El 8 de mayo de 1960 la ciudad de México se despertó con cielo nublado y amenaza de lluvia. Algo mejoró el clima hacia el mediodía, entibiado por cenitales rayos de sol que sin duda decidieron a muchos aficionados a toros a acudir a las taquillas y sacar boleto, eligiendo cartel de acuerdo a sus preferencias.
Porque ese domingo habría corrida en las dos plazas, la México y El Toreo. Muchos otros, en cambio, desconfiaron de la repentina resolana y se dispusieron a encender el televisor después de comer para presenciar cualquiera de los dos festejos, el de la Monumental por el canal 2, con narración de Víctor Manuel Esquivel, o el de Cuatro Caminos por el 4, con un relator tan avezado como José Alameda. Está claro que ambos cosos se habrían llenado –o casi– con un clima menos inestable. Porque lo cierto es que la nublazón regresó, la amenaza de lluvia se cumplió y ambas corridas se dieron bajo intermitentes chubascos.
Quinta de la temporada en Insurgentes
La fiesta no marchaba bien aquel año. Cerrada durante 14 meses por desavenencias entre su propietario Moisés Cossío y el optometrista y empresario Alfonso Gaona, y al fin reabierta para la temporada grande de 1959, los problemas de Gaona demoraron el inicio de la campaña del 60 hasta el Domingo de Ramos, de modo que cuando llegó su quinta corrida ya estábamos a 8 de mayo; el cartel, seis toros de La Punta para Juan Silveti –máximo triunfador hasta ese momento–, Joselito Huerta y la confirmación de alternativa de José Zúñiga "Joselillo de Colombia".
El Toreo
En 1958, la plaza de Cuatro Caminos había aprovechado con excelentes resultados la ausencia de festejos en el coso de Insurgentes; y mantuvo la inercia, aunque atenuada, durante las siguientes dos primaveras –no inviernos, tradición quebrantada por ambas empresas–; en esta tarde lluviosa encabezaba la terna Lorenzo Garza, con su crédito de figura legendaria prácticamente agotado, para alternar con Jesús Córdoba, tortuosamente alejado de los carteles de La México, y el colombiano Pepe Cáceres, reciente doble triunfador en el coso de Naucalpan; y para ellos, una corrida de Rancho Seco. Aquí, la entrada apenas iba a rebasar la mitad del aforo; más concurrida estuvo la plaza grande, aunque tampoco se llenó.
Crónicas
Tengo a la mano las que publicó el diario ESTO, que era el rotativo más leído del país; escrita la de la México por Enrique Bohórquez y sin firma, aunque no menos elocuente, la del festejo en Cuatro Caminos, que disfrutó de mayor espacio en dicho diario, también de más fotografías. Veamos lo fundamental de la primera:
Juanito, en su sitio
"Otra vez Silveti, sí señor. Otra vez triunfó en esta temporada. La inauguró cortando dos orejas y rabo a un toro, y el rabo se lo protestaron (…) Esta vez ha pasado igual. Pero ayer se guardó el rabo en la casaquilla. No lo quiso tirar. El sabía que el juez que se lo concedió es persona que entiende lo que es torear bien. Y lo que es matar a un toro como mandan los cánones. Y ayer Juan Silveti toreó muy bien y mató igual. Para cuando se torea y se mata como Juan lo hizo están esos trofeos (...) Ese segundo fue un buen mozo de La Punta al que tomó de capa con su elegancia característica (…) Los olés se sucedían cada vez más fuertes en competencia con los truenos de la tormenta que se estaba desatando.
Muy torero y con ese ritmo que sabe dar a lo que ejecuta, Silveti fue forjando el triunfo a la manera de los grandes artistas, sin perder un detalle, sosteniendo esa línea de pureza clásica que imprime a sus lances de capa y a sus pases de muleta (…) Y con ese gusto tan refinado que tiene fue construyendo una faena en la que todo tenía sabor a toreo grande. Su faena primera de ayer no tuvo desperdicio: cada muletazo estaba dado con la justeza debida para ir imprimiendo a lo que ejecutaba más sabor y a la vez más emoción. Los naturales y los derechazos, y uno de pecho magnífico, y un remate con el abaniqueo lleno de colorido en una tarde en la que tanta falta hacía la luz (…) faena llena de aciertos hasta llegar a la estocada magnífica (…) Todo eso fue lo que hizo que la gente, al caer el toro tan espectacularmente, cantara a coro la letanía de "¡Torero, torero, torero!"
Silveti sonreía. Había triunfado como el día de su presentación. Había demostrado que no es torero de casualidades sino de seguridad, de firmeza, de los que están clasificados como señores de los ruedos. Sí, porque cuando torea sintiéndolo y sintiéndose, tiene un señorío que hay que descubrirse (…) En su segundo toro demostró que su muleta es también eficaz. El toro no era boyante, había que saberlo torear y Juan le hizo la faena adecuada, la precisa. Y otra vez el rey de espadas ¡Qué bien mató! Hubo una salida al tercio muy merecida.
Joselillo de Colombia alegró el principio de la corrida con sus lances de capa a un toro que era muy alegre también. En ese toro estuvo superior en todo el primer tercio. Después le confirmó la alternativa Silveti y realizó una faena que gustó mucho, obligando a embestir a un toro quedado, que dobló de una buena estocada. Salió al tercio a saludar. En el otro ya no pudo lucir tanto porque el toro se resistía a embestir.
Sin suerte en su lote, Joselito Huerta estuvo con la voluntad que siempre tiene pero pinchó mucho a su primero. En el otro toreó mejor y mató pronto. Los de La Punta, muy quedados, excepto el del triunfo grande de Silveti." (Bohórquez, Enrique. ESTO, 9 de mayo de 1960).
En Cuatro Caminos (sin firma)
"Todo lo que vimos ayer en El Toreo fue una exhibición de voluntad de ese finísimo torero que es Chucho Córdoba, para quien estarían pidiendo estatuas si hubiese nacido en Ronda. Garza, como en sus anteriores salidas, a vivir del prestigio conquistado en sus años mozos, a cobrar y a otra cosa. Cáceres, fenómeno de la nueva hornada, encuerado por los del Rancho cada vez más Seco. De propina –y en esto es culpable el retraso de la temporada–, el jarreo de las exclusas celestiales. El ganado sería de Rancho Seco, pero los aficionados salieron empapados (...) Antes de iniciarse el festejo se guardó un minuto de silencio en memoria del que fuera popular picador yucateco Saturnino Bolio "Barana".
Chucho Córdoba, tan torero, tan poderoso y seguro como siempre, pero mucho más maduro y afinado (…) desató la primera ovación al librar por bellísimas y apretadas chicuelinas en el primero de la corrida. Sus verónicas clásicas a "Sedeño", primero de su lote, fueron afinándose poco a poco. Cada vez llevaba mejor toreado al animal, y cuando remató con formidable media, el público se le entregó. Al librar por segunda vez hizo la tijerilla hasta en tres ocasiones con verdadera justeza, con una verdad enorme. Y cuando inició la faena de muleta quedándose quieto para cuatro ayudados por alto sin enmendar el terreno, supimos que Jesús venía por su sitio (…) Pases con la derecha por abajo lentos, larguísimos, a los que sucedían alternativamente otros por alto y de pecho, impregnados de señorío y verticalidad, amén de un cambio de muleta por la espalda, chipén (…) Toreo dominador, desplantes con tocamiento de pitón, y tras un pinchazo la estocada honda, un tanto tendida, que basta. Los pañuelos a flamear en el tendido y concesión de la oreja, que el diestro pasea bajo la lluvia entre intensas ovaciones.
Con su segundo, mansurrón y de sentido, echa mano de los recursos, lo toma de los pitones y lo mata entregándose, no sin sufrir peligrosa cogida sin mayores consecuencias." (ídem).
Sobre Cáceres: "Calentó a la gente el colombiano con su plástico toreo de capa; las verónicas se suceden con una facilidad, con una parsimonia y con un temple admirables, después de recibir al bovino con una larga cambiada. Tras brindar a Garza e iniciar la faena doblándose toreramente, cuatro naturales "pintados". Y en los medios, varias aparatosas tandas por bajo con la derecha a base de insistir, porque el bicho no tiene ganas de pelea. Intercala bellos naturales a un astado que dobla las manos en el lodazal, desligándose la faena (…) No hay suerte con la espada y todo queda en aplausos (...) Con su segundo enemigo no había nada que hacer. (ídem)
Sobre Garza: "La verdad es que, de un encierro malo, a él le tocó lo peor (…) Mansos, peligrosos, tirando cornadas (…) El veterano, que no arriesga un pelo, limitó su activo a un derechazo alto altivo, saleroso y se puso a la defensiva (…) Mal en el primero y peor en el cuarto, un burriciego de pronóstico, en el que escuchó un aviso." (ídem).
Lecciones de clasicismo
Juan Silveti y Jesús Córdoba, dos de los héroes taurinos de mi adolescencia. No eran toreros para consumo popular, su elegante estilo, apegado a la pureza de lo clásico, resultaba demasiado frío y sutil para las masas. Y como la taquilla manda, las empresas los castigaron. Más en México que en España, que siempre les reconoció jerarquía aunque sin darles tampoco muchos contratos. Pero aquella tarde del 8 de mayo de 1960, azotada por la lluvia, Juan y Jesús se encontraron a gusto a pocos kilómetros de distancia el uno del otro. Silveti con "Esclavino" de La Punta y Chucho con "Sedeño", de Rancho Seco. El agua caía, los olés se sucedían, capotes y muletas se abrían en flor hasta integrar dos leves obras de arte, más marcada en clásico la del capitalino, más deslizada la del leonés. A Juan le protestaron el rabo, pero tan seguro estaba del valor de su obra que, enemigo de pasearlo entre protestas, se lo guardó bajo la casaquilla. A la gesta de Córdoba le sobró un pinchazo y que, una vez herido, el toro no cayera pronto. Pero la bien ganada oreja nadie se la regateó.
Los despojos de toro poco importan, diría años después otro as de la baraja azteca, éste sí mandón absoluto. Pero los nombres de "Esclavino" y "Sedeño" ahí quedaron, sobre la húmeda arena, en la terca memoria de quienes las saborearon.
Garza
Fue su última actuación ante públicos de la capital. De la México se había despedido en silencio el año anterior en paradójico mano a mano con El Soldado (05 –04 –59), su enconado rival de cinco lustros atrás. Considerando lo grande que fue Lorenzo, esos extemporáneos retornos, que ninguna gloria añadían a su historia, salieron sobrando. Aunque sin duda le habrán reportado buen dinero.
Colombianos
En 1960 –y desde el otoño del 57, un nuevo pleito mantenía apartadas a las torerías de México y España. Buscando novedades, las empresas capitalinas descubrieron que Sudamérica también podía ser un campo fértil en buenos toreros. Y ese 8 de mayo coincidieron en sus carteles dos colombianos. Pepe Cáceres, de procedimientos más puros y estéticos, cayó de pie en la temporada de El Toreo, dos tardes de triunfo precedieron a esta en que brindaría su primer toro a Lorenzo Garza, figura venerable, y se estrelló después contra dos remisos de Rancho Seco. Regresó varias veces a nuestro país pero, sin suerte en La México y sin perseverar mucho por provincia, no llegó a consolidar el alto cartel que pudo y debió alcanzar. José Zúñiga se hizo presente en nuestras plazas por dos años consecutivos –1960 y 61–, y sentó prestigio de aguerrido y tenaz, incluso toreando más que nadie el primero de tales años. Y de la Monumental, donde le vimos confirmar la alternativa sin excesivo brillo, iba a salir dos veces en hombros. Pero después de ese par de fructíferas campañas no volvió a nuestro país.
De hecho, al firmarse un nuevo Convenio con España a finales del 61, la nueva ola de espadas iberos que inundó México, una de las más prolíficas e interesantes de todos los tiempos, hizo prescindibles a los sudamericanos. No a los futbolistas, a los toreros, que los había y muy buenos.