Los destellos de toreo de calidad de Jarocho, que no logró concretar en una faena redonda, contribuyeron a aliviar en parte el tedio provocado por la falta de raza de los voluminosos toros de Pedraza de Yeltes y la casi generalizada falta de aciertos con que fueron lidiados a lo largo de la extensa corrida de este miércoles de la feria de San Isidro.
Por mucho que, para lucirlos de cara a la galería, a todos se les pusiera de largo ante los picadores, los toros salmantinos no empujaron realmente en el peto, donde ya mostraron la escasa entrega que tendrían en el último tercio, cuando tampoco encontraron en la mayoría de los casos una muleta que apurara sus mínimas opciones, derivadas también de unas descompensadas hechuras que, por el menor remate de sus cuartos traseros, redujeron su empuje.
La única excepción fue la del tercero, precisamente el más equilibrado de lámina, aun siendo también el más pesado con sus 624 kilos. Pero el hecho es que este toro colorado sí que empujó algo más en varas, acudiendo de largo aun buscando antes ciertas excusas para no hacerlo, y recibiendo un castigo que no fue suficiente para reducir su inicial temperamento en la muleta.
El joven Jarocho, apenas con un año de alternativa, la abrió la faena con una excelente disposición, aunque pasó ciertos apuros para lograr atemperarlo, lo que sucedió ya mediada la faena, cuando, dándole algo más de aire en los cites, consiguió que el de Pedraza tomara el engaño con más recorrido y entrega para sacarle así dos estimables y suaves tandas de naturales, la segunda de ella a pies juntos.
Y más o menos lo mismo le sucedió con el sexto, otro larguísimo y zancudo ejemplar que se dejó picar y al que el burgalés le abrió el trasteo con la muleta plegada para comprobar que, más encimado, el toro tendía a aburrirse en los embroques, a salir desentendido y con la cabeza muy alta a pesar de tomar los vuelos con cierta entrega.
De tal forma que, aplicando la misma pauta que con el anterior, Jarocho volvió a lucir su calidad y su poso con la mano izquierda, especialmente en la serie de naturales más lograda, a mitad de obra, y en los detalles de gusto con que lo cerró al tercio para, lamentablemente, volver a fallar con la espada.
En los otros cuatro turnos no hubo siquiera esos contados motivos de interés, en tanto que Isaac Fonseca se dilató sin sacar nada en claro con un primero sin gas ni empuje, ante el que, eso sí, se volcó en una estocada poco efectiva. Eso sucedió antes de que el vareado cuarto le golpeara duramente, y le infiriera un puntazo en la pantorrilla, al intentar abrirle la faena de muleta con un pase cambiado sin que el de Pedraza se hubiera definido aún.
Aun así volvió el mexicano a la cara del castaño para, ahora de rodillas, ligarle una serie con la derecha que el animal tomó con mejor disposición, la misma que mostraba cuando eran los vuelos, con cierta sutileza, y no toda la muleta agitada con brusquedad, los que le incitaban la embestida, algo que no siempre tuvo en cuenta Fonseca en un empeño de más voluntad que aciertos.
En cuanto a José Fernando Molina, se empeñó tercamente en obligar al lastrado segundo a seguir demasiado abajo el engaño, en un extendido error que a nada le llevó, como tampoco obtuvo demasiado de un quinto que, después de prender a su banderillero Víctor Manuel Martínez en un problemático tercio de banderillas, tuvo ciertas opciones por el pitón izquierdo que el albaceteño no definió en un muleteo demasiado ventajista.