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Televisión y tauromaquia

Martes, 05 May 2026    ZAC, Zac.    Jaime Cortés | Especial   
"...La televisión no sustituye el hecho de acudir a la plaza..."
En medio de una época saturada de estímulos, donde la sobreabundancia de información ha terminado por vaciar de sentido buena parte de lo que consumimos, la tauromaquia encontró el pasado fin de semana un cauce inesperado, pero profundamente necesario: la televisión. 

Mientras en España las pantallas se abrían para mostrar la liturgia de plazas como la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, en México la transmisión del arranque de la Feria Nacional de San Marcos permitió que el rito taurino volviera a instalarse en el espacio público y en la conversación social, no como un contenido más, sino como una expresión cultural que reclama tiempo, atención y sensibilidad.

En palabras del filósofo Byung-Chul Han, vivimos en la "sociedad del cansancio", donde el exceso de información irrelevante termina por erosionar la capacidad de asombro. Frente a ese escenario, la tauromaquia televisada irrumpe como una excepción que exige pausa, convoca al silencio y obliga a mirar con profundidad, recuperando así una forma distinta de relacionarnos con lo que vemos y con lo que sentimos.

Porque la televisión –abierta o de paga– no solo amplifica el alcance del toreo, sino que lo restituye como un contenido de alto valor cultural. En cada transmisión no únicamente se muestra una faena, sino que se proyecta una ética: la disciplina del torero, el respeto por el animal, la construcción estética del riesgo y la ritualidad de una tradición que ha sabido sostenerse en el tiempo sin renunciar a su esencia.

No es casualidad que las audiencias hayan respondido con fuerza y claridad. El pasado 5 de abril, la retransmisión del Domingo de Resurrección desde Sevilla, a través de Canal Sur, reunió a más de 517 mil espectadores con un 25.3% de cuota de pantalla, alcanzando picos cercanos a los 900 mil y un 30% de share, cifras que no se registraban en casi dos décadas.

En Telemadrid, la Gala de San Isidro captó la atención de más de 181 mil espectadores, mientras que en la cadena À Punt, incluso con registros más discretos, momentos específicos como la faena de Morante de la Puebla lograron liderar su franja horaria. Estos datos no son únicamente cifras, sino indicios claros de una respuesta social que confirma que, cuando la tauromaquia se presenta con dignidad, calidad y sentido, encuentra eco en una audiencia que aún es capaz de detenerse frente a una expresión que condensa historia, estética y emoción.

La televisión, en este contexto, cumple una función que trasciende la difusión para convertirse en un vehículo de legitimación cultural, al permitir que la tauromaquia no se repliegue ni se encierre en circuitos cada vez más reducidos, sino que circule, dialogue y se confronte –incluso críticamente– desde la visibilidad. Porque lo que no se ve, desaparece, y la tauromaquia, por su propia naturaleza, no puede permitirse ese destino sin renunciar a una parte esencial de sí misma.

Llevar el toreo a la televisión es, en ese sentido, proyectarlo al mundo, abrir una ventana para que nuevas generaciones lo descubran, para que otros públicos lo comprendan y para que quienes ya lo valoran puedan reencontrarse con él desde otra dimensión.

La televisión no sustituye el hecho de acudir a la plaza ni reemplaza la experiencia viva, pero la prolonga, la proyecta y la multiplica, convirtiéndose en un aliado tan inesperado como imprescindible en tiempos donde tantas tradiciones se diluyen en la lógica efímera de lo digital.


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