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Animalismo: la moral que desprecia al ser humano

Sábado, 24 Ene 2026    CDMX    Antonio Casanueva | Foto: Archivo   
"...El animal es elevado a la categoría de víctima absoluta..."
Ayer me subí a un Uber. El conductor escuchaba un noticiero de radio. La nota principal era el asesinato de un adulto a manos de un adolescente, que lo apuñaló varias veces con una navaja. El comentarista recordó otro caso similar ocurrido días antes. Pensé en mi infancia: ese tipo de noticias solo aparecían en la nota roja y a los niños no nos dejaban ni ver esa sección del periódico. 

En la Ciudad de México –la misma donde Clara Brugada, jefa de gobierno, prohibió las corridas de toros para que el espectáculo fuera "menos violento"– la realidad juvenil muestra cifras alarmantes en materia de criminalidad. Entre 2019 y 2025, el número de víctimas menores de 18 años registradas por la Fiscalía capitalina creció alrededor de 57 por ciento, al pasar de menos de 800 a más de mil 200 en periodos comparables.

Solo en 2021, los hospitales públicos atendieron más de 600 casos de violencia física contra menores, además de 258 casos de violencia sexual: casi 9 de cada 10 víctimas fueron niñas o adolescentes. Ese mismo año se documentaron 56 homicidios de menores y 8 feminicidios infantiles.

No se trata de hechos aislados, sino de una violencia estructural, cotidiana y marcada por el riesgo urbano. Una violencia real –no simbólica– que desborda las cifras y que ningún decreto ha sabido torear.

Este es el gran triunfo del animalismo. No es casualidad que esta jerarquía moral invierta las prioridades: mientras la violencia contra los más vulnerables se normaliza, ciertas causas simbólicas reciben toda la energía política y mediática. No es sensibilidad: es selección ideológica del dolor.

Para Clara Brugada (o para el gobernador Ramírez Bedolla en Michoacán), prohibir los toros no es una política cultural: es un gesto moral que le permite exhibir virtud sin enfrentar la complejidad de la violencia real.

El animalismo, tal como se articula en el discurso abolicionista, no se limita a defender a los animales: construye una antropología negativa. Parte de la idea de que el ser humano es, por definición, culpable: explotador, violento, corruptor de la naturaleza.

Desde ahí, toda práctica cultural que implique conflicto, riesgo o muerte se interpreta como prueba de su indignidad moral. El animal es elevado a la categoría de víctima absoluta; el hombre, reducido a verdugo estructural.

No hay historia, no hay contexto, no hay símbolos ni rituales que valgan. En nombre de una sensibilidad moral abstracta, se cancela la complejidad de lo humano: su capacidad de crear sentido, de transformar la violencia en forma, de asumir la muerte como parte de la vida.

El animalismo no propone una ética más exigente, sino una moral simplificada, donde el bien consiste en borrar al hombre de la ecuación.

Por eso, el animalismo no solo cuestiona la tauromaquia, sino toda expresión cultural que se atreve a mirarse sin anestesia. Desprecia al ser humano porque desconfía de su libertad: prefiere prohibir antes que comprender, censurar antes que dialogar, abolir antes que educar.

Su utopía es un mundo sin conflicto, sin tragedia y, en el fondo, sin responsabilidad. El animalismo propone una moral que niega el conflicto inherente a la condición humana: pretende borrar el dolor, la muerte y la tensión ética como si fueran anomalías, cuando son el terreno mismo donde se ejerce la libertad, la elección y la responsabilidad. Al eliminar el conflicto, elimina también al sujeto moral, y con él la dignidad humana.

Pero una sociedad que renuncia a pensar el dolor, la muerte y el límite no se vuelve más compasiva, sino más frágil y autoritaria.

Defender la tauromaquia no es defender el sufrimiento, sino la idea de que el hombre no es un error de la naturaleza, sino un ser simbólico, capaz de convertir la violencia en arte, la muerte en memoria y el riesgo en sentido.

Los taurinos tenemos una responsabilidad que va mucho más allá de defender la Fiesta: nos toca desenmascarar al animalismo ante toda la sociedad. No basta con proteger lo nuestro; es urgente explicar qué es realmente esa ideología y cuáles son sus consecuencias culturales, políticas y humanas.

En México hemos cometido un error grave al intentar suavizar el problema llamándolo "falso animalismo" o, peor aún, proclamándonos "los verdaderos animalistas". Con eso no lo hemos neutralizado, los hemos legitimado aceptando su marco moral y su lenguaje. El resultado está a la vista: cuando el adversario no se nombra ni se confronta, avanza sin resistencia y termina por ocupar el poder político.

Defender los toros hoy exige decir la verdad completa, aunque incomode. Por eso, dentro de lo perturbador que fue escuchar la noticia en el Uber, no sentí solo indignación, sino claridad. Comprendí que defender la tauromaquia ya no es únicamente preservar una tradición, sino asumir una responsabilidad ética más amplia. El animalismo no es una causa inocente: es una ideología que desplaza al ser humano del centro de la moral, que niega el conflicto inherente a la condición humana y promete una utopía sin culpa a costa de borrar la historia, la cultura y la libertad.

El deber de los taurinos no es pedir comprensión ni maquillarse de "verdaderos animalistas", sino decir la verdad completa. Nombrar al animalismo con claridad no es provocar, es asumir responsabilidad. Callar, en cambio, es ceder el terreno. Y hoy, como demuestra el poder que ya ejerce –con figuras como Brugada o Ramírez Bedolla convertidas en su brazo político–, ese silencio se paga caro.


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