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Desde el barrio: Ángela, que lidió al franquismo

Martes, 07 Mar 2017    Madrid, España    Paco Aguado | Opinión   
...tiró de coraje y se decidió a jugarse las femorales ante el...
A falta solo de un día para que se sepan los carteles oficiales de San Isidro –mejor opinar sobre seguro que de aproximadas "investigaciones" periodísticas– es necesario hablar de Ángela Hernández, la torera rubia que quebró las leyes de Franco y que falleció la pasada semana en Madrid, a los 70 años de edad, por las complicaciones de una intervención quirúrgica.

En 1972, cuando el feminismo era apenas una utopía secundaria en las reuniones clandestinas de la progresía, esta intrépida chavala se obcecó en saltar uno de los rocosos muros de la dictadura franquista, en concreto el que impedía a las mujeres torear a pie en un país donde la apertura política era todavía más un sueño que una realidad.

Pero Ángela, que lo mismo doblaba a Claudia Cardinale en una escena de riesgo que ayudaba a montar plazas portátiles por los pueblos de la España profunda, tiró de coraje y se decidió a jugarse las femorales administrativas ante el marrajo de los despachos oficiales, ayudada por un "picador" de brazo duro,  el abogado José Briones, a la sazón hermano del por entonces director de la famosa revista El Ruedo.

Instancia a instancia de aquellos siniestros y herméticos sindicatos verticales, ambos insistieron en su causa pese a la incredulidad y el desprecio de un sistema en el que, para poder trabajar, las chicas españolas de la edad de Ángela aún tenían que hacer el llamado "Servicio Social", una especie de "mili" específica en la que las mujeres debían acreditar que sabían coser, cocinar y demás "labores propias de su sexo", y de la que se encargaba la sección femenina de la Falange. 

Conviene recordar este tipo de cuestiones ahora que parece que hemos perdido la memoria. Y porque, en este caso en especial, nos sirve para valorar en su descomunal medida lo conseguido por Ángela, que durante diez años tuvo que apaciguar como rejoneadora sus ansias de enfrentarse a los becerros para poner en práctica todo lo que le enseñaron esos románticos maestros de toreros alicantinos que fueron Pepe Manzanares y Paquito Esplá.

No hubo manera de que torera y abogado consiguieran su propósito mientras la presidencia del gobierno estuvo en manos del férreo y reaccionario almirante Carrero Blanco, al que ETA haría volar por los aires, hasta que en 1974, ya en plena decadencia física de Franco y con el régimen debilitado, fue Arias Navarro quien derogó el artículo 49 del reglamento taurino español que impedía torear a pie a las mujeres.

Desde que en 1940 Juanita Cruz tuvo que exiliarse a tierras americanas a ejercer una profesión para la que, aun con falda bordada, estaba sobradamente capacitada –también entonces ella luchó lo suyo, como otras bravas mujeres republicanas en otros ámbitos– tuvieron que pasar 34 años hasta que otra hembra con agallas y coraje lograra lidiar, no sin esfuerzo y valor, una de las retrógradas normas de un sistema ayuno de libertades.

Lamentablemente, Ángela apenas pudo disfrutar de su histórica gesta administrativa, pues lo que no lograron evitar las leyes franquistas lo consiguió un eral en la plaza de Huesca, que, al fracturarle una vértebra lumbar, la postró durante años en una silla de ruedas.

Pero lo conseguido ahí estaba, para que lo pudieran aprovechar otras compañeras como Mari Fortes, Rosarillo de Colombia, La Algabeña, la vedette Alicia Tomás y, sobre todas, la albaceteña Maribel Atiénzar, que llegó a destacar en Madrid y se logró sacudir la capa de frivolidad con que los empresarios de entonces, a remolque del famoso "destape", envolvieron todo lo que tuviera que ver con el toreo femenino. Y aún hubieron de transcurrir otros veinte años para que llegara Cristina Sánchez a darle una total credibilidad.

Curiosamente, Ángela ha muerto a solo una semana de que se celebre en todo el mundo el Día Internacional de la Mujer, ese que instituyó Naciones Unidas un año más tarde de que ella consiguiera su hazaña a título personal. Y lo triste del caso es que ninguna feminista de las que ahora hacen tanto ruido, con todo a favor de sus reivindicaciones, ha salido a la palestra para reconocer el mérito de aquella torera rubia cuyo empeño trascendió el propio toreo para abrir caminos en el ámbito social y político de aquella dura España del tardo franquismo.

Pero seguro que a nadie extraña ya tamaña omisión, reconociendo que, en tantos aspectos, esta dictadura de lo políticamente correcto que estamos viviendo se va asemejando cada vez más a esa otra época de la vida española en la que Ángela y otros muchos millones de personas tenían que luchar por ganar su libertad coartada. Exactamente como nos pasa ahora a las gentes del toro, a quienes tanto nos debe servir el ejemplo de aquella rubia luchadora que lidió las leyes franquistas.


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