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El famoso toro "Tortolito" de San Mateo

Lunes, 09 Feb 2026    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | La Jornada de Oriente   
La sangre de Llaguno y Jesús Solórzano alcanzaron la cúspide
La ganadería zacatecana de San Mateo representa uno de los hallazgos más singulares de la genética mexicana en materia de bravura. Bravura moderna, de atacar humillado y por derecho los engaños, y nobleza alegre, con esa suavidad identificable como encastada, es decir, alejada de la bobaliconería insulsa que atenta contra la emoción y mata el arte. 

Semejante milagro tuvo un claro autor, el zootecnista Antonio Llaguno González, originario de Zacatecas, criador de manso que por curiosidad empezó a separar astados bravucones a principios del siglo XX y terminó por interesarse en formar una ganadería para la lidia de la mano de Ricardo Torres "Bombita", que como mandón de la torería española tenía acceso a los mejores criadores de su país y presentó al señor Llaguno con el Marqués de Saltillo, entendiendo que poseía éste una de las simientes más refinadas de aquel entonces –1908-1911, los dos viajes de don Antonio a España– y la más acorde con la pretensión del zacatecano de desarrollar un toro para el tipo de toreo que ya se avizoraba.

Es sorprendente que con apenas un puñadito de sementales de Saltillo –"Conejo", un animal terciado y fino, es el que se tiene por fundacional– más unas cuantas vacas de la misma procedencia andaluza, Antonio Llaguno, combinando sabiamente empadres con reses de su anterior hato criollo, haya terminado por producir el toro más característicamente mexicano, cuyos mejores ejemplares abundaban en las cualidades referidas, si bien desarrolló también otra línea de picante temperamento que reservaba para diestros menos gratos a la casa. Pues hay que recordar que cultivó con el mismo esmero la amistad de los que juzgaba más adecuados a la créme de la créme sanmateína, grandes artistas como Gaona y Chicuelo en los años veinte (brevísimo paréntesis para el malogrado Carmelo Pérez), y Balderas, Garza y El Soldado en el apogeo de la divisa rosa y blanco, a la que no tardaría en unirse la celeste y blanco de la vecina Torrecilla, a cargo de su hermano Julián Llaguno González.

Un paso decisivo

Ya contaba San Mateo con un historial destacadísimo cuando, en plena temporada grande 1937-38, don Antonio negoció el envío de sendos encierros de San Mateo para dos domingos consecutivos, tal vez en respuesta a las magníficas corridas españolas que desembarcaron en México ese invierno –arrogantísimos toros de Coquilla, Antonio Pérez Tabernero y María Montalvo traídos por Domingo González "Dominguín" a través de Lisboa para eludir los rigores de la guerra civil que ensangrentaba España–. Para estoquear sus dos encierros de alta nota, Llaguno González propuso un cartel de un único espada, Lorenzo Garza, el favorito de la casa a la sazón, y otro en el que el regiomontano alternara con Alberto Balderas y Jesús Solórzano, más prólogo ecuestre a cargo de Simao da Veiga.

Se avecinaban dos fines de semana claves en la historia taurina de México. Por el toreo nacional, sí, pero sobre todo para el devenir del toro bravo criado en estas tierras. No fue solamente una colosal eclosión de arte, también lo fue de casta y clase superlativas en virtud del comportamiento de los escogidos ejemplares zacatecanos. 

6 de febrero de 1938

La encerrona de Lorenzo El Magnífico casi agotó el papel, y el sexteto de San Mateo aún llevó más allá las expectativas creadas por un cartel que reproducía el del célebre 3 de febrero de 1935, que encumbró a Garza a partir de la grave cornada de Alberto Balderas nada más empezar la lidia de aquel "Madroño" cuyo celo no le perdonó al diestro capitalino un ademán descuidado al rematar sus verónicas de recibo. Eventualmente, ese percance dejó a Lorenzo solo ante seis exquisitas brevas de San mateo que, reservadas por Antonio Llaguno para el diestro herido, fueron degustadas una a una por el joven que iba a revelarse esa tarde como una de las más señeras figuras de la época.

Esta de febrero del 38 que no sería sino la primera de cinco encerronas de Lorenzo ante el público de la capital. También la más triunfal de todas, sintetizada en el corte de siete orejas y tres rabos, paseados entre aclamaciones en incontables vueltas al ruedo, la última de ellas en hombros de una enfervorizada multitud. Los nombres de "Guerrillero", "Famoso", "Peregrino", "Desertor", "Campanillero" y "Príncipe Azul" han quedado indeleblemente incorporados a las efemérides de la plaza de la Condesa junto con la más extraordinaria actuación del "Ave de las Tempestades", también llamado Califa de Monterrey. Al que, para empezar, pocas veces se vio torear de capote con mayor arrebato, variedad, ajuste y gusto. 

Pero su fuerte era la muleta y fue en el último tercio donde la eclosión garcista alcanzó su nivel más elevado. Como nunca, Lorenzo prodigó el natural rodilla en tierra que tenía patentado, reunidos los pases en tandas compactas y ligadísimas según exigía el celo repetidor de las no menos extraordinarias reses zacatecanas. El de Monterrey, que ya había enseñado a qué venía dispuesto jugándose la piel con el geniudo abreplaza, le cortó el primer rabo a "Famoso", el segundo de su histórica tarde, pinchó al tercero tras otra enorme faena pero se desquitó bordando al formidable "Desertor", del que paseó el segundo rabo de su colección, llamando al señor Llaguno a compartir con él una de tantas vueltas al ruedo. Una oreja cobraría del enrazado quinto y dos más el rabo de "Príncipe Azul", el primoroso negro girón que cerraba plaza y que se comía los engaños de puro bravo: llegó con sobrados ímpetus a la muleta pero eso no arredró al regiomontano que, aupado ya en el carro de la victoria, repitió sus tandas zurdas rodilla en tierra con los tendidos en pleno delirio.

Nunca fue Lorenzo un estoqueador clásico, pero era su tarde mágica y solamente en un toro flaqueó con la espada, liquidando a los otros cinco al primer viaje. Ni qué decir tiene que, al día siguiente, la prensa le reservó páginas enteras al memorable suceso, y las numerosas revistas de toros que circulaban por todo el país llenaron sus crónicas con elogios y fotografías, exaltando la apoteosis garcista como una de las mayores habidas en El Toreo.

13 de febrero de 1938

Ya supondrá el lector la expectación que despertó el anuncio de la siguiente corrida, con Garza y San Mateo de nuevo en el cartel. Y con ellos Simao da Veiga, Alberto Balderas y Jesús Solórzano. Festejo de ocho toros, con la plaza colmada de público, expectación y desbordadas pasiones.

No fue la tarde de Lorenzo, que se tapó con detalles, potenciados por su inconfundible personalidad y una estética sin duda más evolucionada que las de sus alternantes. Simao continuó encandilando con la fuerza de la novedad que representaban sus bien domadas jacas y su elegante maestría –su peón de confianza, el también lusitano Procopio, se llevó un volteretón y un varetazo–. 

Pero San Mateo tenía reservados para la ocasión dos toros históricos. Al cuarto, "Manzanito", le cortó Balderas los máximos apéndices por una lidia completísima. La filmación que la recoge revela un primer tercio a todo dar –verónicas soberbias, gaoneras ceñidísimas, el quite de la mariposa…– y un segundo tercio deslumbrante, coronado con un increíble par, completamente entablerado al reunir el sesgo por dentro. La faena fue menos de arte que de pelea, cortas las series y cortos y algo movidos los pases en redondo, teniendo, en cambio, amplia cabida el toreo por la cara, salpicado de molinetes y desplantes. Y buena y efectiva la estocada, entre dianas y aclamaciones de los muchos partidarios de quien por algo se hacía anunciar como El torero de México.

"Tortolito"

Pero la tarde alcanzó su nivel estelar en cuanto saltó a la arena el quinto sanmateíno, un saltillo típico, engatillado de pitones y armoniosamente conformado que no dejó de atacar y atacar, humillado siempre y planeando con celo ejemplar tras los engaños. Y que se topó de primeras con el capote del auténtico rey del temple, mecido con suavidad única por don Jesús Solórzano Dávalos en una de las tandas de verónicas más gloriosas que a lo largo de su riquísima historia presenció El Toreo. Fueron ocho o nueve lances plantado el torero con entera naturalidad y moviendo los brazos con armonía y elegancia incopiables. La enloquecida concurrencia no necesitó esperar a la media verónica del arrodillado remate para sembrar de prendas y sombreros la grisácea arena, la plaza puesta en pie. Y así siguió, porque "Tortolito" acometió desde largo y empujó con codicia a los piqueros sin necesidad de que lo colocaran en suerte, en tanto Solórzano continuaba su recital capotero con chicuelinas de mano baja y nuevas verónicas de escándalo, mientras Garza, en su turno, hacía el quite por las afueras y Balderas gaoneaba al filo de los pitones. Se animó incluso Jesús a cubrir el segundo tercio, con facilidad y finura. Y no le fue sencillo a la cuadrilla del moreliano mantener quieto a "Tortolito" durante la pausa que siguió al toque de muerte.

Lo que vendría después no estuvo a la misma altura. Sí por lo que hace al de San Mateo, no tanto en lo tocante al torero. La permanente codicia, la bravura extraordinaria de "Tortolito" no llegaron a desbordar a Solórzano, que era un torero de clase y un experto lidiador, pero su faena no alcanzó, ni de lejos, el nivel que había tenido el histórico primer tercio. Fue un trasteo aseado y torero, sustentado en el canon heredado, más tendiente a recortar el viaje que a prolongarlo tal como el celo impresionante "Tortolito" demandaba, astado ideal para correrle mano y llevarlo largo, lo que apenas unos cuantos maestros coetáneos de Jesús estaban alumbrando –Armillita y Garza principalmente, luego vendrían Silverio y Manolete–. La excelente estocada no privó a Chucho de pasear los apéndices y el cadáver del de San Mateo fue arrastrado en torno al anillo entre otro nutrido aletear de sombreros. Pero don Antonio Llaguno, que aceptó la invitación de Solórzano a compartir aplausos en su vuelta al ruedo, lo hizo con el ceño fruncido y el reprimido enojo de que a semejante prodigio no se le hubiera perdonado la vida, lo que habría potenciado enormemente su de por sí excepcional hato ganadero.

Con "Tortolito", San Mateo, la sangre Llaguno –Luis Niño de Rivera dixit– y el campo bravo mexicano alcanzaron la cúspide. Hoy su recuerdo, que por cerca de un siglo permaneció indeleble, está punto de perderse del todo junto con el resto de la tauromaquia nacional, atacada desde todos los frentes primero y sometida enseguida a una conspiración de silencio encaminada a invisibilizarla por completo. Como si un patrimonio con siglos de historia, evolución y vida plena pudiera amputársele impunemente a la cultura nacional.


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