Para la torería mexicana, los años 50 y 60 del siglo XX corresponden al relevo de los ases de la época de oro y abarca, grosso modo, de Luis Procuna a Joselito Huerta, pasando por los Tres Mosqueteros del 48 (Rafael Rodríguez, Jesús Córdoba y Manuel Capetillo), y quienes fueron surgiendo en la alborada de la siguiente década (Juanito Silveti, El Ranchero Aguilar y Alfredo Leal), en pugna con los ya veteranos pero hasta entonces poco visibles Fermín Rivera, Alfonso Ramírez "Calesero" y Antonio Velázquez, ubicados por fin en la primera fila. Y hubo más, muy buenos toreros incluso, pero que por una u otra causa no alcanzaron grandes alturas. Entre otras cosas porque la afición curtida y sabia seguía echando de menos a los grandes de antaño, un duro hándicap para cualquier aspirante a los puestos de privilegio.
De las viejas glorias el que no acababa de irse era Luis Castro "El Soldado", aquel de la rivalidad famosa con Garza en el Madrid de 1934 y más tarde en un México donde imperaba la grandeza de Fermín Armilla, Chucho Solórzano y Alberto Balderas, el mártir de una edad dorada a la que no tardarían en sumarse Silverio Pérez y Carlos Arruza. Y para semejante elenco de figurones, los toros de Piedras Negras, San Mateo, La Punta, La Laguna, Torrecilla, Pastejé, Xajay, Matancillas… Una eclosión de arte y bravura que no ha tenido igual.
5 de marzo de 1961
El cartel que nos ocupa –ocho toros de Torrecilla para Luis Castro "El Soldado", Manuel Capetillo, Juan Silveti y Joselito Huerta–, sólo podía anunciarlo por ese entonces Guadalajara. La vieja plaza El Progreso, manejada con mano maestra por don Nacho García Aceves, se ufanaba de ofrecer combinaciones con las que los capitalinos no hubieran ni soñado. Y aquel domingo de principios de marzo puso a competir a tres figuras en plena madurez –Capetillo, Silveti y Huerta–, como marco de la despedida de El Soldado, que ya casi no toreaba. Acostumbrada a manjares así de suculentos, la afición tapatía no sólo poseía buen paladar sino también excelente memoria. Y el nombre de Torrecilla garantizaba esa bravura toreable que los ases han exigido siempre. Lleno seguro y máxima expectación en cuanto don Nacho anunció semejante cartelazo.
Pugna mal explotada
Si bien Silveti se ostentaba como el torero más puro y clásico de su generación, los que cortaban el bacalao y movían fuerte la taquilla eran Capetillo y Huerta, los dos principales ases de la baraja de México desde hacía un buen rato. Aunque, extrañamente, sus encuentros directos fueron poco frecuentes. Sobre todo en la capital, donde sólo dos veces coincidieron en una misma terna. La excepción era Guadalajara, la tierra natal de Capetillo. Precisamente en sus plazas –los dos Progresos, el viejo y el nuevo– ocurrieron sus únicas tres confrontaciones en mano a mano. Fresco estaba el recuerdo del que sostuvieron el 8 del reciente mes de enero, cuando El León de Tetela paseó nada menos que tres orejas y un rabo comprometiendo seriamente a Capeto delante de sus paisanos, tanto que tuvo que obsequiar un séptimo toro de Valparaíso para medio sacarse esa espina. En la nunca bien explotada pugna José representaba la constancia, con su conjunción de garra y poderío, y Manuel, la sorpresa, el sentimiento, el chispazo cegador. También es verdad que en tanto Huerta jamás les puso reparos a alternante o ganadería alguna, parece ser que a Capeto la presencia del poblano le producía cierta alergia. O eso se maliciaba.
Dos gallos al quirófano
Para Luis Castro, pálida sombra del que había sido un artista de recia personalidad, la tarde fue un calvario del que solamente lo liberó el cariño de la gente, una vez cumplida la penosa misión de deshacerse de los dos toros de su lote. Sus alternantes y los subalternos en liza lo arroparon con su afecto y el público lo hizo dar una última vuelta al ruedo en recuerdo de lo que fue. Silveti, en torero siempre, se encontró con lo peor del encierro y aun así sacó buen partido de su primer oponente, a cuya muerte fue llamado a recorrer el anillo.
A Capetillo sus coterráneos lo midieron con rigor, de modo que la oreja que le cortó a su primero se la protestaron bastante, obligándolo a salir por todas con el cárdeno que hacía sexto, un Torrecilla alegre y pronto. Manuel homenajeó a Luis Castro –su padrino de confirmación en la México– brindándole la faena, y se lanzó desbocado en busca del triunfo. El burel zacatecano tenía un buen pitón derecho y el formidable muletero lo aprovechó para poner la plaza de cabeza con dos tandas de largo metraje. Y entonces se fue de largo, la muleta en la izquierda y en el gesto la sonrisa que acostumbraba esbozar cuando se sentía a gusto con un toro. Pero esta vez, el gusto le duró poco: al instrumentar el tercer pase natural, el de Torrecilla sintió al torero, tiró el gañafón y le pegó la cornada, que manaba sangre en abundancia cuando se llevaron a Manuel a la enfermería. El Soldado, ya sin la coleta-añadido que acababan de quitarle, tuvo que dar cuenta del heridor.
Quedaba pendiente un toro para Silveti –huidizo y bronco– y el cierraplaza destinado a Joselito Huerta, que vio como su primero se derrumbaba sin remedio. Con ese octavo, José salió por todo, aprovechando que el encastado burel era bravo y repetidor. Ya tenía armado el alboroto, la faena hecha, la plaza puesta en pie, cuando el de Torrecilla se lo llevó por delante, el astifino pitón penetrando su muslo izquierdo; demudado, el poblano se desprendió de las asistencias y, con el último aliento, tras un pinchazo, pulverizó al animal de certero volapié. Se le otorgaron las orejas y el rabo y la enfebrecida turba que invadió la arena para intentar sacarlo de la plaza en hombros tuvo que llevárselo apresuradamente a la enfermería.
Pocas veces, tal vez nunca, las dos primeras figuras del toreo de cualquier época tuvieron que ser operados de urgencia, heridos ambos de gravedad en la misma corrida.
La crónica
Revolviendo papeles me encontré con esta nota de Luis Topete, el corresponsal de Ovaciones en Guadalajara. Reporta lo siguiente:
"Ganado de Torrecilla que en general resultó blando con los caballos pero con buen estilo para los toreros. Plaza llena. Manuel Capetillo y Joselito Huerta triunfaron en grande, pero desgraciadamente ambos terminaron en la mesa de operaciones con sendas cornadas (…)
Luis Castro tuvo una triste despedida. Nada hizo con su primero y falló incontables veces con el acero. Con el quinto, un bicho bravío que fue muy mal picado, estuvo peor, y no le tocaron avisos por mera consideración. Sin embargo (…) en vista de que era su despedida de esta plaza la gente le hizo dar la vuelta al ruedo. Al bicho que hirió a Capetillo lo despachó sin pena ni gloria (…) Juan Silveti toreó bien a la verónica a su primero y le hizo un lucido quite por chicuelinas (…) Trasteo muy torero y artístico a cargo del Tigrillo, que terminó con tres cuartos de acero para escuchar fuerte ovación y dar una vuelta al anillo. A su segundo le dio por brincar al callejón y terminó bronco. Juan estuvo breve, finiquitándolo de una entera.
Capetillo, con quien el público se mostró exigente, terminó por convencerlo totalmente y cuando era trasladado a la enfermería lo acompañó una cerrada ovación. A su primero lo toreó con el temple, la calidad y la hondura que tienen sus muletazos en faena derechista. Terminó de estocada caída y la oreja fue protestada, por lo que Manuel la arrojó a la arena (…) Fue obligado a dar la vuelta bajo interminable ovación. Con su segundo estaba haciendo un gran trasteo, brindado a El Soldado; después de dos tandas de derechazos se pasó la muleta a la izquierda para cuajar dos soberbios naturales y en el tercero fue enganchado, sufriendo una cornada en el muslo izquierdo que le impidió continuar la lidia.
Joselito Huerta lidió con brevedad a su primero, un bicho muy débil que rodó incontables veces por la arena. Con el que cerró plaza cuajó espléndidas verónicas y, con la franela, un faenón de locura (…) Tandas de derechazos y naturales soberbios, entremezclados con afarolados, de la firma, trincherazos y completísimos pases de pecho. En pleno triunfo, José resultó cogido y sin verse la ropa continuó su gran trasteo para, después de un pinchazo, dejar una estocada mortal. Dos orejas, rabo, y en hombros de los entusiastas fue trasladado a la enfermería, donde se le apreció una cornada en la pierna izquierda." (Ovaciones, 6 de marzo de 1961).
"Es muy grave la herida de Huerta; también la de Capetillo"
A las 21:45 horas, los doctores de la plaza El Progreso Mota Velasco, Ramírez, Pérez Lepe y Saldamando dieron por terminada una delicada operación practicada al diestro Joselito Huerta (…) El parte expedido por los cirujanos es el siguiente: "Herida por cuerno de toro con orificio de entrada en la cara anterior del muslo izquierdo, en su tercio medio, con trayectoria hacia arriba de 30 centímetros de longitud, llegando a la pared abdominal. Desgarró piel, tejido celular, aponeurosis, músculos y vasos de la región. Se debridó ampliamente, se lavó con suero fisiológico y se suturó en tres planos. Pronóstico, muy grave.”
Al salir de la mesa de operaciones Joselito Huerta se iba a proceder a intervenir a Manuel Capetillo en virtud de que no se pudo hacerlo de inmediato porque el diestro había comido muy tarde. Las primeras apreciaciones médicas son de que la cornada de Manuel también reviste gravedad, ya que es extensa, al parecer lesionó un nervio importante del muslo y está en el mismo lugar en el que Manuel sufrió otra cornada hace algún tiempo en Aguascalientes." (íbid).
La gravedad de ambas heridas no fue ninguna fábula, tardaron cerca de dos meses en volver a calzarse el terno. Un repaso a la trayectoria profesional de ambos permite corroborar que sus percances fueron numerosos, evidenciando la indudable vulnerabilidad de los toreros de entonces, fuesen o no figuras. Destacan la cornada casi mortal de "Camisero", de La Laguna, cuando le partió el pecho a Capetillo en la Plaza México (22-03-59), y la penetrante de vientre que puso a José a las puertas del más allá, infligida por el toro "Pablito", de Reyes Huerta, en El Toreo de Cuatro Caminos (30-11-68).
Y el propio Luis Castro "El Soldado" podría dar fe de su terrífico asomo al abismo tras el cornadón con el que "Calao", de Piedras Negras, casi lo mata (Toreo, 22-11-42): fue un "femoralazo", que diría El Pana, antes de que el castaño "Pan Francés" se lo llevara, a él sí, al otro mundo, tras un mes de penosa agonía (Ciudad Lerdo, 01-05-16 - Guadalajara, 02-06-16).