Usted, que ama con pasión la música clásica y procura no perderse ningún concierto ¿Sacaría abono para una temporada completa en la que fuera a interpretarse a lo largo de las semanas una única obra –la sexta sinfonía de Beethoven, pongamos por caso–, la misma siempre, interpretada por orquestas y conductores que oscilaran entre los mejores del mundo y otros de mediana categoría? Porque trasladado a la tauromaquia, es más o menos esto lo que viene ocurriendo desde tiempo inmemorial con la faena única, la faena estándar.
La carga de pasión y tensión que singulariza al toreo podrá seguir llenando plazas –al menos la de Las Ventas durante su feria anual–, pero cómo evitar que el ánimo de ese espectador multitudinario, erosionado por la monotonía de la faena única, se dispare en cualquiera de las dos direcciones opuestas: la de una exigencia cerril del tendido 7, a veces, o la de un triunfalismo desaforado. Una pugna que este año ha provocado gritería y hasta golpes en el graderío.
Prohibido saltarse el libreto
La faena única sigue un guion casi invariable: tanteos genuflexos en la zona de tablas o, esporádicamente, un manojo de muletazos en los medios, de pie o de rodillas, emotivos sin duda… y nada más. Porque lo que sigue, lo que ya se espera y poquísimos diestros, veteranos o recientes, se atreven a alterar, es sacar al toro al tercio o los medios, y una vez ahí, encomendarse al azar de dos o tres tandas cortas con la derecha –aunque el pitón bueno sea el otro–; y ya con el bicho a menos, algo de toreo al natural, por mero compromiso y para que no se diga. Si la faena tomó cierto vuelo –aunque no necesariamente– las trilladas bernadinas o su variante manoletista. Sin olvidar que antes de eso, independientemente de si hay o no visos de redondear algo interesante, la mayoría alargará y alargará el trasteo hasta que suene el primer aviso.
Y, entonces sí, a matar, ojalá que sin necesidad de tener que recurrir al descabello, la pesadilla de casi todos ya que, por lo visto, el correcto uso del verduguillo no figura entre las asignaturas del plan de estudios de las escuelas taurinas. Y a la nostalgia por los mataderos, la vieja escuela para novatos, se suma la gritería de los antis ante la sangría consiguiente.
Ferrera y tres más
En estas condiciones, cómo no va a agradecerse la singular propuesta promovida paso a paso, pase a pase y gesto a gesto por el sorprendente Antonio Ferrera. O la determinación de quienes, siguiendo su ejemplo, cuando un toro se revela poco propicio por el pitón izquierdo, optan por usar la diestra prescindiendo del estoque, lo que les permite ligar naturales que sin duda lo son tanto como los tradicionales con la mano zurda.
Y hasta improvise atrevidos retoques a la faena estándar, tal como lo hemos visto a hacer a Daniel Luque, Talavante y alguno más. Y ni hablar de nuestro Pana, rey de los iconoclastas, con sus pícaros e invaluables guiños a lo inesperado.
Aún falta quien, siguiendo la huella del ibicenco-leonés, aborde por su exclusiva cuenta la cobertura de los tres tercios –torear, picar, poner banderillas y matar–, o sepa sacarse de la chistera cosas como las estocadas al paso, citando desde muy largo, del propio Ferrera, enemigo a muerte de la monotonía que agobia al toreo.
Con perdón de los estrictos seguidores del manual único, tan caro a casi todos los que visten de luces como a buena parte de la crítica taurina. No en balde surgieron voces en contra de David Galván cuando, hace un par de años, se atrevió a plantear una faena que, en pleno San Isidro, desafiaba el cartabón estándar. La gente la recibió como agua de mayo, pero la cátedra, a través de notorios representantes, señaló con índice flamígero la ausencia de “toreo fundamental”.
Un matador mexicano de buen cartel me comentaba hace tiempo, luego de ver una tormentosa tarde isidril por la televisión, que francamente no sabría qué hacer si, un día, a gusto con un toro, su toreo, tal como lo aprendió, lo siente y lo ejecuta, recibiera, en vez de olés, indiferencia, palmadas de impaciencia o, de plano, mofas y voces correctivas como ocurre con frecuencia en Las Ventas. Su preocupación apunta, sin haberlo dicho él, a los estragos de la faena única. Que, al cabo de tantos años no sólo suele adormecer al tendido sino, en manos de diestros poco gratos tal o cual sector, genera reproches y censuras ruidosos y directos.
Y es que, al final, toda monotonía se vuelve insufrible. Si los toreros se desesperan, el público también. Y al perder ese sentido del riesgo que inevitablemente conlleva la profesión taurina, y al dejar de experimentar emoción, porque ver siempre lo mismo cansa al más pintado, terminará por abandonar su escaño en busca de espectáculos que le brinden lo que el toreo –la faena única– ha dejado de darle.
Agentes de cambio
Evidentemente, no está en el aficionado –viejo o nuevo– promover otra clase de faenas, apartadas del formato conocido y aceptado como bueno, exclusivo y usual.
Como toda la vida, el cambio, la revuelta, tiene que nacer del propio artista, de su inventiva, su creatividad, su impronta personal. En el pasado eso ocurría con frecuencia y daba vida a la fiesta. Si uno repasa la historia de la tauromaquia a lo largo de su casi extinto siglo de oro, encontrará que su grandeza residía precisamente en esa capacidad para sorprender, en la diversidad de estilos y caracteres, en el ingenio para innovar y ofrecer cosas diferentes y en el sello particular y la desatada inspiración de infinidad de toreros, perennes o fugaces, figuras o no.
La puntilla oculta. La persistente ausencia del deslumbramiento de lo repentino no es una pérdida menor. Tan no lo es que podría convertirse en epitafio definitivo de lo que conocemos como toreo. Si ya, queriéndolo o no, nos vemos obligados a esquivar como sea la lluvia de proyectiles que contra la fiesta lanzan sus malquerientes, hay un enemigo interno del que poco o nada se habla, y que no es otra cosa que la atroz monotonía que invade las tardes de toros. En silencio, sin avisar, pudiera ser el portador del puntillazo definitivo.
Como mandando a hacer, acabo de leer este epígrafe del filósofo coreano-alemán Byung-Chul-Han: "El eros, el arte, la poesía, necesitan asimetría y creatividad. El infierno de lo igual iguala todo y consume toda asimetría".
Cúchares y Lagartijo podrían firmarlo. Y Rafael El Gallo; y Belmonte; y Cagancho, y Garza, y Silverio; y nuestros dos Rodolfos, y Procuna, y El Cordobés, y…