados por la espalda, y luego ligó la única tanda estimable de la tarde, la de más poder y mando, antes de volver a las andadas. Pero como mató a la primera, con contundencia, se le pidió esa segunda oreja, que el palco, en justicia, dejó solo en una.