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Sevilla, fe y espera...

Sábado, 04 Abr 2026    CDMX    Antonio Casanueva | Foto: Archivo   
"...se percibe con claridad la dimensión litúrgica de la Fiesta..."
El Domingo de Resurrección es el punto donde todo adquiere sentido. Ahí desemboca la Pasión, después de la Cuaresma vivida entre ayuno, oración y penitencia. Es el día en que la muerte deja de tener la última palabra. San Pablo lo explica así: "Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe" (I Corintios 15,14).

El calendario taurino coincide con la efeméride religiosa. Antes de la Cuaresma llegan los carnavales, y con ellos las corridas. En México, en el sur de Jalisco y Los Altos, esa tradición se vive con intensidad propia: toros grandes, pueblos enteros volcados en su fiesta, cada uno con su manera de celebrarla.

Luego el ánimo contenido de la Cuaresma también se cuela en el toreo. Rememoramos la verónica. En ese lance que remite a la imagen de Cristo, al gesto de la mujer que limpia el rostro durante el viacrucis.

Y llega el momento cumbre: la corrida más importante del año, el Domingo de Resurrección en Sevilla. En pocas plazas se percibe con tanta claridad la dimensión litúrgica de la Fiesta. La Maestranza abre sus puertas cuando la ciudad aún arrastra el pulso de la Semana Santa, y sobre el ruedo cae también el peso de su propia memoria.

Durante muchos años esa corrida de Pascua tuvo nombre propio: Curro Romero. Sevilla lo esperó como se espera lo improbable, con fe, con miedo al desencanto, con esa esperanza secreta de que, por un instante, apareciera el duende. Queda el aroma de aquellas tardes. Los silencios. La manera de Curro de andar la plaza y de llevar el capote con esa lentitud que parecía detenerlo todo.

Morante tomó esa estafeta a su manera. Sevilla reconoció en él a uno de esos toreros que alteran el pulso de una afición. Su arte nace de una necesidad interior que puede volverse drama, encenderse en fulgor o tomar forma en invención pura. Trajo otra música. Barroca, tensionada por dentro, expuesta al abismo. Y con ella volvió también esa vieja sospecha: que, por un instante, el toreo puede rozar el misterio.

El 2026 tiene otro aire. Lo que pasó con Morante el año pasado sigue latiendo, inquieta, alimenta expectativa y morbo… ¿A qué regresa el genio de La Puebla? 
¿Es una inmolación? ¿Es un sinsentido? ¿Es la búsqueda de ese instante de perfección?

No será una fecha cualquiera. Gracias a la complicidad del gran taurino tapatío J.J. García, estaré en Sevilla. Domingo de Resurrección en la Maestranza. Con eso basta. Lo demás, que suceda.


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