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Los próximos 500 años de la tauromaquia mexicana

Sábado, 11 Jul 2026    CDMX    Antonio Casanueva | Foto: Archivo   
"...Esa tarea exige abandonar la complacencia y recuperar..."
Esta serie de artículos con motivo de los quinientos años de la primera corrida de toros documentada en lo que hoy es territorio mexicano no estaría completa sin una reflexión sobre la situación actual de la fiesta. La tauromaquia mexicana atraviesa una de las crisis más profundas de su historia. Nunca antes había coincidido una presión externa tan intensa con un deterioro interno de semejante magnitud. Confluyen factores externos, como los cambios culturales de nuestro tiempo, la creciente influencia de los grupos animalistas y las iniciativas prohibicionistas impulsadas por algunos actores políticos y judiciales. Pero hay causas internas que no pueden ignorarse. Unas tienen que ver con el toro, otras con los toreros y otras con la manera en que hoy se organiza la Fiesta. Sobre ellas conviene detenerse.

¿Cómo es posible que el país que tanto contribuyó a construir la tauromaquia moderna sea hoy uno de los lugares donde su supervivencia parece más amenazada? La paradoja obliga a mirar más allá de las explicaciones habituales. Es tentador atribuir la crisis a factores externos. Sin embargo, toda tradición que ha perdurado durante cinco siglos debe preguntarse qué ha dejado de hacer, qué ha perdido y qué necesita recuperar para seguir teniendo sentido en su tiempo.

Las tradiciones no sobreviven porque sean antiguas. Sobreviven cuando cada generación encuentra razones para hacerlas propias. La antigüedad puede explicar su origen; nunca garantiza su porvenir.

Durante siglos, la tauromaquia convivió con distintas sensibilidades políticas, religiosas y estéticas. Hoy enfrenta un desafío distinto: un cambio profundo en la forma de entender la relación entre el hombre, la naturaleza y la cultura. Se ha extendido una visión que interpreta toda relación de dominio sobre el animal como una injusticia moral y que desconfía de aquellas tradiciones donde el ser humano transforma el riesgo, el dolor o la muerte en experiencia simbólica. Desde esa lógica, la prohibición deja de verse como una excepción para convertirse en una obligación ética. El resultado es que la tauromaquia ya no es discutida, sino deslegitimada de antemano. La cuestión rebasa el ámbito taurino: afecta al derecho de una sociedad plural a conservar las manifestaciones culturales que han forjado su historia.

Conviene comprender, además, que la amenaza no procede solo de las organizaciones animalistas, sino de una corriente ideológica que rebasa con mucho la discusión sobre las corridas de toros. Cuando el ser humano deja de ocupar el centro de la reflexión ética y las tradiciones se juzgan al margen de su historia, su significado y su aportación cultural, cualquier manifestación heredada puede convertirse en objeto de censura. La tauromaquia ha sido uno de los primeros blancos de esa visión, favorecida por una clase política y por juzgadores que, en busca de legitimidad moral o rentabilidad mediática, prefieren prohibiciones simbólicas antes que afrontar la inseguridad, la pobreza o la crisis educativa. Así, la Fiesta termina convertida en un instrumento de exhibición ética, mientras se eluden los problemas que afectan a millones de personas. Lo que está en juego, por tanto, trasciende el ámbito taurino: se debate si corresponde al Estado imponer una moral única o garantizar que los ciudadanos puedan conservar las expresiones culturales que forman parte de su patrimonio.

Si la bravura es un producto cultural antes que un simple hecho biológico, también puede perderse por decisiones humanas. Esa es, quizá, la principal autocrítica que la tauromaquia mexicana debe hacerse. Durante décadas, una parte del campo bravo ha privilegiado la nobleza sobre la casta y ha buscado un toro más cómodo para el lucimiento del torero. Poco a poco se ha ido imponiendo lo que Horacio Reiba denominó el «post toro de lidia mexicano»: un animal que conserva la apariencia del toro bravo, pero ha perdido buena parte de la emoción que transmite la incertidumbre. Este proceso no fue casual. Respondió a las exigencias de figuras, muchas de ellas de ultramar, que encontraron mayor comodidad frente a un toro dócil, obediente y previsible. La selección terminó subordinando la bravura a la facilidad.

Las consecuencias son visibles en muchas plazas del país. Se lidian toros que pierden las manos con frecuencia, que apenas sostienen la pelea en el caballo y convierten la suerte de varas en un trámite prescindible, cuando debería ser uno de los momentos decisivos para medir la bravura. Sin un toro que empuje con poder, que humille, que repita con codicia y que transmita peligro, la lidia pierde tensión dramática. El público acude a la plaza para admirar el arte del torero, pero también para contemplar el enfrentamiento con un animal íntegro cuya fuerza obliga al hombre a superarse. Cuando desaparecen el riesgo y la emoción, el triunfo pierde valor y el espectáculo deja de conmover. La bravura no es un obstáculo para el arte; es la condición que lo hace posible.

A la pérdida de bravura se suma otra carencia igual de preocupante: la ausencia de figuras capaces de ilusionar al público. En las últimas décadas han aparecido novilleros y matadores jovenes de indudable calidad, pero ninguno ha logrado consolidarse como referente de una generación. Desde que se retiraron Eloy Cavazos, Jorge Gutiérrez y David Silveti, México no ha tenido un torero que llene las plazas con regularidad ni que proyecte su autoridad dentro y fuera del país. Más de medio siglo después, la Puerta Grande de Las Ventas continúa cerrada para un mexicano. El problema no parece residir en la falta de condiciones, sino en la escasez de esa mezcla de ambición, personalidad y hambre de triunfo que distingue a las grandes figuras. Nunca ha bastado con torear bien; una figura impone un estilo, crea expectación y despierta la ilusión colectiva. No espera el reconocimiento: sale a conquistarlo.

Esa falta de ambición ha encontrado un aliado silencioso en la autocomplacencia. Durante años, demasiados toreros han sido rodeados por la coba: un ambiente donde el halago sustituye a la crítica y la lisonja ocupa el lugar de la exigencia. Así se debilita la ética del torero, entendida como la obligación de no engañarse a sí mismo, de buscar siempre el toro más íntegro, el compromiso mayor y la superación constante. Esa ética exige asumir la responsabilidad de defender la profesión cuando ésta se encuentra amenazada. Sin embargo, en los años más difíciles para la tauromaquia mexicana han sido escasas las voces de toreros que hayan salido a explicar, representar y defender la Fiesta ante la sociedad. Cuando la Fiesta necesitó portavoces, demasiados eligieron callar. Y el silencio rara vez protege aquello que no se está dispuesto a defender.

El torero debe ser coherente dentro y fuera del ruedo, porque en la plaza no se puede fingir. Esa ética del riesgo y de la verdad parece haberse erosionado. Sin inconformidad no hay progreso; sin autocrítica no nacen las figuras. Y una tauromaquia sin figuras termina perdiendo el interés del público, por brillante que pueda resultar alguna faena aislada.

La tercera autocrítica corresponde a las empresas taurinas. Durante las últimas décadas se consolidó un modelo de integración vertical en el que, con frecuencia, los mismos grupos controlan plazas, apoderamientos y ganaderías. Esa concentración reduce la competencia y genera conflictos de interés que terminan perjudicando al espectáculo. Cuando quien organiza una corrida contrata a sus propios toreros, lidia los toros de sus patrones y decide qué intereses económicos protege, el criterio artístico deja de ocupar el primer lugar. La empresa taurina debería ser, ante todo, representante del público y garante de la integridad del espectáculo; sin embargo, con frecuencia termina privilegiando equilibrios internos antes que la competencia entre los mejores toros y los mejores toreros. 

Ese modelo termina generando incentivos perversos: disminuye la competencia, reduce la innovación y vuelve innecesario conquistar nuevos públicos.

A ello se suma una visión de corto plazo que sacrifica el futuro por la rentabilidad inmediata. Se organizan menos novilladas, se invierte poco en la formación de nuevas figuras y el marketing continúa dirigido a quienes ya son aficionados. Mientras otras industrias dedican enormes esfuerzos a comprender cómo cambian sus públicos, la tauromaquia sigue confiando casi exclusivamente en el aficionado de siempre. El resultado son plazas cada vez menos pobladas y un público que envejece sin ser reemplazado. La Fiesta necesita empresarios que piensen menos en la próxima corrida y más en la próxima generación de aficionados.

Una empresa taurina no administra solo un negocio; gestiona un patrimonio cultural recibido de generaciones anteriores. Su responsabilidad no termina cuando cierra la taquilla de una corrida, sino cuando entrega la Fiesta —o la pierde— para quienes vendrán después. La rentabilidad y la defensa de la tauromaquia no son objetivos contrapuestos: se alimentan mutuamente. Una plaza llena produce ingresos, crea afición, fortalece la marca de los toreros, dignifica el espectáculo y dificulta cualquier intento de prohibición. El marketing deja entonces de ser una técnica para vender boletos y se convierte en una herramienta de conservación cultural. Quien llena una plaza no sólo hace un buen negocio; contribuye a que la tauromaquia siga teniendo futuro.

Estas tres crisis no avanzan por caminos separados; forman un mismo círculo vicioso. Un toro descastado no exige al torero y dificulta la formación de figuras capaces de competir en las plazas más severas del mundo. Sin figuras con personalidad, ambición y autoridad moral, nadie reclama un toro más íntegro ni asume el liderazgo que la Fiesta necesita. A su vez, unas empresas dominadas por la lógica del corto plazo encuentran más cómodo programar espectáculos previsibles que invertir en la formación de nuevos públicos, en la competencia entre ganaderías o en la construcción de figuras. El resultado es una tauromaquia cada vez menos emocionante y, por ello, cada vez menos atractiva para la sociedad.

Romper ese círculo exige recuperar la verdad del espectáculo. La defensa de la tauromaquia no se gana primero en los tribunales ni en las campañas de comunicación. Se juega, antes que nada, en el ruedo. Empieza por volver a criar un toro bravo, íntegro y con fuerza; por exigir a los toreros el compromiso con el riesgo y la excelencia; y por asumir, desde las empresas, que el futuro se construye con plazas llenas y no sólo con balances de una temporada. La integridad del toro constituye una pieza esencial de esa verdad. Cuanto mayor sea la autenticidad del espectáculo, mayor será su autoridad moral para defenderse ante la sociedad. La Fiesta sólo podrá reclamar respeto si antes demuestra que es capaz de respetarse a sí misma. Porque ninguna tradición sobrevive gracias a la nostalgia; solo perdura cuando demuestra que sigue siendo verdadera

Hace quinientos años, en el territorio que hoy es México comenzó una historia que terminaría por enriquecer la tauromaquia universal con ganaderías legendarias, toreros irrepetibles y una manera singular de entender el toreo. Ese legado no garantiza el porvenir. Cada generación decide si recibe una tradición para enriquecerla o para dejar que se extinga. Si México fue capaz de transformar la tauromaquia durante cinco siglos, puede encabezar su renovación. Pero esa tarea exige abandonar la complacencia y recuperar el principio que hizo grande a la Fiesta: la búsqueda incesante de la verdad. Los primeros quinientos años ya están escritos. Los siguientes todavía dependen de nosotros.


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