Quince años después, Enrique Ponce volvió a abrir la Puerta Grande de Las Ventas de Madrid, en lo que es una de las noticias destacadas de la presente Feria de San Isidro, debido a la importancia que el maestro valenciano ha tenido en la Fiesta a lo largo de su carrera.
El triunfo de ayer no estuvo exento de cierta polémica. Revisamos algunos medios de comunicación en España y, mientras algunos hablan de una actuación que denotó el magisterio y arte del torero, otros afirman que la Puerta Grande fue muy barata para el torero nacido en Chiva.
Más allá de las diversas opiniones, y viendo las imágenes a través de la televisión, Enrique Ponce toreó ayer con una gran suavidad y manifestando su natural elegancia al momento de ejecutar las suertes, chispa del arte que surge de tal maneta en realmente pocos matadores de toros, desde nuestro concepto.
Ni duda cabe que las figuras del toreo siempre han tenido partidarios y detractores, y en el caso del maestro no es la excepción. Hay quienes le halagan y reconocen su tauromaquia, en tanto que otros le censuran aspectos que van desde lo técnico y hasta situaciones quizá un tanto externas.
Como escribíamos en una crónica reciente, siempre hemos pensado que hablar de Ponce es poner sobre la mesa una serie de virtudes que son difíciles de hallar en un mismo torero. Junto a su elegancia natural, la técnica bien desarrollada es base para generar el brote de momentos con buen calado artístico.
Aunado a su magistral entendimiento de los toros y a su puesta en escena con una coreografía que termina enamorando a los públicos. Ponce es un torero que armoniza su capacidad con el arte, algo que no se da de forma tan común entre los matadores de toros, y que para emocionar no requiere ajustarse demasiado en determinados momentos.
Quizá la faena más paradigmática en cuanto a la revelación de estas capacidades, fue la que cuajó al toro "Lironcito", de Valdefresno, en el marco de Las Ventas de Madrid, en San Isidro 1996. Ese toro contaba con complicaciones y era peligroso, con sentido desde los albores del trasteo, y Ponce se impuso con reciedumbre para, acto seguido, desbordarse artísticamente.
El maestro valenciano cuenta con una técnica bien desarrollada y un profundo conocimiento del toro. Al mismo tiempo, es un torero con carisma y que transmite mucho a los tendidos, fiel exponente de la estética y el desmayo en el trazo, sin dejar de lado la variedad en las suertes que ejecuta.
Opiniones habrá demasiadas y cada cabeza es un mundo, pero ahí está la cuarta Puerta Grande de Enrique Ponce en Las Ventas de Madrid, torero consentido de la afición mexicana que, en plena madurez, continúa disfrutando de su profesión.