Los sesenta terminaron entrados los setenta. Si fuese necesario precisar sitio, fecha y ocasión, habría que decir que sucedió en la plaza de toros "Buenavista", de la ciudad asturiana de Oviedo, martes 21 de septiembre de 1971, donde se celebró la última corrida de la Feria de San Mateo.
Fue ahí cuando El Cordobés, tras ocho años como matador de toros, cortó a un toro de Manuel San Román, una oreja, (la única concedida en la tarde), alternando con Fermín Murillo y Raúl Aranda y, sin avisar, inició su primer largo retiro, que también duró ocho años.
Aunque por su significado y repercusión, bien podría proponerse alguna de otras dos corridas, ambas celebradas en domingo; ambas en la Alameda de Jaén. La del 18 de octubre de 1970, última de la Feria de San Lucas, en la cual Benítez se encerró con seis toros de Carlos Núñez, regaló el sobrero, cortó once orejas, tres rabos y se montó en el séptimo.
O la nocturna del 13 de junio del año siguiente, también ante toros de Carlos Núñez, alternando esta vez con Santiago Martín "El Viti" y José Fuentes, que fue llamada "Corrida mundial del siglo", y cuya transmisión a color vía satélite fue contratada por la empresa norteamericana "Management System Corp".
Se calcula que pudo ser vista por 200 millones de telespectadores, hasta 500 publicó un diario (hace 55 años). Con especial recepción en Estados Unidos, donde se acondicionaron salas de cine por todo el país para el efecto, y en Nueva York, la plaza Pensilvania frente al Madison Square Garden, que ofrecía cuatro pantallas gigantes, comenzó a ser llamada por esos días "Plaza de toros".
Según la revista El Ruedo, el escogido encierro se prestó para que El Viti quien había llegado a marcha forzada desde Granada, donde había lidiado por la tarde, cortara dos orejas y rabo. José Fuentes, tres orejas, y El Cordobés cuatro y un rabo, en medio de la gran celebración transnacional, que convertía el acontecimiento en el inicio de la "era espacial de las corridas de toros", y división de la historia de la Fiesta en antes y después.
Cualquiera de estas tres corridas podría tomarse como colofón de aquellos sesenta. La primera por calendario; la otra, por representar el espíritu de la época; y la tercera, como la gran explosión final del período. Aunque quizá lo propio sería considerar las tres como parte de un sólo acto que tuvo lugar en un lapso de once meses.
Está bien, sólo El Cordobés no fue la época, pero sin él esta hubiese sido otra. Una más, de las brillantes que ha tenido la historia del toreo. La genialidad de sus rivales de generación: Puerta, Camino, El Viti, Curro... reforzada por el atardecer de los predecesores: Antonio Bienvenida, Ordóñez, Litri, Aparicio... seguramente lo habría garantizado.
Pero fue él quien la diferenció, universalizó y se hizo su ícono fue El Cordobés, quien dijo y sostuvo: "Si yo toreara como ellos sería otro más. Que no era nada nuevo, apenas una versión personal del "se torea cómo se es", de Belmonte. Pero de tal manera desentrañada y desbordada, que desafiando e insultando al establecimiento, sintonizó como pocas veces antes con su tiempo y venció.
Victoria de ambición, valor y persistencia. Encumbramiento personal de un mísero huérfano de la guerra, de un marginado, de un rebelde. Pero no de un revolucionario. No cambió el sistema, ascendió a golpes dentro de él, dominándolo, enriqueciéndose y enriqueciéndolo. Su rebeldía, su vehemencia, su autenticidad, su alegría tragicómica, su antidogmatismo, y su poder sobre los toros, le puso a la cabeza de las masas, los medios y la taquilla.
Al irónico estilo que cruzaba la cultura de la época. Los Beatles en la música; Warhol y Lichtenstein en la pintura; Moore en la escultura; Kubrick en el cine; García Márquez en la literatura; Muhammad Alí en el deporte; El Che Guevara en la política, y la publicidad en su "era dorada".
Un resumen gráfico de tal triunfo en tal contexto ha quedado en dos fotos, publicadas juntas con frecuencia. Una le muestra de punta en blanco, sentado junto al Rey de España en la barrera de Las Ventas, por San Isidro, en una Corrida de La Prensa, arriba de donde años antes le habían tomado la otra, entre dos guardias civiles que lo sacaban anónimo, desgreñado, desastrado y detenido por haberse arrojado como espontáneo en busca de una oportunidad. La historia lo absolvió.
El Cordobés se fue dejando tras de sí una ola de imitadores, ninguno válido. Ni siquiera él mismo, cuando ya otro volvió a un mundo distinto en 1979. Perdido el encanto, la sorpresa, la emoción de su gestualidad. Encontró al público, que había multiplicado, de retorno al consumo de una tauromaquia más formal, con Capea o Robles. Aunque los jóvenes que nos vimos reflejados en él, ahora mayores, siguiéramos yendo a verlo, pero con otra emoción distinta: la nostalgia.
Sí, tuvo triunfos, evocaciones puntuales de su anterior conmoción, de su personalidad única, de su heterodoxia, pero ya nunca fue como antes. Su estrafalaria gesta había caducado, no calaba igual. Su insurrecta tauromaquia había hecho el camino de tantas "revoluciones" consumidas por sí mismas.
Los Beatles, Warhol, Leichtestein, Kubrick, García Márquez, Alí, El Che... son clásicos de colección, museo, cinemateca, librería... que no por ello despiertan hoy lo que en su momento despertaron. Lo que despertó ese toreo excepcional de los sesenta. Pretender reeditar esas emociones resulta vano, vintage, cursi.
Sin embargo, su influencia pervive, no en el remedo, en las nuevas formas, cuando son auténticas, cuando salen del alma. El pasado no perdona, al fin y al cabo, sólo somos un pasado más reciente.
Cuántas veces ahora cedemos conmovidos a una verónica, una chicuelina, una par de banderillas, un natural, un volapié, un arrebato tremendo, que nos llevan por un instante a Curro, Camino, Paquirri, El Viti, Puerta, El Cordobés... a lo que fueron, a lo que fue, a lo que fuimos...