Sevilla celebró la primera Feria de Pascua de su historia el 18 de abril de 1847; fue un festejo de ocho toros, seis de Taviel de Andrade y dos de Curro Cúchares, para Juan Lucas Blanco y Manuel García Cantoral "Lavi", mano a mano. El hermoso coso, futura Capilla Sixtina del toreo, había sido construido por etapas, causa no buscada de su singular asimetría.
En ese tiempo tenía mayor prominencia la feria de septiembre, dedicada a San Miguel, pero a partir de entonces las corridas de abril ya no dejaron de celebrarse y fueron escalando hasta cobrar la máxima importancia, salvo cuando, en 1937, la guerra civil impidió su programación. Quizás por esa razón el centenario se conmemoró con un año de retraso, en 1948.
El séptimo y último festejo de la feria, denominado desde un principio Corrida del Centenario, tuvo lugar el domingo 25 de abril con toros de seis hierros distintos y una terna que reflejaba con fidelidad el momento taurino que vivía España, sacudida aún por el colapso que supuso la cogida y muerte de Manolete el verano anterior (Linares, 28-08-47). Difícilmente habría podido conjuntarse una terna más representativa de aquel dramático impasse que la integrada por Pepe Luis Vázquez, Antonio Bienvenida y Luis Miguel Dominguín, donde Pepe Luis encarnaba la inspiración con aroma de sevillanía, Antonio la academia más clásica y Luis Miguel el poderío y la voluntad de mando que lo elevaría hasta ese número uno que más pronto que tarde iba a señalar con el dedo índice en plena isidrada desatando una oleada de discusiones (17-05-49), ambiente en el que el menor de los Dominguines se desenvolvía como pez en el agua.
Otra coincidencia –poco grata ésta– unía también a la terna anunciada: a principios de 1947 los tres habían hecho causa común con Dominguín padre para romper el Convenio hispanomexicano, maniobra claramente dirigida contra la supla Manolete-Arruza que dominaba el panorama taurino en la península. Así que a la tremenda pérdida del Monstruo de Córdoba se le sumó la ausencia de coletas aztecas en cosos españoles. Y viceversa.
El toro y el torito
En vísperas de la tarde que nos ocupa –e incluso después–, el tema que más controversia causó fue la presentación de los encierros. Se multó a Arturo Sánchez Cobaleda y Carlos Núñez porque varios de sus animales no dieron el peso reglamentario (aunque chicos y todo se lidiaron, dejando las penalizaciones para después). Y un cronista tan respetado como Gregorio Corrochano terció en la polémica censurando el celo de la autoridad con ese aire de irrefutable suficiencia que siempre lo caracterizó: "Realmente, kilo de más o kilo de menos no tiene importancia (…) Lo que tiene importancia es que se cumpla el Reglamento y los toros tengan su edad, su trapío y sus pitones (…) Puede haber incluso toros que den el peso pero no tengan la edad ni el trapío, y no deben correrse." (El Ruedo, 29 de abril de 1948).
Exculpación inconsecuente la de don Gregorio, sobre todo si se considera el "trapío" de chotos como el de Núñez lidiado por Luis Miguel el mismísimo día de la conmemoración. Los otros cinco sí estuvieron aquella vez decentemente presentados, y el Villamarta del triunfo de Pepe Luis fue el más voluminoso de la feria, con un peso cercano a los 300 kilos en canal.
La corrida del Centenario
Hay que señalar que la feria venía dando tumbos, con triunfos menores envueltos en rachas de viento y lluvia. Pero el domingo 25, como puestos de acuerdo los astros del cielo y los dioses del toreo, el inhóspito clima de tardes anteriores dio paso a un sol radiante, muy a tono con la alegría de la tan esperada celebración.
Abrió plaza un Miura que no embestía mal, tanto que Pepe Luis Vázquez, muy cuestionado hasta ese momento, estuvo lucido con el percal y hasta inició de hinojos una faena de muleta que pronto vino a menos, como el astado. Pero con el cuarto, el cambio fue radical. El hermoso ejemplar de Villamarta embestía con clase y temple, y con arte y temple admirables bordó el de San Bernardo una de sus faenas estelares en la Maestranza. Se dice que toreó como nunca, sobre todo de capa. Precioso y preciso, justo y redondo el muleteo, le valió a Pepe Luis las dos orejas del magnífico toro de Villamarta.
Y otro par de apéndices iba a cobrar Luis Miguel del cierraplaza, también estupendo de transmisión y nobleza, y que se encontró al madrileño encorajinado y rabioso luego de la amonestación recibida del presidente, que lo hizo subir al palco para reprocharle su actitud de responderle a un aficionado ofensa por ofensa en plena lidia del tercero, un torito de Carlos Núñez de aspecto demasiado juvenil. Con ese sexto, de Bohórquez y el de mayor duración de la corrida, Dominguín estuvo eminente dentro de su conocido estilo fácil y dominador, basado en trazos largos de tanta limpieza como escaso ceñimiento. Lo cierto es que toreó a su entero placer, sobre todo con la zurda, para cortarle las orejas y salir de la plaza en hombros, no por la Puerta del Príncipe sino por la de cuadrillas. Ese día, Luis Miguel entró definitivamente en el gusto de los sevillanos.
Antonio Binvenida, sin corte de apéndices, también rayó a gran altura. Le correspondieron los astados de Antonio Pérez y Sánchez Cobaleda, buenos ambos, y en todo momento dio fe de clasicismo y limpieza en la ejecución de las suertes fundamentales de capa y muleta. También puso banderillas, pero al fallarle la espada se tuvo que conformar con dar la vuelta al ruedo.
Crónicas
Lleva razón un lector amigo al señalar que la prensa española de esa época solía pecar de exceso en el elogio y de cortedad en los argumentos que dieran sustento a la catarata de alabanzas. Elegimos algunos testimonios, buen reflejo del sentir del momento.
Don Fabricio escribía para la edición del ABC de Andalucía. Aquí lo sustancial de su relato: "El cuarto era un toro del Marqués de Villamarta precioso de lámina, bravo y dócil. Trazó Pepe Luis unos lances maravillosos, tanto que, al tercero, caían al ruedo docenas de sombreros a la arena (…) Y luego la faena inimitable, reposada, plácida, citando al toro a muleta plegada para desgranar dos series de naturales, rematadas ambas con sendos pases de pecho de singular belleza (…) Unos kikirikís pletóricos de gracia, a planta quieta. Y la estocada certera. Un clamor delirante acompañó al de San Bernardo en su triunfal vuelta al anillo exhibiendo las dos orejas del de Villamarta, concedidas en premio a su arte prodigioso."
Antonio Bienvenida es también un artista de extraordinario mérito (…) La faena a su primero, de Antonio Pérez, fue dechado de torería exquisita. El toreo al natural fue magistralmente interpretado por Antonio (…) Tuvo poca suerte al matar y la oreja se le fue de las manos (…) En el quinto, de Cobaleda, realizó otra primorosa faena, en los medios, subrayada con olés y música (…) Dio la vuelta al ruedo bajo unánime ovación.
En Luis Miguel triunfó el maestro, para quien la lidia no guarda secretos (…) Fácil con el capote en cada una de sus intervenciones, emocionante en los magníficos pares de banderillas clavados a su primero, de Carlos Núñez. Y maestro, de singular maestría, con la muleta. Extensa y notabilísima fue su primera faena (…) Pero como el espada replicara a la voz en contra de un espectador, gran parte del público se le vino encima. Y lo que debió terminar en apoteosis degeneró en severa amonestación de la presidencia (…) En desagravio, brindó al público la muerte del que cerró plaza, bravo y noble ejemplar de Fermín Bohórquez. Y con él desarrolló Luis Miguel una faena eminentísima, compuesta por tres series de naturales, modelos de temple y mando (…) Y entre la segunda y tercera serie, unos molinetes de rodillas entre los pitones del hermoso toro (…) Clavó Luis Miguel la espada, tras de pinchar en buen sitio (…) y correspondió a la ovación unánime dando dos vueltas al ruedo, exhibiendo con natural ufanía las orejas del bravo animal (…) ¡El maestro ya está en su sitio! (ABC, 27 de abril de 1948).
El comentario de fondo de El Ruedo, a cargo de Emecé (Manuel Casanova), está en consonancia con los entusiastas conceptos de la crónica anterior:
"Pepe Luis no llevaba bien la feria. El caso es que todos los días empezaba bien y luego se quedaba a la mitad del camino (…) Había toreado maravillosamente por momentos al de Miura, pero fue en el de Villamarta donde se remontó a las cumbres del toreo. En las series de naturales, en esos dos pases de pecho, interminables (…) y en el adorno, levantó a la plaza en vilo. Cuando acertó con la estocada y el toro se derrumbó, Pepe Luis saboreaba acaso el triunfo más considerable de su vida de artista del toreo".
Luego de reconocer que "En Antonio Bienvenida hay una evidente recuperación de su personalidad (…) Con un poco de suerte al matar no se le habría escapado la oreja del toro de Sánchez Cobaleda. Ni del de Antonio Pérez", el director de El Ruedo se vuelca con Luis Miguel Dominguín, firme en su posición de torero de moda y aspirante neto al trono vacante de Manolete: "La faena al toro de Bohórquez está ahí (…) pura, clásica, a base de naturales con la izquierda, muchos, limpios, lentos, desarrollados en cortísimo terreno (…) Los pases de pecho, el adorno justo, unos impresionantes molinetes de rodillas para completar la armonía; y después de un pinchazo, entrando con fe, la gran estocada de la que el de Bohórquez rueda sin puntilla (…) Sencillamente, el cuajo de una gran figura del toreo (…) discutida, como todas las grandes figuras lo fueron" (El Ruedo, 29 de abril de 1948).
Muchos años después, Filiberto Mira, biógrafo puntual de la Real Maestranza sevillana, iba a dedicar un capítulo casi entero de su libro alusivo a la Corrida del Centenario. Ésta es su síntesis conclusiva: "Pocas veces se vio injertado en el estilo de Pepe Luis la fuerza espiritual del toreo de Belmonte con la gracia de Chicuelo. El completo lidiar con clase de Antonio Bienvenida fundió en una sola pieza toda la torería de su estirpe. Y Luis Miguel reafirmó plenamente su poderío y conjuntó la torerísima templanza del andar de Domingo Ortega con el magistral dominio de todas las suertes del mejicano Armillita. Trascendental corrida aquella del 25 de abril de 1948 en la que tres colosos –Pepe Luis Vázquez, Antonio Bienvenida y Luis Miguel Dominguín– glorificaron el recuerdo de los mejores de todos los tiempos al cumplirse los cien primeros años de la Feria de Sevilla." (Mira, Filiberto. Medio siglo de toreo en la Maestranza 1939-1989. Edit. Biblioteca Guadalquivir. p 126).
Colofón
Con esto queda claro que la Corrida del Centenario fue de las que dejan honda huella en los anales de la Fiesta y en la memoria de los aficionados. Con una virtud adicional: pienso que su resultado ubica a sus tres protagonistas en el preciso lugar que históricamente corresponde a cada cual, Pepe Luis como artista preclaro, Antonio como digno representante del clasicismo y Luis Miguel en su irrefrenable ambición de mando sobre la torería de su tiempo. Muestra también, y no es poca cosa, que el toreo con la mano izquierda era entonces esencial y no, como ahora, accesorio.